Este texto se centrará en el devenir del nacionalismo palestino luego del desastre de 1948 y hasta el estallido de la Primera Intifada en 1987. Esto implica abordar, ante todo, a un movimiento nacionalista derrotado, frustrado en su aspiración de construir un Estado palestino. Supone abordar un período en el que se vio amenazado con desaparecer, para luego reconstituirse bajo un liderazgo y una línea política muy distintos a aquellos de los años previos a 1948. Este período se inicia con lo que Rashid Khalidi denomina “los años perdidos” (1948-1964), en los que los palestinos casi desaparecieron como actor político y, para muchos observadores, como pueblo, apreciándose incluso escasas manifestaciones identitarias. Esta importante transformación no fue necesaria ni inevitable: se explica por los efectos de las particulares circunstancias a las que se vio sometida la población palestina, la actitud de los gobiernos árabes de la región y la agencia de una nueva generación de líderes. Dicha transformación estuvo vinculada también a profundos cambios en la sociedad palestina, cuyo entramado social se vio fragmentado por la movilización forzada y la persecución política. Como ya fue advertido en la sección anterior dedicada al nacionalismo palestino, su historia no puede ser reconstruida en términos lineales y 1948 supuso un punto de inflexión que lo reconstituyó.
La sociedad palestina tras la guerra de 1948 sufrió, como fue mencionado, una gran fragmentación, configurándose dos espacios que es especialmente relevante analizar: el de los palestinos que permanecieron en territorio israelí sometidos a un régimen militar y el de aquellos que se refugiaron en los Estados árabes vecinos o en los territorios palestinos sometidos a su control.
Los refugiados palestinos y la reconfiguración de la identidad nacional
Un importante número de refugiados palestinos se asentó en Gaza, en un proceso que transformó profundamente al territorio: un área con una población de 80.000 personas recibió un contingente estimado en 200.000 refugiados, algo que causó importantes trastornos de la vida social y tensiones. Con áreas de labranza muy restringidas, el 80% de la población se volvió urbana, implicando un cambio drástico en las condiciones de vida. Las décadas siguientes implicaron una creciente superpoblación, pocas oportunidades económicas y unas tasas de ingreso per cápita que se encontraban entre las más bajas del mundo. El muftí Amin al-Husseini buscó instalar allí un gobierno que respondiera a su autoridad, sin lograr consolidarse y marcando el declive definitivo de su influencia política. Aunque lo mantuvo bajo su administración, el gobierno egipcio nunca anexionó el territorio, e impuso sobre su población severas restricciones de movilidad: se desconfiaba del carácter desestabilizador que podía tener el nacionalismo palestino y la competencia de la mano de obra gazatí en el mercado de trabajo egipcio. No obstante, otorgó permisos limitados para el acceso de palestinos a estudios universitarios en Egipto y reclutó refugiados para participar en acciones militares contra Israel: ambos hechos fueron importantes para la formación de nuevos grupos nacionalistas, pues en Egipto se formaron sus nuevas élites educadas –Arafat formó su movimiento entre estudiantes universitarios en El Cairo– y sus veteranos con experiencia de combate.
Otro núcleo muy importante de refugiados se asentó en campos en Cisjordania bajo control jordano y también en la ribera este del río Jordán. Dados los planes de anexión abrigados por el rey Abdullah de Jordania, y los lazos que unían a muchos notables –en especial aquellos vinculados a la facción Nashashibi con la que había colaborado largamente–, confiaba el monarca en poder asimilar a la población palestina. Logró cooptar para su administración a notables palestinos, que constituyeron una élite educada empleada en cargos relevantes. Asimismo, otorgó la ciudadanía en masa a los palestinos refugiados en su territorio, y puso en práctica una política que simuló compromiso con su causa, al organizar dos congresos palestinos tras 1948. No obstante, estos congresos fueron orquestados para rechazar la autoridad del muftí y avalar la unión con Jordania, legitimando así el proyecto político del monarca. Abdullah –asesinado por un nacionalista palestino en 1951– y su nieto Hussein mantuvieron una política de represión a cualquier forma de organización política autónoma de los palestinos con una orientación nacionalista.
