El sionismo debe entenderse como un nacionalismo europeo del siglo XIX, surgido en el período que Eric Hobsbawm considera como bisagra entre el predominio de un nacionalismo liberal y otro esencialista, entre los que se cuenta el nacionalismo judío. Como esos nacionalismos, surgió de una élite letrada, politizada y movilizada, y no fue en sus inicios un nacionalismo de masas. También como ellos, construyó una identidad política totalmente nueva, resignificando algunos elementos protonacionalistas –como el vínculo espiritual con la tierra de Israel–, para consolidar una noción esencialista, étnica de nación, tal como ha estudiado Shlomo Sand. Comprender las ideas y militancia de esas élites intelectuales es relevante para entender su éxito como movimiento nacionalista, así como es importante comprender su creación de instituciones y elementos de cohesión social en el territorio que colonizó.
Los orígenes del sionismo en Europa
El sionismo surge a fines del siglo XIX como un movimiento político e intelectual que buscó dar respuesta a lo que se conocía como la “cuestión judía” en Europa: la persistencia del antisemitismo, la marginalización social y la falta de integración plena de las comunidades judías en los Estados nacionales modernos. Si bien el término “sionismo” fue acuñado en 1890 por Nathan Birnbaum, sus raíces ideológicas son anteriores y se encuentran tanto en tradiciones religiosas como en corrientes políticas modernas.
En primer lugar, es importante destacar el trasfondo religioso y cultural. Durante siglos, la idea del retorno a Sion (Jerusalén) había sido un elemento central de la tradición judía, especialmente en la liturgia y en la memoria histórica asociada a la diáspora. Sin embargo, este anhelo tenía un carácter fundamentalmente mesiánico y no político. El cambio se produjo en el contexto de la modernidad europea. Fue durante este período que se dieron varios procesos relevantes. Por un lado, la secularización, que generó una transformación progresiva de la religión: de aglutinador colectivo pasó a convertirse en una práctica individual. Ligado a este punto, surgió con fuerza la vía de la asimilación como una solución a la cuestión judía, logrando cosechar varios adeptos a lo largo del continente europeo. La consigna era clara: pasar a formar parte de las naciones europeas existentes, incluso si eso implicaba la conversión religiosa o abrazar un proceso de secularización. El historiador catalán Joan Culla cita al político alemán Gabriel Riesser, quien comenta que solo el “diez por ciento de todos los sabios que han salido de familias judías desde 1812 han permanecido fieles al judaísmo” (Culla, 2009: 20). Esto se dio especialmente en Europa occidental, en países como Francia o Gran Bretaña. En Europa del Este, donde vivía la mayoría de la población judía, la realidad era distinta. En países como Rusia se dio un proceso de guetización (exclusión de un grupo social particular, sumado a la destrucción o expoliación de sus bienes), sumado a estallidos de violencia popular, identificados como pogroms, que aterrorizaron a las poblaciones judías de Polonia, Ucrania, Bielorrusia y Lituania.
Uno de los principales pogroms se dio en los años 1881 y 1882 debido al fallecimiento del zar Alejandro II el 13 de marzo del 81. Este suceso desencadenó disturbios en las principales ciudades del imperio contra los judíos por presuntamente ser culpables de su muerte. Es por eso que la población judía perdió la confianza en que se pudiera dar algún proceso de emancipación (remoción de la discriminación legal a los judíos) y asimilación para poder formar parte de la sociedad rusa. Esto derivó en la formulación, entre algunos sectores intelectuales, de la idea de un proyecto nacional autónomo. Uno de los principales pensadores del sionismo, León Pinsker, decía sobre esto:
“Un pueblo que en todas partes y en ninguna tiene su hogar, también en todas partes será considerado un cuerpo extraño por cada sociedad. (…) Sin lugares comunes ni opiniones preconcebidas, hemos de reconocer en el espejo de los pueblos la figura tragicómica del nuestro, que con muecas desfiguradas y miembros deformes contribuye junto a los demás a la gran historia universal sin, en cambio, haber llegado a construir una historia nacional propia. Tenemos que hacer nuestra para siempre la idea de que las demás naciones, por mor de su inherente, natural antagonismo hacia nosotros, nos rechazarán eternamente”. (Pinsker, 1906: 9)
Pero a la intensificación de los pogroms no le sigue, de forma necesaria, la emergencia de un proyecto nacionalista: para muchos judíos las respuestas a la persecución eran otras, en especial la emigración. Debido a las manifestaciones de antisemitismo en el Imperio ruso, aumentó la emigración judía a otras partes del mundo (Europa occidental, Estados Unidos, América Latina o África) para escapar de tal situación, y derivó en la huida de un aproximado de 3 millones de judíos para 1914. Sin embargo, eso no restringió el accionar de los judíos que se quedaron. Muchos de ellos se unieron al Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia; otros, en una apuesta más arriesgada, crearon en 1897 la Unión General de los Obreros Judíos de Rusia, Polonia y Lituania (Bund), ya que postulaban que los problemas de los judíos no podían delegarse a otros, tenían que ser representados y defendidos por un partido judío. Para 1917 contaba con 40.000 afiliados.
