Guía 5 – Consolidación del Estado de Israel y relaciones conflictivas con el mundo árabe: de 1949 a la guerra de 1967

Los primeros años de Israel y el camino a la guerra de Suez de 1956

A menudo, la metáfora de “David frente a Goliat” ha sido utilizada para dar cuenta de la relación entre Israel y los Estados árabes en la guerra de 1948 y los primeros años de existencia del Estado judío, haciendo referencia a una hostilidad unánime de los vecinos árabes frente a la que un débil Estado naciente debía luchar por su supervivencia. The iron wall, de Avi Shlaim (2003) (título que remite al planteo de Zeev Jabotinsky de fortalecer la capacidad de resistencia e imposición militar del sionismo contra los árabes), ofrece una visión más compleja de ese relacionamiento. En su reconstrucción del período que se extiende entre el fin de la guerra de 1948 y la guerra de Suez en 1956 el autor expone la pugna en el gobierno israelí entre un sector que apostó por la negociación diplomática (liderado por Moshe Sharett, a quien el autor reivindica frente a una historiografía sionista que lo ha mostrado como un pacifista ingenuo y débil), y un sector más duro y confrontativo con los Estados árabes representado por David Ben Gurión (a quien, lejos de una visión heroica, presenta como intransigente e incapaz de pensar una sociedad multiétnica) y Moshe Dayan (considerado por Shlaim como militarista con pocas inhibiciones morales, cercano a las ideas de Jabotinsky a pesar de pertenecer al Mapai). Aunque ambas líneas políticas no pensaban en concesiones respecto de las fronteras alcanzadas en 1949 ni en el retorno de los refugiados palestinos, la línea de Sharett apostaba por la diplomacia conciliatoria en contraste con su contrapunto más beligerante y expansionista, desdeñosa de la mediación internacional. Según Shlaim (2003), esta última línea prevaleció y sin ello no puede explicarse el proceso de consolidación de Israel y la definición de su política exterior en las primeras décadas de su existencia.

Ya el fracaso de la Conferencia de Lausana (1949) sobre el destino de los refugiados palestinos, hizo evidente que el gobierno israelí no estaba dispuesto a hacer concesiones significativas en ese tema a cambio de paz, y que no apostaba por acuerdos con mediación internacional sino por soluciones bilaterales con sus vecinos a partir de una posición de fuerza. En este sentido, las perspectivas más promisorias las ofrecía Jordania, cuya monarquía estaba más dispuesta a este tipo de negociaciones. Sin embargo, la disputa Dayan-Sharett se hizo evidente en el debate sobre cómo negociar con los vecinos. El primero, como Jefe del Estado Mayor del ejército israelí a partir de 1953, favoreció incursiones militares en la frontera con Siria y en la Gaza controlada por Egipto como respuesta a la infiltración de palestinos a Israel (se estima que entre 2700 y 5000 infiltrados fueron asesinados entre 1949 y 1956). Esto socavó de forma sucesiva los esfuerzos diplomáticos de Sharett, opuesto al aventurismo militar, quien primero como canciller y más tarde como primer ministro (1953-1955) a menudo no fue informado de forma completa de las operaciones militares desplegadas. El argumento israelí de que los Estados árabes favorecían esas infiltraciones, lo que legitimaba respuestas militares en territorio sirio o egipcio, no se condice con las fuentes gubernamentales de esos países ni las británicas o estadounidenses, según Shlaim.

Una de estas acciones militares, tomada mientras Sharett se encontraba en la ONU y en el marco de la tensión generada con Siria y Jordania por el plan israelí de desviar las aguas del Río Jordán, fue el ataque de represalia a la aldea cisjordana de Qibya el 14 de octubre de 1953. Una unidad comandada por Ariel Sharon destruyó varias casas con sus habitantes dentro, con un saldo de 69 muertos, muchos de ellos mujeres y niños. Aunque la versión oficial sostuvo que los militares entraron a una aldea que resguardaba “terroristas” y no sabían que había gente oculta en las casas, muchas fuentes dan cuenta de que fueron forzados a refugiarse antes de que sus hogares fueran atacados. El mismo efecto disruptivo tuvieron los actos de sabotaje israelíes en Egipto en 1954, ataques de falsa bandera contra objetivos británicos para generar tensión y retardar el retiro de la potencia europea del país. A esto se sumó una incursión militar en Gaza en febrero de 1955 que mató a 37 soldados egipcios. Estos dos últimos episodios llevaron al fracaso a los intentos de Sharett de llevar adelante un acercamiento diplomático con el líder egipcio Gamal Abdul Nasser con mediación anglo-estadounidense. Para Shlaim, esto constituyó un punto de inflexión: fortaleció la línea de Ben Gurion de confrontación con Nasser como un peligro para la seguridad israelí que debía ser enfrentado mediante una guerra preventiva, al tiempo que radicalizó las posturas del gobernante egipcio, que se inclinó hacia el bloque soviético en busca de ayuda militar para enfrentar a Israel y comenzó a apoyar la formación de guerrillas palestinas en Gaza a partir de 1955.