La influencia del panarabismo nasserista, y la propia situación de la población de los campos en Cisjordania, postergada en términos de inversión y programas de desarrollo por el gobierno jordano, alimentaron sin embargo la oposición nacionalista y la organización clandestina. La promoción de una burocracia de los campos en el marco de la administración de la UNRWA (como sucedió en otros países de la región) contribuyó a formar una nueva generación de líderes nacionalistas. El proyecto de asimilación jordano fracasó.
La situación de los más de 100.000 refugiados en el Líbano, por su parte, fue dura. Fueron tratados como extranjeros, sometidos a estrictos controles del gobierno, que limitó su movilidad y restringió su libertad de trabajo a través de un sistema de permisos, muy rígidos para los empleos industriales y de cuello blanco, y algo menos para los empleos agrícolas para los que se necesitaba mano de obra estacional y barata. Esto implicó un acceso muy limitado a la seguridad social y servicios básicos, al tiempo que eran excluidos del ejército y la administración, en contraste con lo sucedido en Jordania. La mayoría de los refugiados estuvieron confinados en campos, en los que dependían de la UNRWA para la provisión de servicios elementales. Los campos cercanos a Beirut –y a los cuarteles generales de la UNRWA– lograron mejores condiciones de vida que los del sur del Líbano. En 1959 el gobierno creó una oficina especial para administrar lo referido a los refugiados, y la inteligencia militar libanesa –el Deuxième Bureau– estuvo encargada de la represión de cualquier organización política nacionalista que pudiera gestarse entre los palestinos, siendo famosa por su arbitrariedad y violencia en sus irrupciones en los campos.
Un número algo menor de refugiados se radicaron en Siria, donde lograron mayor igualdad ante la ley que en Líbano, teniendo libertad de movimiento y de trabajo al no existir el sistema de permisos, y llegando incluso a tener oportunidades de ascenso dentro del servicio público, aunque sin la posibilidad de adquirir tierras.
La experiencia de vida en los campos, causa de marginación y deprivaciones, fue sin embargo clave en la transformación del nacionalismo palestino. Yezid Sayigh sostiene: “El palestinismo fue una respuesta natural a la nakba, pero fue la experiencia social y política de la marginalidad la que efectivamente lo transformó de un patriotismo con arraigo popular a un proto-nacionalismo en la década posterior a 1948.” (46)
Desde su punto de vista, un verdadero movimiento nacionalista de masas surgió después de la nakba y en la experiencia compartida de una pérdida masiva de la tierra, el estilo de vida, la identidad y la dignidad tuvieron en él un rol central, así como el padecimiento opresivo de un espacio político restringido por los Estados árabes.
En la dispersión, los refugiados se aferraron a la reconstrucción de identidades familiares y localistas que buscaron reproducir en los campos, pero al mismo tiempo en esos espacios coexistieron familias y clanes que antes de 1948 habían tenido escaso contacto, lo que permitió una expansión de la idea de comunidad. La construcción de una memoria y mitificación de un paraíso perdido en la literatura y el folclore desarrollados en el exilio, contribuyó a la construcción de identidad nacional. Esto constituyó también un refugio frente a entornos hostiles, tanto por la actitud de los gobiernos como por la estigmatización de parte de las sociedades de acogida que los responsabilizaban de su derrota y el abandono de su patria. La creación del Instituto de Estudios Palestinos en Beirut en 1963, con su extensa labor de recopilación de documentación y testimonios, fue importante en ese proceso de construcción identitaria. Las obras de Walid Khalidi, publicadas por el Instituto, constituyen recopilaciones de fuentes y datos estadísticos muy relevantes.
La educación en los campos jugó un rol muy importante en la reconfiguración del nacionalismo palestino. Las escuelas instituidas por la UNRWA, en las que muchos palestinos depositaron sus esperanzas de mejoramiento de sus oportunidades económicas y obtención de una vía de escape a la vida de privaciones de los campos, fueron a su vez un espacio de politización y fortalecimiento de la identidad palestina: maestros palestinos que tuvieron gran capacidad para incidir en el currículum educativo, se convirtieron en una vanguardia en la creación de una nueva generación de activistas. Por otra parte, la formación de palestinos en las universidades árabes de Damasco, Beirut o El Cairo, los puso en contacto con los partidos políticos arabistas, la política nacionalista, las ideologías revolucionarias y diversos modelos de construcción estatal, según afirma Yezid Zayigh. Esta nueva élite educada constituyó la base del nuevo liderazgo del nacionalismo palestino que se convirtió en hegemónica a partir de la década de los sesenta, una vez consumado el declive definitivo de la vieja generación de notables encabezada por el muftí Husseini.
