La OLP y la guerra civil libanesa
Se trató de un conflicto de quince años, que dejó un saldo de 150.000 muertos y 17.000 desaparecidos. A menudo presentado como un conflicto de tipo religioso, entre cristianos y musulmanes, fue mucho más complejo, enfrentando a diversos grupos dentro de esas colectividades religiosas en un escenario cambiante y extendido en el tiempo. Buena parte de los factores de conflicto estaban dados antes de la propia creación del Líbano como Estado independiente: la administración colonial francesa se había sostenido en la minoría maronita y alterado el equilibrio de fuerzas entre las comunidades, el proyecto de la Gran Siria liderado por Feisal había evidenciado las aspiraciones sirias sobre el territorio. A partir del “pacto nacional” informal, las comunidades maronita, sunní y chií del Líbano se repartieron el poder político, antes de la retirada definitiva de los franceses en 1946. El acuerdo se basaba en unos datos demográficos que cambiaron aceleradamente por la pérdida de peso poblacional de los cristianos en el país. Las tensiones entre maronitas y suníes fueron un factor de inestabilidad política desde el comienzo de la existencia independiente del país. Los acuerdos de El Cairo y la expulsión de la OLP de Jordania introdujeron un nuevo factor de desestabilización entre 1969 y 1970.
En 1973 se dieron los primeros choques entre las milicias maronitas de derecha (en especial la Falange, apoyada desde los inicios del conflicto por Israel) y el ejército libanés controlado por los cristianos por un lado, los palestinos y los partidos de oposición y milicias suníes de la región de Sidón, apoyados por la OLP, por el otro. Los grupos de oposición de izquierda y nacionalistas árabes en el Líbano se unificaron en Movimiento Nacional Libanés poco después.
La OLP, liderada por los esfuerzos de Arafat, buscó establecer canales de negociación con los maronitas y garantizar su neutralidad en las luchas libanesas, pero las facciones más radicales en ambos campos continuaron la escalada. Esto mostró los límites de Arafat y Fatah en el establecimiento de cierta disciplina o unidad de acción sobre otras agrupaciones que integraban la OLP. Un actor clave en el boicot de esas negociaciones fue la milicia baazista palestina Sa’iqa con apoyo sirio. No obstante, y a pesar de diferencias en sus intereses y mutuas desconfianzas, Siria y la OLP eran aún aliados y buscaban la contención del conflicto, evitando su internacionalización.
A comienzos de 1976 las tensiones se acrecentaron, al bloquear las milicias maronitas –unificadas ese año en el Frente Libanés– el abastecimiento alimenticio, médico y de combustible a los campos de refugiados palestinos, atacando luego algunos de ellos. La imposibilidad de Fatah de contener los ataques de otras facciones de la OLP y la necesidad de proteger los campos y sus bases, profundizaron su involucramiento y en paralelo las desconfianzas sirias. Los vínculos con el gobierno de Hafez al-Asad se deterioraron rápidamente y tras un ultimátum a la OLP para el cese del fuego en abril, Siria desplegó 30.000 soldados en el Líbano con el objetivo de imponer una paz en sus términos y satisfacer viejas aspiraciones sobre un territorio cuya independencia nunca había reconocido plenamente, buscando excluir del conflicto a otros Estados árabes (en especial Egipto) y evitar que los maronitas promovieran una partición o cantonización del territorio. La intervención siria llevó a un choque directo con la OLP, al tiempo que profundizó el acercamiento de las milicias maronitas con Israel. Los enfrentamientos fueron especialmente sangrientos en esta primera etapa, hasta el alto el fuego acordado por intermediación de la Liga Árabe en octubre de 1976.
Para la OLP el conflicto ponía en riesgo su base en el Líbano, tanto por la amenaza siria como la israelí en el sur. En base a esas preocupaciones y en el contexto de la apuesta de la OLP por la diplomacia, buscó un acercamiento con Estados Unidos durante 1977 para abrir un canal de negociaciones. Según Yezid Sayigh esto alarmó al nuevo gobierno del Likud en Israel y lo llevó a un aumento de las acciones militares en el sur del Líbano, con el objetivo de desplazar a la OLP y provocar una escalada que frustrara su acercamiento con Estados Unidos. En marzo de 1978 Israel invadió el Líbano, pero su avance fue resistido con fiereza por las milicias palestinas. La nueva etapa de la guerra se dio en un contexto de creciente polarización entre los Estados árabes, marcada por los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel. En esas circunstancias la OLP buscaba denodadamente salvar la opción diplomática por la que había optado, sin lograr sustantivos avances.
Yezid Sayegh sostiene que entre 1978 y 1979, con la ventana de oportunidad para sumarse en términos aceptables a los acuerdos de paz concertados entre Estados Unidos, Israel y Egipto, se dio sin embargo una confluencia de factores que permitió a la OLP fortalecer la conformación de su “Estado en el exilio” y la consolidación del poder de Fatah a pesar de los múltiples desafíos de las facciones situadas a su izquierda. El declive de la UNRWA, la llegada de crecientes fondos desde los Estados del Golfo, las consecuencias sociales y económicas devastadoras de la guerra del Líbano, fueron algunos de los factores que le permitieron extender su influencia en los campos de refugiados. En paralelo se afianzó en la OLP un proceso de burocratización y una política de patronazgo a partir del dispendio de los fondos, los sistemas de seguridad social y fuentes de empleo que la organización controlaba, que en última instancia fortaleció la posición de Arafat. El autor denomina la época de la “República Fakhani” (en referencia al barrio en que la OLP tenía sus cuarteles generales) como una etapa posrrevolucionaria y neopatrimonial. En términos militares el poder de la OLP creció, sus tropas se convirtieron en un ejército cuasi-regular, manejaba armamento pesado y una red logística sólida. Al mismo tiempo crecieron sus redes internacionales, que llevaron a la OLP a dar asistencia en armas o entrenamiento a grupos armados en lugares tan dispares como Irán, Uganda o Nicaragua (sandinistas).
