Herzl, Theodor (1896). El Estado judío
Herzl argumenta, en su libro El Estado judío (1896) la necesidad de dicho Estado en virtud de la persistencia del antisemitismo, incluso como un fenómeno social que no puede ser contenido por la eventual protección de los gobiernos. Se trata, para Herzl, de un nuevo antisemitismo, distinto a la tradicional judeofobia religiosa y fruto del proceso de asimilación de los judíos a las sociedades europeas.
Pero además, para el autor la asimilación tampoco es deseable desde el punto de vista judío: se trata de un pueblo demasiado glorioso para ser asimilado. Desde su punto de vista, el pueblo judío exhibe las condiciones necesarias para constituir un Estado: ante todo la voluntad, luego los medios intelectuales y económicos (que deben ser movilizados por una Compañía Judía que estimule la emigración). Falta, sin embargo, el territorio: el libro descarta otras soluciones territoriales diferentes a Palestina (como Argentina), dado el vínculo emocional con ese territorio. Expone, a su vez, las ventajas que entrañaría su presencia para turcos y europeos.
La explicación de los mecanismos de colonización y construcción estatal es minuciosa. Las tierras y bienes de los emigrados deben ser liquidadas y con ese fondo común adquirir tierra barata para ser asignada, junto a préstamos blandos para edificar en ella. La Compañía debe, a su vez, hacerse cargo de la construcción de viviendas baratas, templos, escuelas, lugares de recreación, utilizando el trabajo voluntario de los obreros emigrados.
Se afirma que los obreros deben construir sus casas de forma cooperativa, logrando el derecho de propiedad luego de tres años de buena conducta, como un elemento para favorecer el virtuosismo entre los trabajadores, a los que se pagará en especie. Se planifica incluso la jornada laborar, de siete horas, en cuadrillas militarizadas, estimulando a su vez las horas extra como elemento de atracción y estímulo al ahorro nacional.
En el proyecto de Herzl guardaba un lugar importante la promoción de la industria judía, como elemento simbólico de renacimiento que se distanciara de la mentalidad burguesa no productiva impuesta por la cultura de gueto.
Su propuesta no era la de un proyecto socialista: la división de clases es considerada algo natural, expresado por ejemplo en la dependencia de la vivienda estatal o el acceso a viviendas privadas. Herzl afirma en su libro que el Estado será colectivista por necesidad, pero se fomentará la propiedad privada y el espíritu emprendedor, aunque no la especulación.
Respecto de la lengua, Herzl no respalda en su libro la imposición del hebreo por no tener hablantes nativos, pensando para el nuevo Estado un federalismo lingüístico hasta que naturalmente se impusiera el idioma que más se hablara.