En los años cincuenta surgieron dos organizaciones importantes. Una de ellas fue el Movimiento Nacional Árabe (MNA), antecesor directo del Frente Popular para la Liberación de Palestina, formado en torno a intelectuales de la Universidad de Beirut, y que logró movilizar adhesiones de profesores y estudiantes secundarios de los campos de refugiados. Tras mostrar reservas, se vio seducido por el modelo nasserista luego de 1956. Entendía la unión panárabe como prerrequisito para el éxito de la causa palestina, y participó en acciones contra los gobiernos árabes conservadores considerados un obstáculo para el triunfo del arabismo. La otra organización importante fue Fatah, nacida tras la guerra de 1956 a partir de núcleos de refugiados de Gaza y grupos estudiantiles radicados en Egipto y vinculados inicialmente a los Hermanos Musulmanes (como fue el caso de Arafat), aunque su derrotero posterior fue secular. A diferencia del MNA predicaba la independencia del nacionalismo palestino de la tutela de los Estados árabes, a los que consideraba comprometidos en la eliminación de la identidad palestina. Fatah mistificaba, además, la lucha armada revolucionaria como único medio para lograr sus objetivos. Esta apelación era no sólo práctica sino también un poderoso instrumento simbólico para lograr la unidad, legitimar a Fatah en el contexto árabe, y apelar a la dignificación de los palestinos desde el lugar de combatientes. A pesar de esta distinción en los medios, al igual que el MNA, Fatah perseguía la recuperación de toda la Palestina del Mandato, y por tanto la eliminación del Estado de Israel y la erradicación del sionismo, concebido como un movimiento colonialista.
Según Rosemary Sayigh esto supuso un choque generacional entre la jeel Falasteen (vieja generación unida aún a sus fidelidades antiguas), y la jeel al-tharwa, la generación criada en el contexto de la nakba y que se convirtió en la “generación de la revolución”. Se trataba de una generación con una extracción social muy distinta: estos nuevos líderes no pertenecían a las tradicionales familias notables palestinas, y su pertenencia a las clases medias educadas los acercaban a los sectores de modestos campesinos y asalariados a los que buscaban movilizar.
También en 1964 fue creada, a partir del impulso del nasserismo, la OLP, que constituyó un primer hito de la organización del nacionalismo palestino en los años sesenta, aunque mantuvo aún una estrecha dependencia respecto de la Liga Árabe. Su carta fundacional es un documento importante para la historia del nacionalismo palestino.
Los palestinos israelíes bajo régimen militar
Aunque la mayoría de los palestinos que habitaban los territorios ocupados por Israel luego de la guerra de 1948 transitó el camino del exilio, alrededor de 160.000 permanecieron dentro de las fronteras del nuevo Estado judío. Concebidos como una especie de “quinta columna”, una población poco leal al Estado y un obstáculo para la judeización de los territorios, sufrieron diversas formas de segregación, expulsión de sus hogares y desplazamiento interno, bajo regulaciones legales de emergencia y un régimen militar. Estuvieron concentrados mayormente en la región de Galilea y el llamado Triángulo (región limítrofe con el extremo noroeste de Cisjordania), así como el Negev donde vivía la mayoría de la población beduina, cuyas prácticas seminómadas se vieron severamente afectadas en el nuevo Estado.
Un estudio sistemático de la historia de los palestinos en Israel ha sido realizado por el centro de investigación Mada al-Carmel. En una de sus publicaciones se periodiza el desplazamiento interno de los palestinos israelíes en tres fases: de 1948 a 1951 un período en el que buscaron refugio en un contexto de guerra y persecución posterior al conflicto, moviéndose de villa en villa y buscando quedarse cerca de sus lugares de origen; un segundo momento entre 1952 y 1956 que constituyó un período de espera y esperanza de volver a sus hogares a pesar de las presiones estatales para asentarse en los espacios en que se habían instalado provisoriamente; y una tercera fase posterior a 1957 en la que, sin organizaciones nacionales capaces de presionar al gobierno para garantizar el regreso, los desplazados comenzaron a aceptar el hecho consumado de su instalación en los lugares donde se encontraban.
