La partición de Palestina, la guerra árabe-israelí de 1948 y la nakba constituyen uno de los procesos históricos más trascendentes y controvertidos del siglo XX en Medio Oriente. Estos acontecimientos marcaron el fin del Mandato Británico sobre Palestina, la creación del Estado de Israel y el desplazamiento masivo de la población árabe palestina, configurando un conflicto cuyas consecuencias continúan influyendo en la política regional e internacional hasta la actualidad.
Durante las primeras décadas del siglo XX, Palestina formó parte del sistema de mandatos establecido por la Sociedad de Naciones tras la disolución del Imperio Otomano. El Mandato Británico de Palestina le daba al imperio una conexión directa entre los puertos del Mediterráneo y la joya de la corona, la India Británica. Luego de la Segunda Guerra Mundial, y tras el proceso de descolonización y la independencia de la India, una Palestina sacudida por la resistencia árabe y judía pasó a ser una, en cierta medida, una carga. Para 1945 Gran Bretaña tenía en Palestina un aproximado de 100.000 soldados para mantener el orden, además, tenía que hacerle frente a una economía empobrecida por la guerra y a la amenaza que representaba la Unión Soviética para sus intereses. Por eso, luego de las elecciones de 1945, en las que ganó el laborista Clement Attlee, la estrategia cambió: se prefirió seguir con una política que mantuviera el statu quo, para no generar resquemores en los Estados árabes que pudieran provocar un acercamiento a la Unión Soviética. Entre de las medidas tomadas se contaba la limitación a la inmigración de judíos, lo que causó discrepancias entre el gobierno británico y el estadounidense que esperaba la recolocación de población judía de Europa Occidental y Central en Palestina en una búsqueda por resolver el tema de los refugiados (los llamados en las fuentes aliadas y de las Naciones Unidas “DP”, personas desplazadas) tras la guerra.
Pasados un año del fin de la guerra la situación se volvió aún más compleja por varias razones. Por un lado, el genocidio nazi contra los judíos europeos generó una fuerte presión internacional a favor de la búsqueda de un refugio para los sobrevivientes. Aunque hay una discusión sobre el impacto real que tuvo la imagen del holocausto sobre la causa sionista, lo que se puede afirmar es que sí fue un argumento esgrimido por simpatizantes del Estado judío durante las discusiones del UNSCOP (el Comité Especial para Palestina creado por las Naciones Unidas). John Culla parafrasea estos argumentos en su libro en estos términos:
“¿quién osará negar que los judíos precisan la protección y la seguridad de un Estado propio, puesto que ser ciudadanos belgas, alemanes, franceses o checos no les ha garantizado ni siquiera el derecho a la vida? ¿Quién rehusará a las decenas de miles de supervivientes que, catalogados como D.P. (Displaced Persons), vagan dispersos por la Europa devastada de la posguerra, el derecho a un Estado refugio donde puedan rehacer sus vidas? ¿Hacia qué otro lugar se les puede encaminar, si ni los Estados Unidos ni el Imperio británico quieren recibirlos, si en los lugares de procedencia no les quedan nada ni nadie, si en Polonia -pogromos de Rzeszow, de Cracovia, de Kielce…- la violencia antisemita parece resuelta a completar en 1945-1946 la tarea asesina de Hitler? El impacto emocional y moral del Holocausto sobre las opiniones públicas y los gobiernos del Occidente europeo, de América, Australia o Sudáfrica, así como la empatía con las víctimas, serán durante el trienio 1945-1948 un factor político de primera importancia”. (Culla, 2009: 199)
En contraposición, el nacionalismo palestino, representado por el Alto Comité Ejecutivo reconstituido en 1946, se encontraba estigmatizado en la esfera internacional debido a los vínculos de algunos de sus miembros con representantes nazis, sobre todo del gran muftí Amin al-Husseini. Esto provocó que la causa palestina se apoyará en los Estados de la Liga Árabe (creada en 1945) como plataforma internacional para lograr la concreción de un Estado árabe único en Palestina, sin contar con otros apoyos internacionales notables. Esto inició un proceso de sometimiento de la causa palestina a los intereses de los Estados de la Liga Árabe, que a menudo no coincidían con los del nacionalismo palestino.