Otro punto en que la disputa entre la línea moderada y beligerante en el gobierno israelí se manifestó fue la búsqueda de alianzas internacionales. Sharett buscaba mejorar la imagen de Israel en la comunidad internacional como medio para vencer las renuencias de Estados Unidos hacia una asistencia militar más decidida al Estado judío. Dayan y Ben Gurion, en cambio, buscaron esa asistencia militar en Francia (clave también en el desarrollo de un plan nuclear israelí) y comenzaron a complotar con su gobierno –y de forma más renuente con el británico– para derrocar a Nasser mediante una acción militar. Estos últimos, con el objetivo de boicotear los esfuerzos del primero, ordenaron una operación militar en Siria (Operación Kinneret, condenada internacionalmente) mientras Sharett negociaba en Estados Unidos, paralizando finalmente los acuerdos. En junio de 1956 Sharett renunció a su puesto en el gobierno. En julio Nasser nacionalizó el canal de Suez.

Sin una oposición seria, la línea dura del gobierno inició las negociaciones con Francia y Gran Bretaña que llevaron a la guerra de Suez en octubre de 1956. Ben Gurion se presentó ante las potencias con un ambicioso plan de reordenamiento político de la región, que implicaba la anexión de Cisjordania y el sur del Líbano, la desaparición de Jordania como Estado y el reparto de territorios egipcios. Los objetivos de Francia y Gran Bretaña eran más limitados y se impusieron en el protocolo secreto de Sèvres, documento en el que Israel se comprometía a iniciar una guerra contra Egipto para favorecer una intervención “pacificadora” franco-británica, que les restituyera el control del canal y provocara la caída de Nasser. Para Shlaim, Israel no enfrentaba ninguna amenaza seria de Egipto, y la guerra emprendida respondió a los proyectos militaristas y expansionistas de la línea dura del gobierno de Ben Gurion. No obstante, la intervención de Estados Unidos y la Unión Soviética a través de las Naciones Unidas desbarató los planes de la coalición formada en Sèvres: Israel debió retirarse del Sinaí, aunque logró una demostración de fuerza contra el ejército egipcio, abrir la navegación de los Estrechos de Tirán y destruir las bases de los fedayines palestinos en Gaza.

Benny Morris (1993), en su minucioso análisis del período 1948-1956, reconoce una creciente corriente expansionista en el gobierno israelí, pero identifica la infiltración palestina como la principal causa del crecimiento de las tensiones: la infiltración civil, sumada a las bandas organizadas, “terroristas”, que aterrorizaban a la población israelí, generaron represalias que escalaron en violencia ante una “guerra de guerrillas no declarada”. Morris señala que las respuestas de represalia, que impusieron reiteradas humillaciones a las poblaciones y gobiernos árabes vecinos, y acrecentaron las presiones sobre sus gobiernos para responder al desafío militar israelí, siendo el ataque a Gaza en 1955 un punto de inflexión.

En un contraste más evidente con lo planteado por Shlaim, Anita Shapira (2012) sostiene (en consonancia con la visión de los gobiernos israelíes, aunque reconoce que éstos tampoco estaban muy interesados en acuerdos de paz que implicaran concesiones) que desde el fin de la guerra de 1948 los Estrados árabes estaban empeñados en un “segundo round”: aunque no preparados militarmente para la guerra, desplegaron todos los medios posibles para hostigar a Israel, desde el boicot económico al apoyo a las infiltraciones palestinas, consideradas el principal problema de seguridad del nuevo Estado. Al contrario que Shlaim, Shapira entiende que el gobierno israelí había puesto genuinas esperanzas en la conferencia de Lausana, y que su frustración lo llevó a un pesimismo y desconfianza respecto de la actitud de los árabes. Esta autora, aunque reconoce el belicismo de Dayan, exime a Ben Gurion y entiende que las posturas expansionistas en el gobierno de Israel eran minoritarias. Shapira destaca el relativo aislamiento internacional del Estado de Israel (sin un apoyo decisivo de Estados Unidos, no invitado a integrar el Pacto de Bagdad) y el peligro que suponía el abastecimiento de armas de Egipto desde Checoslovaquia, como factores decisivos en el acercamiento a Francia que acabó en el Protocolo de Sèvres y la “guerra preventiva”. Debe señalarse que, aunque los vínculos con la Unión Soviética se deterioraron rápidamente después del apoyo inicial soviético a la partición (tensionándose más en el marco de la escalada antisemita contra los médicos judíos en la Unión Soviética en 1953), Israel pudo comprar armas a Checoslovaquia hasta 1951.