Un primer desafío al que se enfrentaron los palestinos israelíes fue el problema de la ciudadanía. Según afirma Ilan Pappé, las autoridades del nuevo Estado de Israel concedieron la ciudadanía a todo habitante del territorio que se hubiera registrado en el censo realizado por las autoridades británicas en 1948, hacia fines del período del Mandato. No obstante, esta decisión excluyó a dos contingentes importantes de palestinos israelíes: por un lado aquellos que se habían desplazado durante el comienzo de los conflictos en 1948 y no habían sido censados, y por otro la población de territorios que Israel anexionó como parte del alto al fuego con Jordania hacia finales de la guerra (entre ellos la región de Wadi Ara, con gran población palestina). Cristalizada en las leyes de ciudadanía de 1952, la naturalización para aquellos palestinos no registrados en el censo de 1948, exigía la renuncia a cualquier otra nacionalidad y el conocimiento del hebreo. Estas circunstancias y disposiciones permitieron que el gobierno israelí continuara aplicando deportaciones colectivas de palestinos hacia los países vecinos hasta mediados de la década de 1950, justificadas en términos de seguridad del Estado. Se destacan las expulsiones masivas de la villa de Majdal-Asqalan (hoy la ciudad israelí de Ascalón cercana a la frontera con Gaza) en 1950 y los 17.000 palestinos deportados del Negev entre 1949 y 1953.
Las zonas con mayor concentración de población palestina –mencionadas en el inicio de esta sección– fueron puestas, luego de la guerra, bajo un régimen militar que se mantuvo hasta 1968, esto es sometidas a una unidad especial del ejército que aplicaba las Regulaciones de Emergencia (disposiciones legales en parte heredadas del Mandato británico que se continuaron aplicando en el nuevo Estado). Esto implicaba que el ejército adoptaba en esas zonas responsabilidades propias de un gobierno civil, recortaba las libertades de la minoría palestina, con el objetivo último de facilitar su exilio y judeizar las zonas de alta concentración de población palestina, e impedir también su organización política. En esas zonas el régimen militar impuso restricciones de movimiento y de acceso a la tierra cultivada –a partir de un rígido sistema de permisos–, restringió la libertad de trabajo, el acceso a la salud, la educación y el abastecimiento de artículos básicos, impidiendo el desarrollo económico y la autonomía cultural de las comunidades.
Las Regulaciones de Emergencia, base de ese régimen militar (y que continúan vigentes hasta el presente en el marco legal israelí), fueron el instrumento legal para establecer tales restricciones, expropiar tierras y destruir hogares de la población palestina en los mencionados territorios. Las restricciones de movilidad fueron establecidas por la Regulación 125 que permitía al ejército cerrar zonas por “razones de seguridad”, al tiempo que otras regulaciones les otorgaban amplias potestades para establecer toques de queda, sanciones y castigos colectivos (detenciones sin juicio, allanamientos, expropiaciones, demoliciones, restricciones a la libertad de reunión y asociación). Esto implicaba que las personas acusadas de violar tales disposiciones eran sometidas a la justicia militar y no a la civil. Otra de las regulaciones era la Ley de Propiedad Ausentista de 1950, que otorgaba a un organismo de custodia la administración de propiedades de palestinos desplazados, permitiendo su venta al Estado o a particulares. Este fue el instrumento utilizado para expropiar tierras y destruir villas enteras, pertenecientes a palestinos que habían huido de sus hogares durante la guerra y a los que se les impidió el retorno. A partir de estas regulaciones surgió la figura de los ausentes-presentes (present-absentees) en la documentación oficial israelí, para designar a esos desplazados internos y legitimar las expropiaciones.
Para Ilan Pappé el régimen militar y su estructura legal fueron la base de la configuración de un régimen de apartheid en Israel. Según Kimmerling y Migdal constituye una práctica de colonialismo interno.
El saldo de estas disposiciones fue la expropiación de alrededor del 60% de las tierras pertenecientes a palestinos en Israel, la relocalización forzosa de los desplazados internos, la restricción a los agricultores a acceder a sus tierras de cultivo, la fragmentación territorial y social de la comunidad palestina, evitando a su vez cualquier forma de organización política que trascendiera el marco local. En muchas zonas de mayoría palestina se establecieron nuevas colonias judías a partir de la expropiación de tierras. Aún aquellos palestinos que lograron mantener sus tierras, sufrieron una política discriminatoria del Estado en cuestiones de infraestructura y de acceso al agua y la electricidad, lo que dificultó que pudieran seguir trabajándolas. La reducción de la población palestina ocupada en tareas agrícolas y la práctica destrucción de la actividad citrícola que había desarrollado antes de 1948, empujó a grandes contingentes a emplearse como mano de obra barata en la industria y la construcción. No obstante, las Regulaciones de Emergencia impedían su afiliación a cooperativas y sindicatos –la Histadrut no aceptó árabes hasta 1953–, lo que acentuaba su situación de precariedad.