Simultáneamente, se llevó a cabo una resistencia por parte de organizaciones sionistas armadas (principalmente la Haganá, dominada por el sionismo socialista, y el Irgun y Lehi, representantes de la derecha sionista) contra la administración británica, que derivó en varios enfrentamientos y ataques, como el atentado con una bomba perpetrado contra el hotel King David, sede de la administración británica en Palestina. Dicho clima de hostilidad fue creciendo conforme pasaba el tiempo y el gobierno británico no concretaba una estrategia para Palestina. Este hostigamiento y la incapacidad de generar una solución política aceptable para las comunidades en el territorio, llevó a la decisión del gobierno británico de trasladar la cuestión palestina a las Naciones Unidas en 1947. Para este caso se creó el Comité Especial (UNSCOP por su sigla en inglés) integrado por 11 miembros que intentó ser representativa geográficamente: Australia, Canadá, Suecia, Países Bajos, Checoslovaquia, Yugoslavia, India, Irán, Perú, Guatemala y Uruguay. El UNSCOP realizó una visita a Medio Oriente con el fin de recabar información y testimonios. Primero visitó Palestina, donde fueron recibidos con recelo por parte de los árabes, en especial los seguidores del muftí quienes intentaron boicotear sus actividades. Por el otro lado, los sionistas, lo vieron como una oportunidad para ganar apoyos internacionales y legitimar sus aspiraciones ante la nueva institución multilateral, para lo que asignaron a un representante de la Agencia Judía, Abba Eban que proveyó a los delegados de informes favorables a la creación de un Estado judío y mostrando acuerdo con la partición del territorio. Diversas organizaciones sionistas enviaron delegaciones a las sesiones del UNSCOP, logrando que la postura del nacionalismo judío se viera sobrerrepresentada en el comité. Durante su visita a Palestina los miembros del UNSCOP mantuvieron incluso una reunión secreta con Menajem Begin, líder del Irgun, que se encontraba en la clandestinidad, perseguido por las autoridades británicas, en una decisión polémica. Luego de su estadía en Palestina, se trasladaron al Líbano donde mantuvieron reuniones con representantes de los Estados árabes, quienes creían necesario participar de las discusiones de la comisión y exponer su rechazo a la partición. Esto muestra el distanciamiento de la estrategia de la Liga Árabe y el muftí Husseini, quien había llamado al boicot al UNSCOP. En agosto de 1947 una subcomisión del UNSCOP visitó los campos de desplazados judíos en Europa: los árabes se oponían a esto, dado que implicaba vincular el problema de los desplazados, las “culpas europeas” respecto del nazismo, con el asunto de Palestina. Esta decisión anticipó la inclinación prosionista del comité.
Para el 31 de agosto de 1947, el UNSCOP ya contaba con un plan mayoritario (apoyado por 8 de los 11 miembros) de partición para Palestina. Un plan en minoría para una unión federal con capital en Jerusalén también fue presentado. El plan de mayoría establecía, con el apoyo de Uruguay, Canadá, Guatemala, Países Bajos, Checoslovaquia, Perú y Suecia la partición en dos Estados, uno árabe y otro judío, con la ciudad de Jerusalén bajo tutela internacional.
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó el 29 de noviembre de 1947 la Resolución 181, conocida como el Plan de Partición de Palestina.
El plan otorgaba aproximadamente el 55% del territorio al futuro Estado judío y cerca del 45% al Estado árabe, a pesar de que los judíos representaban aproximadamente un tercio de la población total y poseían una proporción menor de las tierras. La dirigencia sionista aceptó la partición, aunque con reservas respecto a las fronteras propuestas. Para gran parte del liderazgo sionista, el plan representaba una oportunidad histórica para alcanzar la soberanía estatal y obtener reconocimiento internacional. Por el contrario, los dirigentes árabes palestinos y los Estados árabes rechazaron la resolución, argumentando que violaba el principio de autodeterminación de la mayoría árabe de la población y que implicaba una distribución territorial injusta.