Es en este escenario de variadas respuestas a cómo resolver la cuestión judía (desde posturas asimilacionistas, otras más reformadoras de esa idea, como las que postulan los judíos del POSR, o directamente rupturistas como las del Bund) que fue surgiendo la idea de un proyecto nacional en común; algunos autores lo definen como un “protosionismo”. Supuso una alternativa entre otras, que estuvo lejos de cosechar en un principio unanimidades. Implicó un proceso en el que de a poco se puso la mira en Palestina como territorio posible para la instalación de un Estado, transformando el vínculo místico con ese espacio en una aspiración territorial, nacionalista. Aunque en este período no contó con muchos apoyos, estos primeros sionistas lograron crear la Sociedad Alemana para la Colonización de Palestina en 1860 (aunque cerró cinco años después), la instalación de una escuela agrícola en Jaffa por parte de la Alliance Israélite Universelle y la obtención de financiación de familias como los Rothschild. También surgió con más fuerza un fenómeno particular, un apoyo cristiano al proyecto de instalación de judíos en Palestina, un “sionismo cristiano”. Noam Chomsky expresó el peso que tuvo este apoyo: “el sionismo cristiano es una fuerza significativa. Se remonta a mucho antes del sionismo judío. Fue un fenómeno de élite. Lord Balfour, Lloyd George, Woodrow Wilson y Harry Truman leían la Biblia todas las mañanas. En ella dice: “Dios prometió la tierra a los judíos”. Eso se dio en los Estados poderosos.” (Barat, 2017: 52-53)
En este marco, algunos pensadores judíos comenzaron a reinterpretar la idea del retorno no como un acto divino, sino como un proyecto político realizable. Diversos grupos, entre los que se destaca Hovevei Sion (fundado en Rusia a finales del siglo XIX), surgieron y empezaron a nutrir al proyecto nacional judío de militancia y experiencia. Fueron estos movimientos los responsables de vincular la idea de retorno con la colonización efectiva del territorio. Con todo, el auge y definición concreta del proyecto nacionalista judío se dio de la mano de figuras entre las que se destacó Theodor Herzl. La formulación de su propuesta, como la de otros teóricos del sionismo, entre los que se contaba Max Nordau, estuvo estrechamente vinculada a algunos hitos que, desde su punto de vista, demostraban la crisis de los procesos de asimilación en los países europeos occidentales, en los que veían un antisemitismo persistente —y en algunos casos creciente— que cuestionaba la viabilidad de la estrategia asimilacionista que había seguido buena parte de los sectores judíos educados.
Theodor Herzl fue un periodista nacido en el Imperio austrohúngaro. Influenciado por episodios de antisemitismo como el caso Dreyfus, publicó en 1896 su obra Der Judenstaat (El Estado judío), en la que planteaba que la cuestión judía no podía resolverse mediante la asimilación, sino que requería la creación de un Estado propio. Herzl conceptualizaba el problema en términos nacionales y proponía una solución también nacional: la constitución de un Estado soberano para el pueblo judío.