Según Ilan Pappé, además del destierro y la pobreza, esta población fue afectada por el aislamiento social, la pérdida de espacios religiosos –destrucción de numerosas mezquitas– y de socialización –por ejemplo, la destrucción de mercados–. Sin estar reconocidos sus derechos colectivos como pueblo, las políticas educativas israelíes implicaron un esfuerzo de “desarabización”: imposición del hebreo y un currículum que enfatizaba los contenidos nacionalistas –Pappé destaca la violencia simbólica que suponía obligar a celebrar la independencia de Israel en escuelas de mayoría palestina para las que la efeméride representaba la nakba–, discriminación presupuestal para las escuelas de comunidades árabes, bloqueo de cualquier autonomía en la definición del currículum. En ese contexto, la resistencia a la “desarabización” partió de expresiones artísticas que escapaban a ese control estatal, entre las que se destacan la poesía y el teatro. La exclusión social y la precariedad económica se veía reforzada, además, por el hecho de que el acceso a numerosas políticas sociales y beneficios estatales, a becas universitarias y empleos, estaban sujetas al cumplimiento del servicio militar, del que los palestinos estaban excluidos.
En términos políticos, se buscó impedir la organización autónoma de los palestinos. Desde el partido de gobierno, el Mapai, se buscó cooptar líderes colaboracionistas de comunidades, sin integrarlos a la estructura partidaria pero confeccionando con ellos listas paralelas. Este proceso fortaleció la posición de los líderes clánicos, y buscó explotar las tensiones entre ellos como factor de división de la comunidad palestina, al tiempo que se explotaban también las divisiones religiosas a través de tratos preferenciales a árabes cristianos y drusos. La oposición política, inicialmente se canalizó a través del Partido Comunista (primero el judeo-palestino Maki, y luego el antisionista Rakah formado en 1965 tras la salida de muchos de sus integrantes judíos), única fuerza que expresaba demandas de la minoría palestina y se encontraba legitimada en el espacio político israelí, en el que organizaciones de orientación nacionalista, arabista o islamista eran consideradas una amenaza para la integridad del Estado e ilegalizadas.
Un hito importante relacionado al lugar de los palestinos en Israel en este período es la masacre de Kafr Qassem en 1956. Como se mencionó, la sistemática desposesión y hostigamiento a los palestinos israelíes tenía el objetivo de precipitar su exilio y la “judeización” del país, y en el contexto de la guerra de Suez contra Egipto existieron planes para acelerar esta expulsión. En esta localidad el ejército israelí impuso un toque de queda sin notificarlo a los habitantes que habían salido a trabajar durante el día, y se dio la orden de disparar a quienes lo violaran, lo que resultó en una masacre al regreso de los pobladores de su jornada de trabajo. La medida fue presentada como una respuesta a la acción militar de combatientes palestinos infiltrados en el territorio, pensada para escalar la violencia, legitimar expulsiones y amedrentar a las comunidades palestinas para empujarlas a la huida. Aunque fue expuesta por investigaciones periodísticas que dieron cuenta de un plan premeditado de expulsión, sus responsables no fueron juzgados. Este hecho acrecentó las críticas públicas al régimen militar –visto por amplios sectores como una mancha para la democracia israelí, factor de deslegitimación internacional y corruptor del ejército–, alentó movilizaciones de judíos y palestinos opuestos a las expropiaciones –se destacó la del 1º de mayo de 1958 en la zona de Galilea– en el marco del proyecto del gobierno de Ben Gurión de “judeizar” Galilea. No obstante, Ben Gurión bloqueó todos los intentos por desmantelar el régimen militar, y no fue sino tras su caída y de forma lenta, que fue desmantelado entre 1966 y 1968.
Tras la guerra de 1967 el régimen militar y las Regulaciones de Emergencia pasaron a ser los instrumentos con que Israel administró los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.