La aprobación de la partición desencadenó inmediatamente una guerra civil entre las comunidades judía y árabe dentro de Palestina. Entre diciembre de 1947 y mayo de 1948 se desarrolló una intensa lucha por el control de carreteras, ciudades y zonas estratégicas. Ya en ese momento se produjo un primer exilio palestino, a menudo reiterando el patrón de 1936-1939, en el que las familias con capacidad económica se refugiaban fuera del territorio esperando el fin del conflicto para retornar. Durante esta etapa, las fuerzas judías organizadas, principalmente la Haganá, lograron consolidar una ventaja militar creciente frente a las fuerzas palestinas, que carecían de una estructura de mando unificada. La movilización palestina fue espontánea y desarrollada a nivel local, sin un mando unificado claro. Las fuerzas que seguían el liderazgo de la familia Husseini a menudo entraron en tensión con los voluntarios provenientes de los países árabes vecinos, que formaron el Ejército Árabe de Liberación. Entre diciembre de 1947 y abril de 1948 las acciones militares judías se intensificaron y se produjeron algunos hitos importantes de expulsión de población palestina, entre los que se destacó la masacre de Deir Yassin en abril.
El 14 de mayo de 1948, pocas horas antes de la finalización oficial del Mandato Británico, David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel. Las masacres de abril y el retiro británico marcaron el inicio de una nueva etapa de la lucha. Al día siguiente de la finalización del Mandato, los ejércitos de Egipto, Transjordania, Siria, Líbano e Irak intervinieron militarmente, dando inicio a la fase internacional de la guerra. La guerra de 1948 se desarrolló en varias etapas y concluyó con una victoria israelí. Las Fuerzas de Defensa de Israel, creadas a partir de la unificación de las principales organizaciones militares judías, lograron resistir la invasión inicial y posteriormente lanzar ofensivas que ampliaron el territorio bajo su control. Al finalizar el conflicto, Israel controlaba aproximadamente el 78% de la Palestina mandataria, una extensión considerablemente mayor que la prevista por el Plan de Partición de la ONU.
Para algunos autores como Khalidi, la derrota palestina se debe a varios factores, de los cuales la mayoría se vinculan a la capacidad organizativa y el apoyo internacional. Identifica un contraste entre el mandato de Palestina y el resto de países de Medio Oriente. Por ejemplo en Egipto, también sometido a ocupación británica los egipcios habían logrado controlar las instituciones estatales y lograr una unificación de su causa por la independencia a través de la lucha militar, aprovechando la debilidad británica luego de la guerra. Los palestinos no lograron generar una base fuerte y su dirigencia se encontró fragmentada. Por otro lado, la yishuv si logró crear varias entidades paraestatales que la fortalecieron y le proporcionaron una ventaja cuando se puso fin al mandato. También hace hincapié en la derrota que sufrió el nacionalismo palestino en la revuelta de 1936-1939 lo que dejó al movimiento más fragmentado, con parte de su organización dispersa y con recursos humanos y económicos diezmados:
“Así se manifestaron las divisiones en la sociedad palestina, entre facciones urbanas, clanes rurales y líderes individuales, desde comandantes de bandas armadas rurales hasta notables urbanos. La táctica del muftí, de tratar como traidores a quienes no estaban de acuerdo con él, lo que en el apogeo de la revuelta a menudo significaba una sentencia de muerte, causó un gran sufrimiento y dividió aún más a una sociedad palestina ya fragmentada. En última instancia, esto fue una receta para una derrota aplastante, dado que los palestinos habrían necesitado estar muy unidos para resistir el poder de un creciente movimiento sionista, y un Imperio británico que no se había retirado de una posesión colonial en generaciones”. (Khalidi, 2008: 28)
Debido a estos factores, al apoyo internacional a la causa sionista y la vacilante actitud de los Estados árabes los palestinos perdieron la guerra. La actitud de las potencias mundiales también generó controversias en el campo de la historiografía ya que algunos autores plantean que tanto la actitud de Estados Unidos como de Gran Bretaña no siempre fue de un apoyo absoluto con Israel. También, entró en escena la Unión Soviética con un posicionamiento que en el momento sorprendió a algunos sectores tanto del sionismo como del nacionalismo palestino. Laurent Rucker analiza este hecho, sostiene que el apoyo no fue ideológico hacia el sionismo, sino una decisión pragmática de política exterior en el contexto del inicio de la Guerra Fría. El autor explica que Stalin y la diplomacia soviética vieron en el sionismo socialista y en la posible creación de Israel una