Al año siguiente, en 1897, se celebró el Primer Congreso Sionista en la ciudad de Basilea, evento fundacional del sionismo como movimiento político internacional. En este congreso se estableció la Organización Sionista Mundial y se formuló el llamado “Programa de Basilea”, cuyo objetivo central era “establecer para el pueblo judío un hogar en Palestina garantizado por el derecho público”. Este momento es clave, ya que institucionalizó el sionismo y fijó a Palestina como el horizonte principal del proyecto, aunque no de manera completamente excluyente en sus primeras etapas.
En efecto, durante los primeros años del movimiento sionista, la cuestión del territorio no estaba completamente resuelta. Si bien Palestina tenía un fuerte valor simbólico, histórico y religioso, también se consideraron otras opciones desde una perspectiva pragmática. Entre ellas se debatieron territorios en África y América, en función de su viabilidad política y económica. Un ejemplo significativo fue la propuesta británica de establecer un asentamiento judío en África oriental (el llamado “Proyecto Uganda”), que generó intensos debates internos dentro del movimiento sionista a comienzos del siglo XX.
No obstante, varios factores contribuyeron a consolidar a Palestina como el destino prioritario. En primer lugar, su centralidad en la memoria histórica y religiosa del judaísmo la convertía en un punto de convergencia identitaria que utilizó el sionismo para construir un objetivo nacional común. Lograron trasladar un anhelo judío por la Tierra Prometida en una “aspiración de masas por la propiedad colectiva de una patria nacional” (Sand, 2013: 25). Desplazando la terminología de “Palestina” para pasar a designarlo como “Tierra de Israel” y utilizando una base religiosa y de derecho histórico para legitimar moralmente la ocupación de dicho territorio. Estos conceptos fueron permeando cada vez más en la cúpula política y militar sionista, llenando al movimiento nacionalista de conceptos etno-religiosos. Como bien explica Shlomo Sand:
“Utilizaban a la Biblia como un título de propiedad sobre Palestina, que rápidamente se convertiría en la «Tierra de Israel»; necesitaban utilizar todos los medios necesarios para transformar lo que era una imaginada tierra extranjera de la que supuestamente todos los judíos se exiliaron, en una antigua patria que una vez fue propiedad de sus mitológicos antepasados. Para cumplir este propósito, la Biblia empezó a tomar el carácter de libro nacionalista”. (Sand, 2013: 74)
Asimismo, Palestina también se eligió como destino debido a que ya existían asentamientos judíos en la región desde las primeras olas migratorias (Aliá), lo que otorgaba una base material al proyecto. Aunque la primera, que se dio entre 1882 y 1904, no fue tan efectiva en sus objetivos debido a que de los entre 20.000 y 30.000 judíos que emigraron, solo un 25 % permaneció en Palestina. A pesar de eso, logran instalar un aproximado de 16 asentamientos a lo largo del territorio que funcionaban como colonias agrícolas. A pesar de las complicaciones iniciales, esta primera ola migratoria, al igual que la segunda que se dio entre 1904 y 1914 (que es más organizada y dirigida por un proyecto nacional común), sirvió para dotar de experiencia al movimiento sionista. Tanto la población judía que emigró como la que se quedó en el continente europeo, en conjunto con la dirigencia del movimiento, aprendieron del territorio que iban a colonizar.
En síntesis, el sionismo se originó como una respuesta moderna al antisemitismo europeo y a las limitaciones de la asimilación, combinando elementos del nacionalismo europeo con tradiciones históricas judías. Desde sus primeras formulaciones hasta su institucionalización a fines del siglo XIX, el movimiento evolucionó desde iniciativas dispersas hacia un proyecto político organizado. Aunque en sus inicios se contemplaron diversas alternativas territoriales, la convergencia de factores simbólicos, históricos y prácticos llevó a la consolidación de Palestina como el destino elegido para la creación de un Estado judío.