La guerra de 1967 como parteaguas: reconfiguración del nacionalismo palestino y creación de un “Estado en el exilio”
Aunque las primeras acciones militares de Fatah, en su búsqueda de independizar su iniciativa de los gobiernos árabes, se iniciaron de forma algo errática en 1965, el hito que llevó a la transformación del nacionalismo palestino fue la derrota catastrófica de los Estados árabes en la guerra de 1967 contra Israel.
La confianza que la mayoría de los palestinos habían depositado en el nacionalismo árabe, y sobre todo en el nasserismo –Kimmerling y Migdal sostienen que en muchas ocasiones los palestinos fueron más nasseristas que Nasser–, se vio destrozada. Ya en la cumbre panárabe de El Cairo en 1964 Nasser había admitido no tener una estrategia clara para Palestina. Por esos años, además, los éxitos del movimiento de liberación argelino habían influido en un giro más insurreccional de parte del nacionalismo palestino. Los Estados árabes reunidos en la cumbre de la Liga Árabe en Jartum tras la guerra de 1967, aunque negaron el reconocimiento y paz con Israel, invisibilizaron el rol de la OLP y aceptaron tácitamente a Israel como un hecho consumado con el que debían lidiar diplomáticamente –algo que la administración de Sadat en Egipto profundizó desde 1970–. Según Yezid Zayigh, esto marcó un giro decisivo hacia una menor intervención árabe en el conflicto israelí-palestino, un declive del nacionalismo secular y un período de inestabilidad interna en los países árabes en los que primó la “razón de Estado”, el interés nacional. En ese contexto crecieron las facciones palestinas que proponían la lucha armada guerrillera como estrategia para enfrentar a Israel, y apostaban por una mayor autonomía respecto de los Estados árabes. Estos países en gran medida les permitieron actuar, buscando distraer a las fuerzas israelíes mientras procesaban un rearme con asistencia de la Unión Soviética, que aumentó su injerencia en la región. La visita de Arafat a Moscú en 1970 también contribuyó a cambiar la orientación hostil de la Unión Soviética hacia las guerrillas palestinas.
Fatah vio en este escenario una oportunidad política. En Gaza y Cisjordania se había removido el control jordano y egipcio que había boicoteado la movilización nacionalista, y se confiaba en poder movilizar a su población contra el ocupante israelí, relanzando las operaciones armadas desde los territorios ocupados. Los primeros intentos fueron fallidos y debieron establecer sus bases fuera de dichos territorios. La conocida como batalla de Karamah (marzo de 1968), lanzada desde las bases en la frontera entre Jordania y Cisjordania, fue un hito que marcó el comienzo de esta nueva etapa revolucionaria del nacionalismo palestino. Aunque militarmente implicó una derrota y muchas pérdidas, su peso simbólico, casi mítico, que legitimó la opción por la vía armada, atrajo nuevos contingentes de voluntarios y potenció la influencia de Fatah. Un año después de Karamah, Fatah controlaba la OLP a través de una mayoría en el Consejo Nacional Palestino, transformándola así en una organización paraguas o una confederación que unía a diferentes facciones nacionalistas autónomas de la dependencia estrecha con Egipto, que había caracterizado a la organización en sus inicios.
El declive del nasserismo también afectó de forma notable al MNA: su facción más conservadora fue desplazada por los sectores más izquierdistas, que abrazaron una ideología más radical, de inspiración marxista-leninista, dando lugar al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) y más tarde a su escisión maoísta, el Frente Democrático para la Liberación de Palestina (FDLP). Ambas facciones se integraron a la OLP.