oportunidad estratégica para debilitar la influencia británica en Medio Oriente. Vio, según este autor, una oportunidad en las contradicciones estadounidenses y británicas: “el fortalecimiento de la posición estadounidense en Oriente Próximo significaba el surgimiento de una nueva amenaza para la seguridad de las regiones del sur de la Unión Soviética. A pesar de este peligro, estas «contradicciones» angloamericanas crearon una oportunidad para que Moscú volviera a entrar en el juego de Oriente Medio” (Rucker, 2005: 11). En ese marco, la Unión Soviética apoyó la resolución de partición de las Naciones Unidas en 1947 y permitió, de forma indirecta, el suministro de armas provenientes del bloque del Este que fueron importantes para la supervivencia militar israelí en la guerra de 1948. Rucker también muestra cómo este alineamiento fue breve y circunstancial. La relación comenzó a deteriorarse rápidamente a partir de 1949, cuando Israel se inclinó hacia Occidente y Estados Unidos. A partir de ese giro, la URSS cambió progresivamente su postura y pasó a apoyar más tarde a los países árabes en el conflicto. Por otro lado, Estados Unidos mantuvo una postura que varió durante el período de discusión en la UNSCOP sobre Palestina. El presidente Truman, para marzo de 1947, apoyaba la idea de una Palestina unificada bajo un mismo Estado, incluso cuando se dio a conocer la propuesta elaborada por la UNSCOP, Estados Unidos buscó evitarla y encontrar otra solución. Debido a esto se ejerció por parte del lobby sionista una gran presión sobre la administración estadounidense (algo que también se daba en otros países), logrando así que, para el 11 de octubre de 1947, el apoyo de Estados Unidos al plan de partición. Dos días después la Unión Soviética hizo lo mismo. Muy parecida fue la posición de Gran Bretaña durante el mandato, que osciló entre el apoyo al nacionalismo palestino y a la causa sionista. A su vez, el desgaste de la Segunda Guerra Mundial llevó a que Palestina fuera más una carga que un territorio codiciado por la administración británica.
Según el historiador Michael Cohen:
“Gran Bretaña se abstuvo en la votación, con la esperanza de que el mundo árabe no la responsabilizará. El Ministerio de Asuntos Exteriores observó con satisfacción que los árabes creían, con cierta justificación, que los estadounidenses eran responsables de la votación de partición de la ONU. Una vez convencidos de que no era posible una solución de compromiso aceptable para árabes, judíos y estadounidenses, los británicos decidieron retirarse de Palestina lo antes posible. El 11 de noviembre, el Jefe del Estado Mayor informó al Gabinete de que la retirada militar de Palestina podría completarse el 1 de agosto de 1948. Dos días después, Sir Alexander Cadogan, representante británico ante la ONU, transmitió esta información al comité pertinente de la ONU. La administración civil, encabezada por el Alto Comisionado, abandonaría Palestina el 14 de mayo, dejando una pequeña fuerza para completar la retirada de los depósitos militares. La estrategia británica consistía en retirarse con el menor número posible de bajas británicas, sin ser culpada por los árabes de haber contribuido al establecimiento de un Estado judío en Palestina”. (Cohen, 2014: 480)
Trascendiendo el plano meramente diplomático en la búsqueda de una explicación del porqué de la victoria sionista, Avi Shlaim muestra como un factor importante la asimetría militar, desfavorable a los árabes, y desmitifica la idea de un frente árabe sin fracturas, del enfrentamiento entre David (Israel) y Goliat (la alianza árabe). Sobre mediados de 1948 las tropas árabes rondaban un total de 25.000 mientras que las judías los 35.000 llegando a 90.000 en diciembre de 1948. Esto se explica en parte porque los Estados árabes no enviaron al grueso de sus ejércitos, sino a fuerzas expedicionarias que no tenían un mando en común y su planificación fue deficiente.
Otro factor fue la relación entre Israel y el entonces reino hachemita de Transjordania. A diferencia de Egipto, Siria, Irak o el Líbano, los objetivos de Transjordania no consistían necesariamente en destruir al naciente Estado de Israel y apoyar la formación de un Estado árabe, si no en expandir su propio territorio mediante la incorporación de las zonas árabes de Palestina. Desde antes de la proclamación del Estado de Israel, el rey Abdullah I mantuvo contactos indirectos e incluso negociaciones secretas con dirigentes sionistas. Ambos actores comprendían que tenían intereses parcialmente convergentes. Estas conversaciones han dado origen a un amplio debate historiográfico sobre la llamada «colusión» jordano-sionista: mientras historiadores como Avi Shlaim (1988) sostienen que ese acuerdo existió, otros como Efraim Karsh (2003) lo niegan de forma rotunda.