Principales referentes ideológicos del primer sionismo
Las bases del sionismo las podemos encontrar en un puñado de intelectuales que con sus aportes dieron contenido ideológico al movimiento sionista. Los primeros se caracterizaron por ser la “generación de la emancipación”, en la que podemos encontrar, por ejemplo, a Nachman Krochmal (1785-1840), que intentó plantear una respuesta distinta a los problemas judíos desde una perspectiva filosófica europea del siglo XIX. Adhería a una visión hegeliana de la historia y no concordaba con la visión de los rabinos ortodoxos que entendía que el judaísmo era una entidad inmóvil. Por el contrario, según Shlomo Avineri, Krochmal veía el espíritu de una nación en el judaísmo, que además tenía una conexión con la historia mundial. A su vez distinguía que, al contrario de otras naciones que habían desaparecido, el judaísmo había logrado sobrevivir dos mil años gracias, entre varios factores, a un avance no lineal, sino cíclico de su historia. Por último, sugería una periodización de la historia judía en tres etapas: de Abraham a la destrucción del Primer Templo, del regreso de Babilonia hasta la revuelta contra los romanos y finalmente desde la creación de la Mishnah (colección de tradiciones orales judías) hasta la Ilustración y la Emancipación.
Heinrich Graetz (1817-1891), por su parte, se sumó a las ideas de Krochmal, argumentando no solo que el judaísmo constituía una nación, sino que además tenía una historia nacional propia que debía ser estudiada por fuera de una visión religiosa. También simpatizaba con la filosofía hegeliana, así como con los aportes de Ranke, logrando llevar estas ideas a los judíos de Europa central y del este. Ambos autores implantaron la idea de que los judíos se encontraban en el concierto de las naciones y que no eran una mera comunidad religiosa. A su vez, fue más allá y construyó una teoría histórica en la que la Torá simbolizaba la Ley, la nación de Israel a los judíos y la Tierra Santa la materia fundacional. De esta manera, estos tres puntos se encontraban inexorablemente unidos el uno con el otro, conformando el judaísmo.
Otro de los aportes significativos a la teoría sionista es el de Moses Hess (1812-1875), uno de los fundadores del sionismo socialista. Durante su juventud, rechazó las ideas del ala ortodoxa y tradicional del judaísmo y se sumó a la teoría hegeliana, profundizando en ideas comunistas. El problema judío para él no era solo nacional; era además un problema socialista, y este último se suma al sionismo como una forma de criticar a la sociedad moderna. Además, Hess ya no veía la emancipación como una solución, ya que las sociedades modernas iban a generar tensiones dentro de la comunidad judía, una sociedad que no los veía siendo parte de su proyecto nacional. Para eso propone crear una mancomunidad en Palestina ligada a las ideas socialistas. En esto encontró un acuerdo con Nachman Syrkin (1867-1924), que sostenía que los judíos sufrían una doble opresión: por un lado, el antisemitismo y la falta de un territorio propio, y por otro las desigualdades económicas y sociales del capitalismo europeo. Coincidía también en que el futuro asentamiento judío se organizara sobre bases socialistas: propiedad colectiva, cooperación económica y trabajo agrícola comunitario. Esto último tenía su base en que el trabajo físico era visto como una forma de regeneración nacional y social. Esto influyó posteriormente la creación de los kibutzim y el desarrollo del sionismo laborista. Otro autor que sumo a esa construcción fue Dov Ber Borojov (1881-1917), que intentó demostrar que no existía contradicción entre ser marxista y sionista. Sostenía que la liberación social de los trabajadores judíos y la liberación nacional del pueblo judío debían desarrollarse juntos. Según Borojov, los judíos vivían una situación económica “anormal” porque carecían de territorio y de una estructura productiva propia.
En la diáspora, muchos judíos estaban concentrados en actividades comerciales o intermediarias y no en trabajos agrícolas o industriales (coincidencia con Syrkin). Su concepto más relevante fue la idea de que la estructura social judía estaba “invertida”: había pocos trabajadores manuales y muchos sectores no productivos. Para normalizar la vida nacional judía, era necesario crear una sociedad con obreros y campesinos judíos. A la par, creía que el desarrollo del capitalismo y el antisemitismo empujarían inevitablemente a los judíos hacia Palestina. Allí podrían reconstruir una economía nacional propia y desarrollar una lucha de clases “normal” como cualquier otro pueblo. Al mismo tiempo, David Gordon (1856–1922) pensaba que el pueblo judío solo podía renovarse plenamente mediante una conexión directa con la Tierra de Israel. El trabajo sobre la tierra tenía no solo un valor económico, sino también moral, espiritual y nacional. Gordon veía el trabajo como una forma de elevación humana. Consideraba que trabajar la tierra dignificaba al individuo y fortalecía la comunidad nacional judía. Por eso habló del trabajo casi como una misión ética y espiritual y del sionismo no solo como un proyecto político de creación estatal. Sino como una transformación ética y espiritual del pueblo judío.