Desde una perspectiva también filosionista, Joan Culla y Adrià Fortet (2024), sugieren que el nacionalismo árabe, que hizo del problema de los refugiados palestinos símbolo central de la causa panárabe, podría haber optado por otro camino, más abierto a la reconciliación con Israel y la aceptación de la transferencia de población como se dio en otros conflictos contemporáneos (citan la Europa de posguerra y Pakistán como ejemplos). Estos autores destacan, además, como factor que envenenó las relaciones de los Estados árabes con Israel, la creciente violencia y persecución de judíos en esos países (atribuyendo, por ejemplo, al gobierno de Nasser un “sesgo antisemita”), que llevó a operaciones israelíes de rescate. Argumentan que, a pesar de que Israel no se mostró concesivo en los primeros años de la posguerra, los Estados árabes no habrían podido sostener una postura negociadora real dadas las presiones de sus sociedades y élites nacionalistas (citan el asesinato de Abdullah de Jordania en 1951 como prueba de ello), y sostienen que estos países violaban sistemáticamente los términos del armisticio de 1949. Estos autores concluyen su detallada descripción, con un posicionamiento respecto del derecho al retorno:

“Es evidente que una injusticia no anula otra injusticia, pero parece razonable que, cuando se invocan derechos al retorno y demandas de indemnización, el caso de los 600.000 israelíes llegados del mundo árabe y sus descendientes sea tenido en cuenta al lado de los 700.000 desterrados palestinos de 1948 con sus hijos y nietos” (Culla y Fortet, 2024: 227)

Más allá del debate historiográfico sobre este período, algunas conclusiones generales pueden extraerse. En primer lugar, es claro que las posibilidades de una resolución diplomática, más allá del compromiso que las partes pudieran haber mostrado para viabilizarla, se frustraron rápidamente a comienzos de la década de 1950. En ese contexto se consolidó una línea dura y beligerante en el gobierno israelí, representada por Dayan y Ben Gurion, que se expresó en virulentos actos de represalia a la infiltración palestina en territorio israelí, crecientemente militarizada a partir de 1953. El viraje de la política egipcia respecto de Israel y su enfrentamiento con Francia y Gran Bretaña allanó el camino para el proyecto de “guerra preventiva” abrigado por el gobierno israelí, en un contexto en el que las alianzas internacionales del Estado judío con Occidente no eran aún una cuestión dada y sencilla, sino signadas por tensiones y desconfianzas.


La Guerra de Junio de 1967 o de los Seis Días

Puede afirmarse que para 1967, tanto la sociedad palestina e israelí como sus elites políticas habían descartado cualquier opción que incluyera la cohabitación. Para los palestinos, la división de su territorio en Cisjordania y la Franja de Gaza significó la materialización de su derrota militar y política frente al proyecto sionistas. Como fue analizado, los resultados de la guerra de 1948 y su “catástrofe”, sumado a la crisis del Canal de Suez en 1956 y la debilidad de los armisticios de 1949, generó las condiciones propicias que derivaron en la conocida Guerra de los Seis Días. Al endurecimiento de la política exterior israelí debe sumarse el fortalecimiento del panarabismo, bajo el liderazgo de Nasser, que hizo de la lucha contra Israel un elemento importante de su discurso político.

La retórica desplegada en los años anteriores a 1967 fue la de una carrera armamentística, lo que presentaba como inminente otro conflicto bélico: Israel, buscó la adquisición de mayor armamento, apostando además por desarrollar su capacidad nuclear, mientras que los Estados árabes, modernizaron también sus ejércitos. Ambos, como explica Ilan Pappé, priorizaron su inversión militar, frente a los desafíos económicos y sociales que enfrentaban sus ciudadanos. 

En 1967, la posibilidad de un nuevo conflicto, largamente anunciada, se materializó. El detonante estuvo en las largas disputas entre Siria e Israel por el control de una zona desmilitarizada en sus fronteras, cuya soberanía no había sido formalizada en los acuerdos de 1949 y que contaba con un gran acuífero codiciado por ambos países. Tras un breve enfrentamiento entre Siria e Israel, el gobierno de Egipto presionado por el Ministro de Defensa sirio, Hafez el-Asad, decidió apostar un aproximado de 10.000 soldados y 1.000 tanques en la península del Sinaí. Además, solicitó a las Fuerzas de Emergencia de las Naciones Unidas, los cascos azules (asentados allí desde la guerra de 1956), que se retiraran de la frontera con Israel. La respuesta de Israel fue equivalente, apostando también ejércitos en sus fronteras. Nasser reaccionó cerrando el estrecho de Tirán (la misma acción que tomó en vísperas del enfrentamiento en 1956) y bloqueando el tráfico marítimo israelí. Tras una breve crisis política interna en el gobierno laborista israelí en torno a qué acciones tomar, el 5 de junio de 1967 se llevó a cabo una ofensiva militar sobre la península del Sinaí. Para el 8 de junio, tanto Egipto como Jordania firmaron un cese al fuego, Siria lo hizo el 10. El curso de la guerra se decidió en realidad en unas pocas horas al inicio del conflicto, mediante un golpe decisivo de la aviación israelí que dejó fuera de combate a buena parte de las tropas jordanas y egipcias. El impacto fue brutalmente desmoralizador para los vencidos, una derrota abrumadora y humillante que constituyó un sismo político.