Cuando estalló la guerra la principal fuerza militar de Transjordania era la Legión Árabe, considerada el ejército más poderoso del mundo árabe, entrenado, financiado y dirigido por oficiales británicos, especialmente por el general británico John Bagot Glubb. La estrategia jordana se concentró principalmente en Jerusalén y Cisjordania, evitando penetrar profundamente en las áreas asignadas al Estado judío por el plan de partición. En general, las operaciones jordanas se limitaron a los territorios destinados al futuro Estado árabe palestino y a Jerusalén. Esto alimentó las sospechas de otros gobiernos árabes y de los líderes palestinos, quienes acusaron a Abdullah de perseguir intereses dinásticos propios antes que comprometerse con la causa palestina, esto es, asegurar el territorio que buscaba anexionarse. Según Rogan y Shlaim:
“La Legión Árabe Jordana tenía muchos más motivos para quejarse de las vacilaciones de la Liga Árabe que la Liga de los objetivos de Transjordania en la guerra. Cabe recordar que la Legión Árabe no tenía intención de librar una guerra en Palestina, sino de ocupar la zona central y más extensa de Palestina asignada a los árabes por la partición de 1947. Esta entrada pacífica se vio frustrada por la decisión de la Liga Árabe, dos días antes del fin del mandato, de enviar a Palestina, junto con la Legión Árabe, a los ejércitos de Egipto, Irak, Siria y Líbano. Si bien el tamaño, el equipamiento y la disciplina de la Legión la hacían idónea para una misión de mantenimiento de la paz, sus 6000 soldados en mayo de 1948 eran insuficientes para derrotar a Jordania y a los aproximadamente 35 000 soldados judíos, tanto regulares como irregulares, en una guerra total. Tampoco los estados árabes aportaron suficientes tropas para inclinar la balanza a su favor: 10 000 soldados egipcios, 3000 sirios, 3000 iraquíes y 1000 libaneses, además de los 4500 legionarios, lo que sumaba un total estimado de 21 500 soldados árabes en mayo de 1948”. (Rogan y Shlaim, 2008: 111-112)
Desde la perspectiva israelí, Jordania fue simultáneamente el enemigo militar más peligroso y el interlocutor árabe más pragmático con el que negociar. Esta combinación de enfrentamiento militar y contactos políticos diferenciaba la relación israelo-jordana de la existente con Egipto o Siria. Historiadores como Simha Flapan, en su crítica a los mitos fundacionales del Estado de Israel, además de dar cuenta de la superioridad militar de las fuerzas judíos, llega a afirmar que fue la colaboración jordana el factor decisivo en la victoria sionista. El autor considera, incluso, que el principal móvil de los Estados árabes para iniciar la invasión de Palestina en mayo de 1948 fueron las disputas entre sí, más que el objetivo de destruir Israel.
A modo de síntesis, varios factores fueron los que precipitaron en la victoria israelí, los armisticios firmados en 1949 establecieron nuevas líneas de demarcación conocidas como la Línea Verde. La Franja de Gaza quedó bajo administración egipcia, mientras que Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental, fue ocupada y posteriormente anexada por Jordania. Como resultado, el Estado árabe palestino previsto por la Resolución 181 nunca llegó a establecerse.
La nakba
La nakba, término árabe que significa “catástrofe”, constituye la denominación palestina de los acontecimientos de 1947-1949. Hace referencia principalmente al desplazamiento masivo de la población árabe palestina y a la destrucción de gran parte de su estructura social, económica y política.
Se estima que entre 700.000 y 750.000 palestinos fueron expulsados o huyeron de sus hogares durante la guerra. Además, centenares de aldeas palestinas fueron despobladas, destruidas o incorporadas al nuevo Estado israelí. En contraste, desde la perspectiva israelí, la guerra de 1948 es conocida como la Guerra de Independencia y representa la culminación del proyecto sionista de construcción nacional. Para gran parte de la memoria colectiva israelí, el conflicto simboliza la supervivencia del nuevo Estado frente a la amenaza de destrucción por parte de los países árabes vecinos.