Otro autor que también criticaba el proceso de asimilación y emancipación fue Peretz Smolenskin (1842-1885), ya que observaba que muchos judíos abandonaban el hebreo, las tradiciones y la identidad colectiva para integrarse a la cultura europea. Para él, esto debilitaba la unidad del pueblo judío y ponía en peligro su continuidad histórica, y constituía un proyecto condenado al fracaso por el auge del antisemitismo. Concluyó que la Ilustración y la integración europea no garantizaban seguridad ni igualdad para los judíos. Lo que lo diferencia del resto de pensadores hasta el momento es que no pensaba solamente en crear un Estado. Su prioridad era una renovación espiritual y cultural del pueblo judío: fortalecer la conciencia nacional, la cultura hebrea y la unión del pueblo judío. Justamente, otro intelectual que se dedicó a estudiar la cultura hebrea fue Eliezer Ben Yehuda (1858-1922), quien sostenía que el pueblo judío no podía reconstruirse como nación si no recuperaba un idioma común. Por eso impulsó la transformación del hebreo —una lengua utilizada principalmente en contextos religiosos y sin hablantes nativos— en una lengua cotidiana, moderna y nacional. Trabajó en la creación de miles de palabras nuevas para adaptar el hebreo a la vida moderna, vinculadas a la ciencia, política, educación y vida cotidiana. También impulsó diccionarios y normas lingüísticas para unificar el idioma, chocando con algunos centros educativos que enseñaban en yiddish y con pensadores como Borojov, que valoraba el idioma yiddish y la cultura de la diáspora y no creía que el renacimiento nacional implicara rechazar totalmente la vida judía fuera de Palestina. La imposición –no siempre voluntaria– del hebreo moderno fue un factor importante para generar una noción de comunidad nacional entre judíos de diversas lenguas y culturas.
En la misma línea, Leo Pinsker (1821-1891) estaba de acuerdo con el diagnóstico del problema del antisemitismo, definiéndolo en una de sus obras, Autoemancipación (1882), como una “judeofobia”. Su idea central era que los judíos no debían esperar que otros pueblos les otorgaran igualdad o protección. Debían emanciparse por sí mismos mediante la organización nacional y política. La liberación debía surgir de la propia acción judía. Pinsker sostenía que el pueblo judío necesitaba una patria propia para vivir con seguridad y dignidad. También se convirtió en uno de los líderes del movimiento Hovevei Zion (“Amantes de Sion”), que promovía el asentamiento judío en Palestina antes del surgimiento del sionismo de Theodor Herzl.
Por otro lado, Max Nordau (1849-1923) coincidía con muchos de estos planteamientos; creía que la cuestión judía no podía resolverse individualmente ni mediante la asimilación. La solución debía ser colectiva y política: la creación de un hogar nacional judío reconocido internacionalmente. Pensaba que siglos de persecución y vida en la diáspora habían debilitado física y psicológicamente al pueblo judío, por eso tuvo la idea de formar un “nuevo judío”: fuerte, sano, activo y capaz de defenderse. Fue uno de los principales dirigentes de la Organización Sionista Mundial y participó activamente en los primeros congresos sionistas. Ayudó a transformar el sionismo en un movimiento político internacional estructurado.