El fracaso en la pretensión de sentar las bases de la lucha armada en los territorios ocupados tuvo importantes consecuencias, como señala Yezid Sayigh. Por una parte, marginó a los activistas políticos y movimientos sociales de esos territorios del proceso de toma de decisiones en el campo nacionalista palestino durante décadas, hasta el estallido de la Intifada en 1987. Por otra parte, obligó a los movimientos integrantes de la OLP a buscar “santuarios” seguros en los países árabes, lo que pronto acrecentó las tensiones con sus gobiernos. La primera opción fue Jordania, con el propósito de convertir su capital Amman en un “Hanoi palestino”. Las guerrillas palestinas llegaron a controlar de hecho porciones del territorio jordano amenazando con crear un Estado dentro del Estado, y motivaron respuestas armadas israelíes que afectaron a las zonas agrícolas más productivas del país. La penetración de Fatah en los servicios de inteligencia y el ejército –a pesar de su postura cauta respecto de los choques con los gobiernos de los países en que instalaba sus bases–, y sobre todo el desafío del FPLP y el FDLP que buscaban generar un cambio de régimen, representaban un peligro para la monarquía jordana. En setiembre de 1970, el ataque al convoy del rey Hussein por milicias palestinas, los secuestros de aviones aterrizados en territorio jordano por el FPLP y la declaración de Fatah en favor de un cambio de gobierno, precipitaron el conflicto abierto entre las guerrillas palestinas y el ejército jordano. El saldo de este episodio, conocido como “septiembre negro”, fue una derrota para la OLP y su retirada de Jordania en un acuerdo con intermediación egipcia, que implicó el traslado de las bases de la OLP al Líbano. Paradójicamente, esto dio lugar al período de mayor fortalecimiento de la organización.
En el Líbano la OLP había logrado consolidar posiciones ya en 1969. Las crecientes tensiones ocasionadas por el hostigamiento del Deuxième Boureau a los palestinos en los campos de refugiados, habían desembocado en marchas masivas y confrontaciones violentas con las fuerzas de seguridad en Beirut, que ocasionaron una crisis gubernamental. La desescalada se logró con la firma en noviembre de los acuerdos de El Cairo, que permitieron a los palestinos constituir en los campos instituciones autónomas sin interferencia estatal (cortes de justicia, impuestos, conscripción, escuelas, clínicas y otros servicios, organizaciones sindicales y de mujeres, radios y prensa). Esto, y el traslado de las bases militares de la OLP al sur del Líbano tras el “septiembre negro”, sentaron las bases de lo que Yezid Sayigh denomina un “Estado en el exilio”. La OLP tomó control efectivo de los campos, desplegó un aparato administrativo que empleaba alrededor de 8000 empleados, reorganizó allí servicios básicos a los que destinaba tres cuartas partes de su presupuesto, que se nutría en gran medida con dinero proveniente de los países árabes del Golfo. En los años siguientes la OLP logró prácticamente desplazar el control efectivo del gobierno libanés en ciudades como Tiro y Sidón, y mantuvo una importante presencia en Beirut, aprovechando la división étnico-política y la inestabilidad del país. La creación de este “Estado en el exilio” coincidió con la formulación de la idea de un Estado secular y democrático como aspiración para el territorio palestino a reconquistar.
La presencia de la OLP en el Líbano generó crecientes tensiones con la Falange, una milicia maronita con estrechos vínculos con el gobierno. Tras algunos choques armados en 1973 estalló en el Líbano una larga y sangrienta guerra civil, en cuyo transcurso se dieron dos invasiones israelíes en el territorio (1978 y 1982) con el objetivo de desmantelar a la OLP que se había convertido en un actor clave del conflicto.
El período de 1973 a 1982 implicó para la OLP dos procesos paralelos y en cierta medida contradictorios. Por una parte, a partir de la formulación de su “plan por etapas” en 1974, consolidó un viraje hacia la negociación diplomática para la creación de un Estado palestino, obteniendo progresivamente mayor reconocimiento internacional y mostrando su voluntad de negociar con Israel. Por otra parte, el desarrollo de la guerra civil libanesa y la invasión israelí de 1982 implicó una derrota militar que debilitó sus posiciones y obligó a evacuar a buena parte de su aparato armado y sus líderes del territorio en que habían consolidado su “Estado en el exilio”.
El primero de estos procesos obedeció, en buena medida, al panorama regional que se abrió luego de la guerra de Yom Kippur en 1973. Tras este conflicto, que supuso un duro golpe para el triunfalismo israelí posterior a 1967, y el uso del petróleo por los Estados árabes tras la guerra como arma económica, la postura diplomática de estas naciones se fortaleció. Existía la posibilidad de que estos Estados, con Egipto a la vanguardia, buscaran una resolución del conflicto sin considerar los intereses de la OLP. Las organizaciones palestinas se veían ante la necesidad de tomar la iniciativa y capitalizar los resultados de su lucha en los años previos. Era urgente lograr el reconocimiento de la OLP a nivel regional e internacional como único representante de la nación palestina –y en especial de la población de los territorios ocupados– y para ello era preciso modificar su estrategia política.