Para algunos historiadores, todavía no se logra comprender por qué Egipto decidió embarcarse en una guerra con Israel, existiendo importantes posibilidades de derrota ante la asimetría militar. Si analizamos lo que expresa Tom Segev (2007), se trató de una mezcla de ambiciones y compromisos. El primer factor estuvo dado por el compromiso egipcio de asistir a Siria, en lo que Nasser se jugaba su prestigio como líder del mundo árabe, sobre todo porque las acciones emprendidas por Israel eran interpretadas como una provocación y humillación, tanto para Siria como para los árabes en general. Para Segev, Nasser inicialmente no quería invadir Israel sino tomar acciones que intimidaran e hicieran retroceder al gobierno israelí. A inicios de mayo las acciones de amedrentamiento no parecieron dar resultado, por lo que se presentaban dos opciones para el gobierno egipcio, atacar el reactor nuclear de Dimona o cerrar el Estrecho de Tirán. 

Por su parte, el gobierno israelí intensificó los preparativos ante un posible ataque egipcio, y se empezó a considerar la teoría de que detrás de los preparativos militares de Nasser se encontraban los intereses de la Unión Soviética, que buscaba atraer a Estados Unidos a otro frente en Medio Oriente. Esa visión, se construye en parte por los informes del Ministro de Relaciones Exteriores, Abba Eban, sobre la posible intervención soviética en Medio Oriente y las conversaciones que mantuvo con el embajador norteamericano Walworth Barbour. Esto nos lleva a otro punto de debate historiográfico: ¿cómo actuaron Estados Unidos y la Unión Soviética ante la guerra de 1967? 

Charles Smith (2012) intenta comprender el posicionamiento de Estados Unidos. En primer lugar, plantea que la administración de Lyndon Johnson estaba más enfocada en la Guerra de Vietnam y las tensiones internas que generaba en Estados Unidos. Por otro lado, el lobby sionista llevaba a cabo una gran presión sobre dicha administración buscando que no se tomaran las mismas decisiones que durante conflicto de Suez en 1956, cuando el entonces presidente Dwight Eisenhower instó a Israel a abandonar sus pretensiones territoriales sobre la península del Sinaí. Además, como analiza Jesse Ferris (2013), para 1965 la relación entre Egipto y Estados Unidos era tensa, principalmente por el involucramiento de Egipto en la crisis de Yemen de 1962, en la que Nasser vio la posibilidad de expandir el panarabismo apoyando a los revolucionarios que dieron un golpe de Estado y declararon la República Árabe de Yemen. No obstante, la administración de Johnson no apoyaba unilateralmente a Israel: semanas antes del inicio de la guerra hubo intercambios entre embajadores de ambos países, en los que se dejaba en claro que Estados Unidos no iba a involucrarse en el conflicto, y que, entendía que su solución debía pasar por las Naciones Unidas, aceptando sólo enviar una flota internacional a solucionar el bloqueo de Tirán. Con el inicio de la guerra: 

“Las noticias sobre los éxitos militares de Israel frente a Egipto fueron recibidas «con entusiasmo» por los líderes del Congreso informados por Johnson. Las victorias israelíes disiparon el temor de que Israel solicitara la intervención de fuerzas estadounidenses y redujeron las probabilidades de un enfrentamiento entre grandes potencias con los soviéticos; la «línea directa» con Moscú se había activado de inmediato. Surgió otro problema cuando Egipto y otros Estados árabes acusaron a Estados Unidos y al Reino Unido de colaborar con Israel en los ataques aéreos iniciales que destruyeron el 90 por ciento de las aeronaves egipcias en tierra” (Smith en Shlaim y Roger Lous, 2012: 180).

Hacía el final de la guerra, aunque el gobierno de Estados Unidos había evadido un involucramiento militar directo, sí sintió la obligación de tomar postura respecto de las aspiraciones territoriales de Israel, que pretendía conservar los territorios conquistados y que ponía a Estados Unidos en una posición incómoda ya que, semanas antes, Johnson en un discurso había planteado como principio mantener la integridad territorial de los Estados. Llegado el 19 de junio y finalizada la guerra, Johnson planteó los lineamientos de la política estadounidense: su administración impulsó la Resolución 242 en la que se plasmaron sus premisas para mantener la paz en Medio Oriente, presentadas como bases de negociación a cargo de una representación especial de las Naciones Unidas para Medio Oriente. Estas premisas eran: 

“i) Retiro de las fuerzas armadas israelíes de los territorios que ocuparon durante el reciente conflicto; ii) Terminación de todas las situaciones de beligerancia o alegaciones de su existencia, y respeto y reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los Estados de la zona y de su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas y libres de amenaza o actos de fuerza ; 2. [Se] Afirma además la necesidad de: a) Garantizar la libertad de navegación por las vías internacionales de navegación de la zona; b) Lograr una solución justa al problema de los refugiados ; e) Garantizar la inviolabilidad territorial e independencia, política de todos los Estados de la zona, adoptando medidas que incluyan la creación de zonas desmilitarizadas…” 

La idea de integridad territorial, que Johnson había anunciado antes de la guerra, pasó a ser un luego del conflicto un concepto relativo, expuesto a la negociación. 