Pero probablemente las figuras más influyentes que lideraron la construcción del movimiento sionista y del Estado judío, fueron Chaim Weizmann y David Ben Gurion. Weizmann, importante químico judío nacido en el Imperio Ruso y radicado en Gran Bretaña (donde obtuvo la ciudadanía) a comienzos del siglo XX, utilizó su prestigio y conexiones en el gobierno británico al servicio de las aspiraciones sionistas. Sin ser un teórico importante del sionismo, su intensa labor diplomática fue clave en las primeras conquistas del movimiento, entre ellas la Declaración Balfour. Dada su anglofilia, su figura perdió peso tras la Segunda Guerra Mundial al intensificarse la confrontación entre sionistas y británicos. David Ben Gurion (1886–1973), el líder que acabó desplazando a Weizmann, insistía en que el sionismo debía pasar de la teoría a la acción práctica, que suponía inmigración, asentamientos, instituciones políticas, defensa militar y desarrollo económico. Para él, la prioridad era crear un Estado judío real y funcional. Defendía la inmigración masiva de judíos a Palestina, especialmente frente al antisemitismo europeo y luego tras el Holocausto. Consideraba que la concentración del pueblo judío en su tierra era esencial para la supervivencia nacional. También defendía principios socialistas como el cooperativismo y la organización obrera, aunque de manera pragmática y menos ideológica que otros líderes socialistas. Buscaba combinar desarrollo nacional con justicia social y se lo considera uno de los principales referentes del sionismo laborista.
La mayoría de estos primeros teóricos y líderes del sionismo concibieron la construcción nacional influidos por las ideas socialistas del siglo XIX y en términos —regeneración moral a través del trabajo, normalización de las contradicciones de clase— que convirtieron a la orientación laborista o socialista del sionismo en la hegemónica. No obstante, en el siglo XX surgieron otras concepciones de la nación que confrontaron con esa corriente socialista.
Algunos de los más destacados exponentes de esas nuevas concepciones de la nación fueron Vladímir Jabotinsky y el rabino Abraham Isaac Kook. Jabotinsky (1880–1940) dio origen al llamado sionismo revisionista, una corriente nacionalista más radical y militante dentro del movimiento sionista. Sostenía que el objetivo principal del sionismo debía ser la creación rápida de un Estado judío soberano en Palestina. Criticaba a otros sectores sionistas por avanzar lentamente o priorizar aspectos culturales y sociales antes que la soberanía política. Defendía un nacionalismo judío basado en el orgullo nacional, la autodeterminación y la defensa activa del pueblo judío. Creía que los judíos debían actuar como cualquier otra nación moderna. Su idea más importante fue lo que denominó la teoría de la “Muralla de Hierro”. Argumentaba que la población árabe de Palestina nunca aceptaría voluntariamente el proyecto sionista, por lo que los judíos necesitaban construir una fuerza militar sólida e imposible de derrotar. Solo después de eso podrían darse negociaciones políticas. Acordaba con Ben Gurion que consideraba indispensable que los judíos desarrollaran capacidad militar propia.
En segundo lugar, las ideas del rabino Abraham Isaac Kook (1865-1935) sobre el sionismo dieron origen al llamado sionismo religioso. Kook sostenía que el retorno del pueblo judío a la Tierra de Israel no era solamente un proceso político, sino parte de un plan divino de redención. El sionismo representaba el comienzo de la redención mesiánica del pueblo judío. Por ende, la Tierra de Israel no era simplemente un territorio nacional, sino una tierra santa con un vínculo espiritual único con el pueblo judío. Vivir y trabajar allí tenía un profundo significado religioso. A diferencia de sectores ultraortodoxos que rechazaban el sionismo, Kook intentó unir tradición religiosa y nacionalismo judío moderno. Creía que el movimiento sionista, incluso cuando era laico, cumplía una misión divina. Aunque muchos pioneros sionistas eran seculares y socialistas, Kook los valoraba porque consideraba que, conscientemente o no, estaban participando en la redención nacional judía mediante el trabajo y la construcción del país.
Todos estos intelectuales, con sus contradicciones y diferencias entre sí, fueron construyendo al movimiento sionista. Algunas ideas quedaron relegadas o fueron sustituidas por otras, pero todas tienen un sustrato común: la definición esencialista de la nación judía, la aspiración territorial como la única solución al “problema judío”, aunque mantienen notables diferencias en las características definitorias de ese nosotros nacional y los medios para lograr éxito en las aspiraciones nacionales, generándose de esa manera diferentes corrientes dentro del sionismo.