La cumbre de la Liga Árabe en Argelia en noviembre de 1973 supuso el reconocimiento de la OLP, a pesar de la resistencia jordana, como único representante de la nación palestina. No obstante, esto no acabó con la competencia entre la OLP y Jordania por la representación de los palestinos en Cisjordania, que fue motivo de debate de la cumbre de Rabat en 1974, en la que se reafirmó lo acordado en 1973. Dicha ratificación fue un logro muy importante, aunque no acabó con los intentos de los Estados árabes de condicionar y supeditar la toma de decisiones de la OLP a sus intereses en los años siguientes.
La confluencia provisoria de Fatah, el FDLP y la Sai’qa (milicia de orientación baazista estrechamente vinculada al gobierno sirio) en el Consejo Nacional Palestino en junio de 1974 dio lugar a lo que se conoce como el “plan por etapas” de la OLP: sin reconocer aún la Resolución 242 de la ONU como la base para la paz, se consideró legítima la consecución de la autodeterminación sobre una parte del territorio palestino como una etapa en la lucha contra Israel. Este giro pragmático, aunque no supuso el abandono completo de la retórica de la lucha armada sino su progresivo atemperamiento, implicó el reconocimiento tácito de que la vía militar estaba agotada y la priorización de la estrategia diplomática como medio para alcanzar las metas de la organización. El plan por etapas fue, en este sentido, importante para la legitimación internacional de la OLP, logrando la invitación de Arafat a la Asamblea General de la ONU en noviembre de 1974. Con todo, la negativa de Israel y Estados Unidos a negociar impidió que la OLP lograra mayores avances en la vía diplomática, hasta que la Intifada modificó el escenario. A la interna del nacionalismo palestino, varias organizaciones dentro de la OLP rechazaron el viraje y en 1975 formaron el Frente de Rechazo. A la oposición se sumó, más tarde, la nueva organización islamista surgida durante la Primera Intifada, Hamas.
En paralelo a este giro pragmático y los logros diplomáticos que implicó para la OLP, su capacidad militar y la consolidación de sus posiciones en el Líbano pasaron de un rápido fortalecimiento a duros golpes que acabaron con su derrota en 1982. En ese contexto de debilitamiento la OLP perdió cierta capacidad para imponer sus condiciones, y se vio obligada a un reacercamiento con Jordania para participar de negociaciones conjuntas en 1985, bajo condiciones impuestas por el presidente estadounidense Ronald Reagan. El fuerte rechazo del FPLP y el FDLP amenazaron con una crisis interna capaz de desmoronar a la OLP, llevando a Fatah a rechazar la propuesta estadounidense y priorizar el apaciguamiento y la unidad interna. Tras esto, la perspectiva para el nacionalismo palestino era ominosa: la vía armada estaba agotada y la vía diplomática, gran apuesta de Fatah en la última década, estancada. Esta falta de perspectivas explica en parte el estallido de la Intifada como un movimiento de insurrección popular en los territorios ocupados que desbordó al liderazgo de la OLP.
Bibliografía
Abu-Tarbush, José (2006), “Palestina: el fin de la hegemonía de Fatah”, Historia contemporánea, nº 32, pp. 73-102.
Muslih, Muhhamad (1990), Toward coexistence: an analysis of the resolutions of the Palestine National Council, Washington DC: Institute for Palestine Studies.
Orenstein, Daniel; Hamburg, Steven (2009), “To populate or preserve? Evolving political-demographic and environmental paradigms in Israeli land-use policy”, Land Use Policy, nº 26, pp. 984-1000, disponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0264837708001580
Pappé, Ilan (2017), Los Palestinos olvidados. Historia de los palestinos en Israel, Madrid: Akal.
Rouhana, Nadim; Sabbagh-Khoury, Areej (eds.) (2011), The Palestinians in Israel. Readings in history, politics and society, Haifa: Mada al-Carmel.
Sayigh, Rosemary (2007), The Palestinians, from peasants to revolutionaries, Londres: Zed Books.
Sayigh, Yezid (1997), Armed struggle and the search for state. The Palestinian national movement, 1949-1993, Oxford: Oxford University Press.
Sela, Avraham (2014), “The PLO at fifty: a historical perspective”, Contemporary Review of the Middle East, vol. 1, nº 3, pp. 269-333.