La Unión Soviética, por su parte, aparece como un actor que buscaba contrarrestar la influencia occidental en Medio Oriente. Para países como Siria, por ejemplo, que desde 1960 vivía un aumento gradual de la presión israelí en sus fronteras, la Unión Soviética se presentó como el único aliado posible para presionar a Israel, enfrentar a Estados Unidos y proveerle información de interés a través de los diplomáticos rusos en Israel. Para Moshe Shemesh, los soviéticos aprovecharon el miedo de los sirios para aumentar su influencia: 

Los medios soviéticos sirvieron como portavoz de la información y la propaganda sirias y apoyaron constantemente las posiciones de Siria. Era lógico que los diplomáticos rusos y los medios soviéticos reforzaran la creencia de los sirios en una ‘conspiración imperialista, sionista y reaccionaria’ para preservar y fortalecer su posición en Siria y, sobre todo, para demostrar que la Unión Soviética era la defensora de la causa árabe. Los rusos explotaron al máximo el miedo de los sirios”. (Shemesh, 2008: 167)  

Esto le permitió a la Unión Soviética mantener mayor influencia sobre Siria y el resto de países árabes de la región, manteniendo un canal de propaganda a través de Radio Moscú que se sintonizaba en estos países, y con sus delegados diplomáticos. Para inicios de 1967 la Unión Soviética buscó jugar un rol de apaciguador e intermediario en las negociaciones entre Israel y los Estados árabes. Los soviéticos planteaban que Israel no era el nudo del problema de Medio Oriente, sino que su carácter disruptivo estaba dado por su inclusión en los planes imperialistas de Occidente, respecto del que los países árabes debían albergar mayores preocupaciones. Esta postura cambió luego de la Guerra de los Seis Días, al verse sorprendidos los soviéticos por la derrota de sus aliados árabes, lo que llevó a su involucramiento más pronunciado en la región, apoyando al rearme de Siria y Egipto. Los soviéticos vieron establecieron un paralelismo entre los sucesos de junio de 1967 y la invasión de la Alemania nazi a sus territorios en 1941. Según Isabella Ginor y Gideon Remez para “los políticos y generales que habían sido comandantes o comisarios durante la “Gran Guerra Patria” y los oficiales de rango medio que habían sido jóvenes soldados, el impacto del fiasco egipcio fue evocador y emotivo. Esta comparación reflejó una respuesta soviética casi instintiva de reagruparse y contraatacar” (Ginor y Remez, 2017: 34). La guerra de Yom Kippur de 1973, sería vista por los soviéticos como la continuación de los sucesos de junio de 1967. 

En síntesis, de lo expuesto puede concluirse que la guerra de 1967 fue un punto de inflexión al redefinir el papel de las potencias en los conflictos de Medio Oriente, al reconfigurar el lugar de la región en la dinámica de la Guerra Fría. Los efectos profundamente transformadores de dicho conflicto, sin embargo, no se agotan en la dimensión geoestratégica, ya que la guerra motivó cambios importantes en la sociedad israelí, en la minoría palestina en Israel y en el movimiento nacionalista palestino en el exilio. Estas últimas transformaciones, que llevaron a la hegemonía de Fatah en el campo nacionalista palestino, han sido analizadas en profundidad en otro lugar.



La sociedad israelí frente a la guerra de 1967 y sus consecuencias

Uno de los impactos más evidentes de la guerra de 1967 en Israel fue la sensación de triunfalismo tanto del gobierno como de amplios sectores de la sociedad, que ofreció un poderoso contraste con los años previos al conflicto, signados por las perspectivas sombrías de una crisis económica, aumento del desempleo y las protestas sociales, y una emigración que amenazaba a uno de los grandes símbolos de la etapa formativa del Estado de Israel, el de la gran aliá. El clima de triunfalismo permitió reforzar la idea de una especie de superioridad espiritual, de fortaleza de determinación, que el discurso sionista ya había utilizado para explicar la victoria de 1948. Además, fue revestido del fervor místico de la recuperación de los lugares sagrados de Jerusalén Este. En términos territoriales, como puntualiza Pappé, la guerra “proporcionó a sectores importantes de la elite política israelí una oportunidad sin parangón para llevar a cabo su sueño del Gran Israel” (Pappé, 2024: 262), una idea tradicionalmente vinculada al sionismo revisionista, pero que en la década de 1950 había ganado fuerza entre sectores militares y políticos más diversos, detenidos hasta entonces por el temor a las reacciones de Occidente y los problemas que podría generar la anexión de zonas densamente pobladas por palestinos. Finalizada la guerra, los objetivos de ese Gran Israel se consumaron por la fuerza de los hechos: Israel se hizo con el control de Cisjordania, de la Franja de Gaza y la península del Sinaí arrebatadas al control egipcio y de los Altos del Golán sirios. 