Las aliá y la construcción de la nación en el territorio
Se denomina aliá (en plural aliot) a la corriente inmigratoria de judíos a la tierra de Israel. Como advierte Gudrun Krämer, la clasificación de tales oleadas es una sistematización posterior de un movimiento bastante inorgánico y menos deliberado, no concebido en etapas por sus protagonistas. Las motivaciones (religiosas o nacionalistas) y los lugares de procedencia eran diversos, no existiendo una gran unidad de propósitos. Con todo, además de ser una corriente migratoria, la aliá es actualmente parte de una mitología sionista que enaltece a los primeros judíos que se instalaron en Palestina.
En relación a las aliot deben destacarse varios aspectos. En primer lugar, ya existían judíos en Palestina desde antes que ocurriera la primera aliá (1882-1903), lo que los sionistas denominaron “vieja yishuv”. En segundo lugar, como explican algunos historiadores como Culla, los éxitos de las primeras aliot fueron exiguos debido a que, de la gran mayoría de judíos que llegan a Palestina, sólo un promedio del 25% se quedó en el territorio; el resto regresó a Europa o buscó otro destino. En tercer lugar, existían inmigraciones a Palestina de comunidades judías fuera de Europa que a veces son olvidadas; un ejemplo son los judíos llegados de Yemen desde 1881 hasta 1914.
Los llegados en la primera aliá impulsaron la instalación de las primeras colonias agrícolas con el patrocinio del barón Edmond Rothschild y más tarde a cargo de la Asociación para la Colonización Judía fundada en 1891 como institución no sionista de aopoyo a los emigrados. Para el Primer Congreso Sionista de 1897 se contabilizó un total de 16 colonias, que le dieron al sionismo temprana experiencia de asentamiento sobre el terreno donde querían formar un nuevo Estado, lugar que no era conocido ni por los judíos que llegaban ni por los pensadores del sionismo teórico que permanecían en Europa. Una de las consecuencias fue, justamente, que la cúpula sionista tuviera que estudiar el territorio con el fin de que las futuras corrientes migratorias tuvieran resultados más efectivos y fueran con directrices claras. En el contexto de esta primera migración se consolidó la distinción, hecha por líderes sionistas como Herzl, entre un “sionismo práctico”, inorgánico, de infiltración en el territorio, un “sionismo político”, más organizado y guiado por el horizonte de un proyecto estatal.
No obstante, la experiencia de asentamiento en el territorio durante estas etapas iniciales fue capitalizada durante el transcurso de la segunda aliá (1904-1914), que llevó a unos 40.000 judíos nuevos a Palestina, de los que un aproximado del 20% se quedaron. A diferencia de la primera, que mantuvo una actitud “pasiva” y de búsqueda de la tolerancia, los migrantes de la segunda aliá llegaron con un espíritu más confrontativo y militante, y dieron inicio a lo que Krämer denomina la “época fundacional” del proyecto sionista en Palestina, en la que se forjaron instituciones, valores y símbolos. En esa corriente llegaron a Palestina muchos de los futuros líderes del Estado de Israel, entre ellos Ben Gurion. Para ese entonces, la Organización Sionista Mundial contaba con el apoyo financiero del Banco Anglo-Palestino fundado en 1902 en Londres y una nueva institución destinada a la compra de tierras a perpetuidad para el “pueblo judío”, el Fondo Nacional Judío creado por el Quinto Congreso Sionista en 1901 (aunque no comenzó a operar de forma efectiva hasta 1910). Durante este período se crearon dos partidos de izquierda. Uno de ellos fue una rama del Poalei Zion de Rusia, el partido sionista escindido del Bund (partido socialdemócrata judío ruso) tras el rechazo por éste al sionismo en 1901, que fue antecedente de los partidos de raíz socialista o socialdemócrata israelíes (Mapam, Mapai). El otro fue el Hapoel Hatzair, también de tendencia laborista y de menor entidad, e igualmente antecesor del Mapai. A su vez, también difundieron las ideas de la “Conquista del Trabajo”, del “Trabajo judío” y del kibutz como símbolo principal de la redención nacional mediante el trabajo, desplazando a la mano de obra árabe de los emprendimientos productivos comunitarios. A pesar del valor simbólico de los kibutzim, como utopía agraria comunal regeneracionista, la mayoría de los migrantes se asentaron en centros urbanos.