Para analizar este suceso es necesario abordar algunos conceptos y discusiones historiográficas que mantienen gran actualidad. En primer lugar, la controversia sobre el concepto de “transferencia” en el pensamiento sionista, que implica afirmar que el desplazamiento forzoso de población o la “limpieza étnica” formaba parte de la ideología sionista desde mucho antes de 1948 y que por ende la expulsión respondió a un plan premeditado. Nur Masalha define la transferencia como la idea central del sionismo para resolver el problema de la presencia de una mayoría (o una minoría numerosa que amenazara la viabilidad del Estado judío) árabe en el territorio. Las soluciones concretas para llevar adelante esa transferencia fueron variando desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, pero, la cúspide fue la implementación de lo que se llamó el “Plan D” o “Plan Dalet” durante la guerra de 1948:
“Los principios políticos y estratégicos del plan estipulaban la ampliación del Estado judío más allá de los límites de la partición. (…) las aldeas dentro del Estado judío que se resistieran «debían ser destruidas… y sus habitantes expulsados más allá de las fronteras del Estado judío». Entretanto, «los residentes palestinos de las zonas urbanas que dominan el ingreso o el egreso de los pueblos, deben ser expulsados más allá de las fronteras del Estado judío en el caso de que se resistan». El plan también contenía detalladas previsiones para la conquista de los pueblos árabes y «la expulsión de la población» de esas vecindades que estaban a horcajadas sobre las rutas de tránsito: «ocupación y control de todas las vecindades árabes aisladas, en especial aquellas que controlan las rutas de salida y entrada de la ciudad… En caso de resistencia, la población será expulsada hasta el área del centro municipal árabe». Otra cláusula del plan disponía el «rodeo del área municipal árabe central y su aislamiento de las rutas de transporte externas, así como el cese de sus servicios vitales (agua, electricidad, combustible, etc.), hasta donde sea роsible»”. (Masalha, 2008: 172)
A menudo es citada como prueba de la premeditación de esa estrategia la reiteración de operaciones militares que implicaban rodear aldeas palestinas por tres frentes, dejando un punto cardinal libre con el objetivo de estimular la huida de la población ante la amenaza o la concreción de bombardeos. Luego de tomada la posición se solía proceder a la destrucción de edificios.
Para el final de la guerra, el Estado judío paso de tener el 55% del territorio de Palestina dado por el plan de partición a obtener el 77%, y la población árabe pasó a representar una minoría del 17%.
Otros autores, como Benny Morris, consideran que no hubo un plan premeditado de expulsión de palestinos, sino que la migración se debió a una combinación de diversos factores. La postura del autor respecto de este proceso fue variando desde sus primeras publicaciones en los años ochenta hasta la actualidad, aunque nunca entendió la “transferencia” como una noción consustancial al sionismo. Actualmente, el autor plantea que se debió, por un lado, a la expulsión por las fuerzas judías en espacios y episodios concretos, al temor de la población civil por la intensificación de la guerra, dados los crecientes enfrentamientos militares en las aldeas, por la creencia de que estarían más seguros fuera de las zonas controladas por las tropas judías y por las propias deficiencias del comando árabe de imponer una línea de acción entre los suyos. Lejos de entender el concepto de transferencia como una idea central del pensamiento sionista en la larga duración, afirma:
“El pensamiento improvisado sobre la transferencia antes de 1937 y el virtual consenso en apoyo de la idea a partir de 1937 contribuyeron a lo que sucedió en 1948, en el sentido de que condicionaron a la dirección sionista, y por debajo de ella, a los funcionarios y oficiales que administraban las agencias civiles y militares del nuevo Estado, para la transferencia que tuvo lugar. En mayor o menor medida, todos estos hombres llegaron a 1948, en gran parte debido a la continua violencia árabe antisionista que se desarrollaba en el contexto de la creciente persecución de la diáspora judía en Europa central y oriental, con una mentalidad abierta a la idea y la implementación de la transferencia y la expulsión. Y la transferencia que se produjo —que prácticamente no encontró oposición seria por parte del Yishuv— se desarrolló sin problemas en gran medida gracias a este condicionamiento previo, aunque también porque todos o casi todos llegaron a comprender, después de que los árabes de Palestina iniciaran la guerra y después de que los estados árabes invadieran Palestina, que esa transferencia era lo que la supervivencia y el futuro bienestar del estado judío exigían”. (Morris, 2008: 48)
Otros sectores del sionismo, además de justificar la transferencia de la población judía a territorios árabes por variadas razones, también entendían y explicaban que la mayoría de los palestinos se fueron de sus hogares porque fueron llamados por sus líderes para luchar en conjunto contra el nuevo Estado judío, por lo tanto, según esa visión, el traslado fue voluntario. Esta idea es reactualizada por la obra de historiadores como Efraim Karsh (2003, cap. 8), en directa polémica con los “nuevos historiadores” a los que no duda en calificar como “charlatanes”. Esta noción se complementa con la idea del “Estado asediado” que desarrolla la narrativa sionista, y que presenta a Israel enfrentado a una poderosa coalición de países árabes, intransigente en su deseo de eliminar el Estado judío, en una lucha constante por la supervivencia. Ese concepto es abonado, con matices, por autores como Efaim Karsh, Anita Shapira o Yoav Gelber. Este último, abona la idea de un “pequeño yishuv” enfrentado a una amenaza mayor, y explica la derrota árabe por el atraso y desorganización de la sociedad palestina –cuya población civil huyó sin ser expulsada, a entender del autor–, y por la división de los Estados árabes. Gelber niega cualquier “colusión” israelí-jordana y sostiene que si alguien conspiró contra la causa panárabe con los jordanos esos fueron los británicos.