Pero, como afirman Joan Culla y Adrià Fortet, ese momento de auge del proyecto sionista “supone también el inicio de cierto declive cualitativo de aquel proyecto, el comienzo de una crisis en la identidad colectiva de los israelíes, de una pérdida de prestigio internacional paralela a la idealización de la que se benefician sus enemigos” (2024: 286). El giro de la política soviética hacia una más decidida asistencia a los Estados árabes reconfiguró las alianzas en la región, involucrando a su vez también a los Estados Unidos, ya sí, como el gran sostenedor de Israel. La definitiva reconversión del nacionalismo palestino con la hegemonía de Fatah y la mayor independencia de la OLP respecto de sus aliados árabes, transformó lo que se esperaba fuera una derrota definitiva de la causa palestina en un renacimiento del movimiento nacionalista. A pesar de la pretensión de Israel de presentarse como un ocupante “ilustrado” o “benévolo” (como puntualizan Culla y Fortet), la imagen internacional de una potencia regional colonialista sostenida por el imperialismo estadounidense, en buena medida echó por tierra la imagen cultivada de un David frente a Goliat y alentó nuevas solidaridades trasnacionales con el nacionalismo palestino, en las que confluyeron el discurso anticolonialista y el antiamericanismo de Guerra Fría.

Pero en el frente interno, también el nuevo escenario planteó dificultades. Las críticas al proyecto sionista entre una parte de los israelíes judíos se hicieron progresivamente más relevantes, aunque eclosionaron con mayor fuerza en la década de 1980. A su vez, la implementación del dominio sobre una población hostil de más de un millón de palestinos en los territorios ocupados (en adelante TO), impuso desafíos, como se verá más adelante. Pero es preciso detenerse especialmente en los efectos que la guerra de 1967 tuvo sobre la minoría palestina en Israel.

La poderosa influencia del panarabismo nasserista y el creciente descontento de los palestinos israelíes, llevó a una mayor politización de esta minoría (alrededor del 15% de la población), que en 1958 formaron al-Ard, un movimiento constituido mayormente por estudiantes de derecho. Aunque aceptaba la partición como base para una solución del conflicto israelí-palestino, su discurso nasserista y antiimperialista llevó a que el movimiento fuera prohibido por las autoridades israelíes y sus miembros perseguidos, llevados a prisión o forzados al exilio. En paralelo, el resurgimiento del islamismo corrió similar suerte. La única fuerza no ilegalizada que pudo ofrecer una vía para la expresión política de los palestinos israelíes fue el Partido Comunista, que en 1965 sufrió una ruptura en la que se desvincularon muchos de sus afiliados judíos, con lo que el partido se reconfiguró con una mayor identificación con las demandas palestinas, pasando a denominarse Rakah.

Aunque desde 1959, año en que el Ministerio de Justicia elevó un informe contrario a su mantenimiento, el régimen militar al que estaban sometidos los palestinos israelíes fue objeto de crecientes críticas, y que en los años previos a la guerra de 1967 se fueron flexibilizando sus medidas, la situación de esa minoría seguía afectada por sus disposiciones. Los reclamos de los palestinos israelíes se centraban en los procesos de expropiación de tierras y destrucción de hogares en el marco de las políticas de judeización, su postergación en el alcance de los servicios públicos y los planes de infraestructura o vivienda, la discriminación en el empleo, todos factores que acrecentaban la pobreza y marginalidad de dicha población. A esto se sumaba la prohibición de cualquier organización política que no reconociera el carácter judío del Estado de Israel y la falta de autonomía en las instituciones educativas (segregadas de hecho), en las que eran obligados a aceptar una currícula cuyos contenidos eran a menudo poco respetuosos de la lengua y cultura árabe, y que le imponía el ritual nacionalista y la memoria histórica sionista oficial.

Si el auge del panarabismo y el descontento posterior a 1956 fue un hito que influyó en la creciente politización de los palestinos israelíes, la guerra de 1967 constituyó un punto de inflexión. Aunque el régimen militar fue abolido en ese año (pasando a ser el instrumento para el control de la población palestina de los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza), se mantuvo la segregación territorial y en los servicios públicos. Las respuestas políticas de los palestinos israelíes ante esta situación se modificaron.

Según Ilan Pappé (2017) el ocaso del panarabismo a nivel regional llevó a que la acción política de los palestinos israelíes se concentrara mucho más en una perspectiva localista. El crecimiento en términos de organización política llevó, en 1975, a un hito muy importante con la victoria de Tawfiq Zayyad en las elecciones municipales de Nazareth, que motivó una nueva oleada de confiscaciones por parte del gobierno israelí. En paralelo, y sobre todo tras el golpe que supuso la guerra de 1973 en la sociedad israelí, el discurso antipalestino de la derecha judía y la base social del Likud incrementaron el clima de confrontación, con manifestaciones de violencia social contra la minoría palestina. Un movimiento importante en la instigación de esas campañas de hostigamiento a la población palestina y la capitalización política del discurso de odio fue el Kach, liderado por Meir Kahana y formado en 1978.