No obstante, entre 1979 y 1980 los sectores de izquierda de la OLP, que antagonizaban con el liderazgo de Fatah, recibieron un fuerte impulso por el apoyo de Siria y Libia, y las armas brindadas por la Unión Soviética. Las relaciones de la OLP con Siria, relativamente normalizadas en 1978 durante el comienzo de la invasión israelí, se deterioraron nuevamente. Siria, a su vez, desconfiaba del creciente involucramiento occidental, a través de las fuerzas de paz de la ONU y la presencia franco-estadounidense.
Durante 1981 Israel intensificó sus ataques de artillería sobre posiciones de la OLP, sin lograr frenar los bombardeos palestinos al norte de Israel aunque sí infligiendo numerosas bajas. La OLP, que había logrado el reconocimiento diplomático soviético en octubre de 1980, obtuvo nuevas armas del bloque comunista para fortalecer sus posiciones, aumentando su arsenal y reclutando fuerzas extranjeras (entre ellas a pakistaníes y bangladesíes) para desarrollar tareas militares que excedían las capacidades de su personal. Este panorama convenció al gobierno del Likud de que la única forma de lograr una derrota definitiva de la OLP consistía en una invasión terrestre. Las diferentes facciones de la OLP estaban convencidas de que esas operaciones estarían confinadas al sur del Líbano, como ocasiones anteriores, y estuvieron confiadas de que no se existía un plan para una invasión a gran escala que alcanzara Beirut. Sus presunciones eran erradas. El intento de asesinato del embajador israelí en Gran Bretaña fue el pretexto de Israel para lanzar la invasión.
Las bases de la OLP en el sur cayeron muy rápido ante el avance israelí, luego una operación anfibia en la región de Tiro tomó a la organización por sorpresa. Los invasores avanzaron con rapidez sobre Beirut, al tiempo que lar artillería de la OLP se retiraba para reagruparse. Las fuerzas israelíes utilizaron todos los medios disponibles para doblegar y obligar a la OLP a evacuar Beirut, entre ellos el bombardeo de hospitales y el estallido de coches bomba dispuestos por sus fuerzas de inteligencia. Los diferentes partidos libaneses ejercían también presión para el retiro de la OLP. Mientras el liderazgo de la OLP buscaba negociar su salida desde una posición de fuerza que le permitiera ciertas seguridades, confiando en la intervención diplomática francesa, el gobierno israelí buscaba una escalada, interesado en evitar la apertura de negociaciones antes de dar un golpe decisivo a su enemigo, e incluso aspirando Ariel Sharon a la destrucción de los campos y deportación masiva de sus pobladores. Mientras tanto, Arafat acusaba a ciertos Estados árabes de haber dado luz verde a la invasión israelí y criticaba la tímida intervención de la Liga Árabe.
El cese al fuego alcanzado en agosto de 1982 implicó un acuerdo para la evacuación de la OLP, cuyos líderes se trasladaron a diversos países de la región y su cuartel general a Túnez. Tras el retiro de la OLP de los campos, las milicias maronitas con el apoyo logístico y la anuencia israelí, perpetraron las masacres de Sabra y Chatila.
La retirada del Líbano marcó uno de los puntos más bajos de la OLP, aunque el posterior retiro de las tropas israelíes permitió un retorno limitado de sus cuadros de al Líbano a partir de 1983. Pero otros desafíos se sumaron a los anteriores: una facción disidente de Fatah apoyada por Siria se enfrentó al liderazgo de Arafat, protagonizando choques armados con las tropas leales a él en Siria y en los campos de refugiados del Líbano entre 1983 y 1984. A su vez, Siria apoyó en los años siguientes a milicias chiíes libanesas (el Movimiento Amal) que llevaron adelante sangrientos enfrentamientos con palestinos en los campos de refugiados. Esta “guerra civil palestina” y “guerra de los campos” no logró materializar las aspiraciones sirias de remover a Arafat, que acabó prevaleciendo y mantuvo su liderazgo de la OLP.
En suma, la guerra civil libanesa fue el escenario en el que se dio el proceso de consolidación del “Estado en el exilio” construido por la OLP, el fortalecimiento de su poder militar, y su declive bajo las presiones de Israel, las milicias libanesas enemigas, Siria y sus aliados circunstanciales, y las propias disidencias internas en la organización. El conflicto continuó hasta 1989, pero ya la OLP no fue un actor tan relevante como en el pasado.
Bibliografía
Kopel, Ezequiel (2022), La disputa por el control de Medio Oriente. Un siglo de conflictos, del Imperio Otomano a la actualidad, Buenos Aires: Capital Intelectual.
Sayigh, Yezid (1997), Armed struggle and the search for state. The Palestinian national movement, 1949-1993, Oxford: Oxford University Press.