Además, aunque reconoce la debilidad del nacionalismo palestino luego de la revuelta de 1936-1939 y su liderazgo dividido, plantea que esto fue compensado por la fuerza que tenían los Estado árabes. Por otro lado, Shapira relativiza esa unión. Explica que los Estados árabes no estaban totalmente decididos a entrar en una guerra con Israel, y que fue la presión de la opinión pública luego de los primeros enfrentamientos entre palestinos y judíos lo que los llevó a tomar esa decisión. A su vez, las dificultades para unificar a los ejércitos de seis países bajo un comando común, y las sospechas entre todos sobre los objetivos finales que tenían en Palestina, propició que su entrada en la guerra fuera tardío.
Este debate fue central en el proceso de emergencia de lo que se conoce como los “nuevos historiadores” israelíes y continúa siendo tema de discusión historiográfica al día de hoy. Aunque difícilmente pueda considerarse de forma estricta una corriente historiográfica, la perspectiva de los llamados “nuevos historiadores” tomó fuerza a partir de 1980 con el desarrollo de las investigaciones de autores como Ilan Pappé o Avi Shlaim, que validaron el relato palestino de la Nakba y que recurrieron a nuevos conceptos para explicar las acciones sionistas. Definieron al proyecto sionista como un “colonialismo de asentamiento”, y alertaron sobre el desarrollo de un “memoricidio” que buscó no sólo eliminar las estructuras sociales y culturales árabes y expulsar a los palestinos, sino además invalidar de su memoria colectiva. El citado debate también es central en la discusión política. Por un lado, el Estado israelí niega la existencia de un plan de expulsión o limpieza étnica. Por el otro, el nacionalismo palestino reclama por el derecho al retono de los desplazados en 1948 (que les es negado) y ha construido su identidad nacional con la Nakba como una referencia ineludible de la memoria colectiva.
Respecto del “memoricidio” debe señalarse que el procedimiento avanza definitivamente desde 1948 con la destrucción de aldeas y pueblos que habían quedado vacíos tras la expulsión de sus habitantes.
Algunos de ellos se convirtieron en zonas militares y otros fueron habitados por judíos tras la guerra. También se buscó requisar distintos objetos como fotografías, diarios, libros o mobiliario en lo que Nur Masalha describió como “masacre cultural”. Un episodio particularmente significativo, representativo de ese proceso de expulsión, asesinato y destrucción de asentamientos, fue la masacre de Deir Yassin, ocurrida entre el 9 y el 11 de abril de 1948, cuando miembros de las organizaciones armadas Irgún y Lehi atacaron esta aldea cercana a Jerusalén. La muerte de un aproximado de 120 civiles tuvo un profundo impacto psicológico en esa zona.