En esta coyuntura, la respuesta palestina fue mucho más enérgica que en años anteriores. En Nazareth se formó, en buena medida a partir de la movilización de los comunistas, el Comité para la Defensa de la Tierra, dirigido por el poeta y alcalde de la ciudad por el Rakah, Tawfiq Zayyad. Este comité, en respuesta a la política de confiscaciones de tierras del gobierno, organizó protestas en todas las ciudades del país con importante presencia árabe el 30 de marzo de 1976, que a partir de ese momento se conoce y conmemora como el Día de la Tierra. El gobierno declaró ilegales las movilizaciones y desplegó al ejército y la policía, cuya presencia fue respondida con piedras y cócteles molotov: las fuerzas de seguridad reprimieron incluso con el uso de munición letal.

En los años siguientes la politización y organización de los palestinos israelíes llevó a nuevos hitos importantes. En 1982 se formó el Comité Supremo de Seguimiento, con amplia representación de diferentes sectores de la comunidad palestina y un alcance nacional, que a su vez creó subcomités para lidiar con diferentes áreas (educación, salud, agricultura, servicios sociales). Al mismo tiempo creció la movilización estudiantil de los palestinos y también se formaron escuadrones clandestinos islamistas que tuvieron en Abdullah Nimar Darwish a uno de sus principales líderes.

Otro efecto importante de la guerra de 1967 fue la redefinición del vínculo entre los palestinos israelíes y los habitantes de los TO de Gaza y Cisjordania. En 1968 comenzaron a autorizarse viajes entre Israel y los TO, lo que permitió la reunificación de familias y un más estrecho contacto entre ambas poblaciones. El Día de la Tierra de 1976 motivó movilizaciones de solidaridad también en los TO, donde se siguió conmemorando esa fecha en los años posteriores. Pappé analiza como este vínculo no estuvo exento de tensiones: si implicó reconocer en algunos aspectos cierta unidad de propósito (resistencia a las expropiaciones, a la segregación) y establecer un renovado vínculo con las organizaciones palestinas integradas en la OLP, también evidenció que ambas poblaciones tenían distintas agendas políticas, ya que para los palestinos de los TO la prioridad era resistir a la ocupación, mientras que para los palestinos israelíes las demandas estaban centradas en la igualdad de derechos. Las diferencias culturales entre ambas poblaciones y la competencia por el empleo entre los palestinos israelíes y la mano de obra reclutada por las empresas israelíes en los TO, agregaron factores de tensión.



Los territorios ocupados y la anexión sigilosa

Como fue mencionado, la victoria de 1967 fue percibida inicialmente por gran parte de la sociedad israelí como un acontecimiento histórico y casi providencial. El Estado de Israel, que había enfrentado una profunda sensación de vulnerabilidad durante las semanas previas al conflicto, emergió como la principal potencia militar de Oriente Medio. Como explica Benny Morris, Israel pasó a ser vista por Occidente como una potencia militar, lo que generó una reconfiguración en todo Medio Oriente. El triunfo militar generó un nuevo dilema político y moral: qué hacer con los aproximadamente un millón de palestinos que pasaron a vivir bajo ocupación israelí. La dirigencia política israelí evitó adoptar una decisión definitiva sobre el futuro de estos territorios, inaugurando una situación provisional que, con el tiempo, se transformó en una ocupación permanente. Los habitantes de los TO fueron incorporados plenamente a la economía israelí en una relación subalterna, como mano de obra barata y mercado cautivo, pero al no anexionarse formalmente los territorios no fueron incorporados como ciudadanos (temiendo que esto supusiera un golpe demográfico que pusiera en riesgo el carácter judío del Estado de Israel) y por lo tanto vieron recortados sus derechos civiles bajo un régimen militar y legislación de excepción.

Durante los primeros años posteriores a la guerra, los gobiernos dirigidos por el laborista Mapai mantuvieron una posición ambigua respecto a los TO. Mientras algunos dirigentes consideraban la posibilidad de negociar devoluciones territoriales a cambio de acuerdos de paz, otros comenzaron a impulsar el establecimiento de asentamientos civiles y militares en zonas estratégicas. Particularmente significativa fue la anexión de Jerusalén Este en 1967, considerada por numerosos historiadores como el primer paso concreto hacia una política de incorporación territorial permanente, que se consolidó en 1980 cuando el gobierno de Menajem Begin (Likud) declaró a Jerusalén capital indivisible de Israel. Con todo hasta el advenimiento de los gobiernos del Likud en 1977, el crecimiento de los asentamientos en los TO fue limitado.

