Los hacehemitas y el nacionalismo palestino
El vínculo entre los monarcas de la dinastía hachemita y el nacionalismo palestino ha sido desde sus inicios ambiguo y polémico. Feisal fue la figura visible que lideró el proyecto de la Gran Siria a finales de la Primera Guerra Mundial, pero existe cierto consenso historiográfico en afirmar que se vio arrastrado por las posiciones arabistas más confrontativas hacia un conflicto con Francia del que salió derrotado, sin controlar completamente la situación política y poder imponer sus visiones más cautas o conservadoras. Esto se vio reflejado en el Congreso Nacional pansirio de 1919, que lo coronó rey de una monarquía parlamentaria y reafirmó el repudio a los acuerdos Sykes-Picot y la Declaración Balfour.
No obstante, Feisal fue también la figura que negoció con el líder sionista Chaim Weizmann en enero de 1919, otorgando garantías a la consecución del proyecto de un “hogar nacional” judío en Palestina y la continuación de la inmigración judía al territorio, en el marco del Estado árabe independiente que se proyectaba bajo su autoridad. El texto no promete un Estado judío en el territorio, aunque deja abierta a futuras deliberaciones la estructura administrativa de Palestina. Aunque el documento, y la Declaración Balfour a cuyo antecedente remite, fueron rechazados por el Congreso Nacional Sirio de julio de 1919 y generaron una extendida indignación entre los palestinos, los acuerdos demuestran la voluntad del rey de negociar con los sionistas y que la plataforma del nacionalismo palestino no estaba dentro de sus prioridades políticas.
El papel de su hermano, el rey Abdullah de Jordania, fue aún más polémico, tanto que lo hizo víctima de un magnicidio perpetrado en 1951 por un nacionalista palestino en Jerusalén. El historiador Avi Shlaim, quien dedicó una importante obra sobre el colaboracionismo entre Abdullah y los sionistas, considera que esto fue decisivo en la derrota palestina de 1948. La actitud de Abdullah estuvo marcada por su pragmatismo y sus ambiciones políticas. Como su hermano, había tomado parte de la revuelta árabe contra el Imperio Otomano en 1916, y había depositado sus esperanzas en un extenso reino árabe que incorporara Siria, Palestina, el Líbano y Transjordania. No obstante, su posición se había reducido a encabezar un reino económicamente pobre, relativamente despoblado, y sometido a una estrecha dependencia de Gran Bretaña, sin cuya asistencia habría sido imposible establecer una administración y un ejército (la Legión Árabe). Aunque obligado a moderar sus ambiciones, pretendía ampliar su reino negociando territorios al oeste del río Jordán, territorios palestinos más ricos, más poblados, con importantes ciudades y una élite letrada que podría incorporar a su aparato de gobierno. El contexto político del mundo árabe de posguerra añadía presiones y urgencias: a su ya antigua tensión con Arabia Saudita por la influencia sobre el reino ancestral del Hijaz en la península arábiga, se sumaba la disputa sorda con Egipto por el liderazgo del mundo árabe, el deseo de desplazar al muftí Amin al-Husseini considerado una amenaza para sus aspiraciones, y de abortar las tendencias independentistas de Siria y Líbano.
Abdullah consideró que podría utilizar los recursos económicos y propagandísticos que ofrecía el sionismo, acordando con ellos para realizar sus aspiraciones territoriales y contrarrestar la dependencia con Gran Bretaña. El precio a pagar, esto es, la impopularidad en el mundo árabe, fue considerado un costo asumible. Y en su política, además, encontró en los líderes sionistas voluntad de negociar, con la esperanza de que esas negociaciones iniciaran un camino hacia el reconocimiento de Israel por los Estados árabes y la seguridad de sus fronteras.
Su intervención militar en la guerra de 1948 estuvo lejos de pretender defender los intereses del nacionalismo palestino: se vio precipitado por las masacres sionistas y la catastrófica derrota de las milicias palestinas, y por la presión de los otros Estados árabes, que también pensaron su intervención como medio de frustrar los evidentes objetivos anexionistas jordanos. La Legión Árabe era el ejército más preparado del mundo árabe, y obtuvo luz verde de la Liga Árabe para liderar las acciones militares. En connivencia con sionistas y británicos –que toleraron una decisión que asumían daría por tierra con el plan de las Naciones Unidas–, la ocupación de Cisjordania por las tropas jordanas pretendía anexionar el territorio y negociar con el emergente Estado de Israel sus fronteras desde una posición de fuerza. Abdullah aceptaba la partición de Palestina, mas no el surgimiento de un Estado palestino independiente, sino la anexión de los territorios a su reino.
La derrota militar de los ejércitos de la Liga Árabe obligó a Abdullah a negociar unas líneas de armisticio que cedían a Israel más territorios del que había previsto, pero finalmente su reino anexó al territorio de Cisjordania. En los años siguientes Abdullah se propuso asimilar a la población palestina –otorgó nacionalidad plena, incorporó a los notables a su administración– al tiempo que reprimió cualquier organización autónoma del nacionalismo palestino en los territorios bajo su control.
La actitud de los hachemitas, en síntesis, es una muestra de los límites de la solidaridad árabe con el nacionalismo palestino. Pero también contribuye a cuestionar el mito de origen del Estado de Israel –David contra Goliat–, el de una nación que prevaleció ante una poderosa acción concertada de múltiples Estados árabes que perseguían de forma intransigente su eliminación.
Bibliografía recomendada
Shlaim, Avi (1988), Collusion across the Jordan. King Abdullah, the Zionist movement, and the Partition of Palestine, Oxford: Clarendon Press.