Vinculado a este proceso es que “desde los primeros años de existencia del Estado de Israel, sus esferas gubernamentales, sus medios de comunicación, sus escuelas o los mismos sitios físicos del territorio evitaron mencionar que en esos lugares había habido pueblos árabes o que esas tierras habían sido de propiedad palestina. Para contribuir a eliminar el vínculo palestino con la tierra y la naturaleza, el Fondo Nacional Judío sustituyó especies de la flora autóctona (olivos, almendros, higueras, chumberas, algarrobos…) por árboles europeos (especialmente el pino). Las coníferas en general y el pino en particular se convirtieron en uno de los símbolos del nuevo Estado, que buscaba elementos que lo vinculasen a Europa”. (Ramos Tolosa, 2015: 171)
Dicho proceso también se complementó con la acción del Comité Gubernamental de Nombres, que buscó cambiar las denominaciones de zonas geográficas, calles, avenidas, pueblos e instituciones, lo que dificulto aún más la relación entre los palestinos y el espacio que habían habitado antes de la guerra de 1948. Por último, otro factor que contribuyó a borrar la memoria palestina fue la actuación de los propios Estados árabes en los campos de refugiados en sus territorios. Los refugiados palestinos se establecieron principalmente en Gaza, Cisjordania, Jordania, Líbano y Siria, donde fueron víctimas de una represión psicológica para olvidar su pasado en Palestina y pasar a formar parte de los nuevos Estados. El caso jordano es el más evidente: por ejemplo, durante las conmemoraciones de la Nakba los días 15 de mayo se rodeaba los campos de refugiados con tanques y se prohibía la entonación de canciones nacionalistas o cualquier conmemoración del suceso.
Para algunos autores como Rashid Khalidi fue justamente en los campos de refugiados y bajo estas circunstancias adversas donde se forjó y se construyó la identidad palestina con una base de solidaridad ante la situación que se estaba viviendo. En esa construcción identitaria la memoria de la nakba ha sido central.
Memoria de la nakba
Durante las primeras décadas posteriores a 1948, la memoria de la Nakba se conservó principalmente en el ámbito familiar y comunitario. La dispersión de la población palestina entre campamentos de refugiados en países vecinos, como Jordania, Líbano y Siria, dificultó la construcción de una narrativa nacional unificada. Sin embargo, los relatos orales transmitidos entre generaciones (como explica Khalidi), las historias sobre los pueblos destruidos y las experiencias del exilio permitieron preservar el recuerdo de la expulsión y el desarraigo. La memoria se convirtió en un elemento central de la identidad palestina, especialmente entre los refugiados. Fue a su vez, un elemento que disipó muchos de los conflictos internos que tenían, por ejemplo, las luchas entre notabilidades urbanas y rurales, luego de la guerra del 48 quedaron desdibujadas, todos se encontraban en la misma situación.
A partir de la década de 1960, con el surgimiento de la Organización para la Liberación de Palestina, la memoria de la nakba comenzó a adquirir una dimensión política más estructurada. La dirigencia palestina incorporó el recuerdo de 1948 como fundamento histórico de la reivindicación nacional y del derecho al retorno de los refugiados. La memoria dejó de ser únicamente una experiencia de pérdida para convertirse en una herramienta de movilización política y de construcción de una conciencia nacional compartida. También los esfuerzos de recopilación testimonial y construcción de archivos fueron relevantes, destacándose en esto el Instituto de Estudios Palestinos y la obra de Walid Khalidi.
Desde la década de 1980, y especialmente tras la Primera Intifada (1987-1993), se produjo una profunda expansión de los estudios históricos y de los proyectos de memoria. Investigadores palestinos recopilaron testimonios orales de supervivientes, mientras que instituciones académicas y centros de documentación comenzaron a registrar las historias de las comunidades desplazadas.
En este período se enmarca también el surgimiento de los ya mencionados “nuevos historiadores”. La apertura de archivos israelíes durante los años ochenta, que estos historiadores exploraron, contribuyó a redefinir el debate histórico. La memoria de la nakba se fortaleció aún más durante las décadas de 1990 y 2000 gracias al desarrollo de iniciativas culturales, museos, archivos digitales, documentales, literatura y producción artística, y a su presencia persistente en la propaganda política.
El Día de la Nakba, conmemorado cada 15 de mayo, se consolidó como una fecha central para los palestinos dentro y fuera de Palestina. La construcción de la memoria sobre la nakba funcionó como un mojón que separa el cierre de una etapa de derrota del nacionalismo palestino durante el Mandato británico y la apertura a la construcción de un nuevo proyecto nacionalista luego de la guerra de 1948.
Fuentes de la guía
- Archivo fotográfico de la UNRWA (Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente). Link: https://www.unrwa.org/photo-and-film-archive
Bibliografía
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