Ilan Pappé utiliza el concepto de “anexión sigilosa” para denominar el doble proceso de incorporación económica y progresiva expansión territorial a través de asentamientos de colonos. La situación posterior a 1967, a su vez, ha sido considerada el paroxismo de la política de “colonialismo de asentamiento”.

El “colonialismo de asentamiento”, categoría crecientemente utilizada para analizar la situación en Palestina/Israel, es definido por Elia Zureik como colonialismo que se diferencia del colonialismo tradicional debido a que:

“implica la ocupación efectiva y el establecimiento permanente en un país o territorio, tal como ocurrió en Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y las Américas, entre otros lugares. Por lo general, una metrópoli proporciona protección y respaldo. Estos proyectos de colonialismo de asentamiento a gran escala han conllevado el desplazamiento, la subyugación y, en ocasiones, el exterminio de la población indígena, la cual ha pasado de ser mayoría a minoría —si no en términos numéricos, sí en lo que respecta a las relaciones de poder—” (Zureik, 2016: 51) 

Para algunos académicos como Zureik este método de colonialismo de asentamiento conlleva la aplicación de un lento proceso en el que se reconfiguran las fronteras y los entramados sociales en aquellos espacios en los que se instala un nuevo asentamiento. Aunque el colonialismo de asentamiento israelí es un proyecto secular, cada vez se “expresa más en términos de seguridad, redención de tierras e invocaciones religiosas” (Zureik: 89). Morris, argumenta que la guerra de 1967 y la victoria por parte de Israel, fue vista por los judíos como un milagro, el inicio de la redención y, por ende, mantener esos territorios constituía un mandato divino (Morris, 2001: 331). En este contexto se fortaleció el movimiento del sionismo religioso, influido por las ideas del rabino Abraham Isaac Kook y posteriormente desarrolladas por su hijo, el rabino Zvi Yehuda Kook. Para estos sectores, la conquista de Judea y Samaria —denominación bíblica utilizada para referirse a Cisjordania— representaba el cumplimiento de una misión histórica y religiosa. La creación del movimiento de colonos Gush Emunim en 1974 impulsó activamente la expansión de asentamientos judíos en los territorios ocupados, estableciendo las bases ideológicas de la política territorial israelí de las décadas posteriores.

Aunque mayormente el fenómeno ha sido visto de forma crítica, para otros historiadores como Efraim Karsh, la instalación de estos asentamientos se dio de forma natural y ha traído consigo un beneficio, tanto para la población judía como para la palestina. Este autor reniega de la visión del fenómeno propia de los “nuevos historiadores” y argumenta:

[Es] una ironía histórica que, desde finales de la década de 1980, gran parte de la historiografía palestina haya sido escrita por los «nuevos historiadores» israelíes señalados por Khalidi —académicos y periodistas más jóvenes y políticamente comprometidos que afirman haber descubierto pruebas de archivo que corroboran los argumentos contra Israel—. Estos historiadores politizados han dado la vuelta a la saga del nacimiento de Israel, transformando a los agresores en víctimas desvalidas y viceversa. En estos relatos revisionistas rara vez se mencionan el compromiso manifiesto de los árabes con la destrucción de la causa nacional judía, los esfuerzos árabes sostenidos y reiterados por lograr ese objetivo desde principios de la década de 1920 en adelante, y los esfuerzos —no menos constantes— de los judíos por lograr una coexistencia pacífica. El sionismo aparece, en cambio, como «una ideología y un movimiento colonizadores y expansionistas» (en palabras representativas de uno de estos «nuevos historiadores»), [referencia directa a Benny Morris] una ramificación del imperialismo europeo en su faceta más rapaz”. (Karsh, 2010: 4) 

Al igual que la expulsión de los palestinos en la guerra de 1948, la conceptualización de la política territorial israelí e incluso el sionismo como proyecto nacionalista en términos de colonialismo, está en el centro de los debates entre los “nuevos historiadores” y sus detractores en Israel. Los conceptos de “transferencia”, desplazamiento forzoso o limpieza étnica, junto con el de colonialismo de asentamiento, son centrales en esa polémica.




Bibliografía: 

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Karsh, Efraim (2010), Palestine Betrayed, Londres: Yale University Press. 

Morris, Benny (1993), Israel’s border wars, 1949-1956. Arab Infiltration, Israeli Retaliation, and the Countdown to the Suez War, Nueva York: Oxford University Press.

Morris, Benny (2001), Righteous Victims. A History of the Zionist-Arab Conflict, 1881-2001, Nueva York: Vintage Books. 

Segev, Tom (2007), 1967. Israel, the War, and the Year That Transformed the Middle East, Estados Unidos: Metropolitan Books. 

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Shemesh, Moshe (2008), Palestinian nationalism and the Six Day War. The crystallization of Arab strategy and Nasir’s descent to war, 157-1967, Brighton: Sussex Academic Press.

Shlaim, Avi (2003), El muro de hierro: Israel y el mundo árabe, Granada: Almed.

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Zureik, Elia (2016), Israel´s Colonial Proyect, Nueva York: Routledge. 

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