En el plano cultural, el “nuevo yishuv” logró la creación de una biblioteca judía en Jerusalén (1902), la primera institución de enseñanza secundaria en Jaffa (1905) y de artes y oficios en Jerusalén (1906), y de enseñanza superior técnica (el Technion en 1912). Uno de los debates que se suscitó en estas instituciones fue en torno al uso en la enseñanza del hebreo moderno, que para ese entonces era la lengua de una minoría sionista comprometida.
La tercera aliá (1919-1923), desarrollada inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, llevó al territorio aproximadamente a 35.000 inmigrantes judíos, principalmente desde Europa Oriental, y en especial de Rusia y Polonia, nutriendose también de los soldados del 40° Batallón, la conocida como Legión Judía, unidad de voluntarios judíos que habían participado de la guerra junto al ejército británico. Los inmigrantes de esta etapa desempeñaron un papel decisivo en la construcción de infraestructura económica y social. Participaron en el drenaje de pantanos, la construcción de carreteras y el establecimiento de numerosos kibutzim y moshav (la diferencia con el kibutz radica en que cada familia mantiene la propiedad de su tierra). Durante este período se conformó, respaldada por el dominio británico y su compromiso prosionista, una sociedad fragmentada en la que la comunidad judía tuvo mayor éxito en fortalecer sus instituciones. En 1920 se fundó la organización sindical Histadrut, que se convirtió en una de las instituciones más importantes del movimiento sionista y también se constituyó la organización paramilitar de defensa judía, la Haganá.
Como expresa Culla: “La tercera aliá es la que empieza a levantar el edificio del movimiento laborista judeopalestino, construcción en la que destacan dos episodios. Uno es, en 1919, el surgimiento del nuevo partido socialista Ahdut Haavoda («Unidad del Trabajo»), que absorbe al Poalei Zion, hereda su rivalidad con el otro partido obrero, Hapoel Hatzair, y pretende desarrollar un «socialismo judío» bajo la guía doctrinal de Berl Katznelson. El otro hecho relevante es el nacimiento en un congreso en Haifa, en diciembre de 1920, (…) de la Histadrut, central sindical unitaria, neutral y no partidista, que alcanza en tres años casi 10.000 afiliados y desarrollará después una potentísima estructura de empresas y servicios satélites, básica para la economía del yishuv”. (Culla, 2005: 133-134)
Durante este período también se fortaleció el sistema educativo judío, separado de las escuelas árabes, que logró altas tasas de alfabetización y tuvo un hito importante en la fundación de la Universidad Hebrea de Jerusalén en 1925. Gudrun Krämer señala este período, además, como de profundización de la segregación territorial por motivos políticos de la comunidad judía (de 22% en 1922 a 50% de la población pasó a vivir en 1946 en barrios o comunidades separadas). Pero probablemente el mayor logro fue el de su institucionalización política y su reconocimiento internacional: en 1918 se constituyó un órgano ejecutivo (Comisión Sionista) de la Organización Sionista Mundial, encabezado por Chaim Weizmann, antecedente de la Agencia Judía, cuya creación ya estaba contemplada en la oficialización del Mandato británico. En 1920, con la creación del Vaad Leumi la “nueva yishuv” contó con un órgano ejecutivo comunitario reconocido como interlocutor por el Alto Comisionado británico. En 1929, la creación de la Agencia Judía, con integrantes sionistas y no sionistas notables (como Albert Einstein y León Blum), implicó prestigio internacional y reconocimiento oficial británico para una institución pronto hegemonizada por el sionismo y convertida en un gobierno paralelo en Palestina.
La cuarta aliá (1924-1929), estuvo integrada por alrededor de 80.000 inmigrantes, principalmente provenientes de Polonia y otros países de Europa Central y Oriental. A diferencia de la tercera, esta inmigración tuvo un perfil más urbano y de clase media. Muchos eran comerciantes, artesanos y pequeños empresarios afectados por las dificultades económicas y por políticas discriminatorias en sus países de origen (algunos la llamaron la aliá Grabski haciendo alusión al Primer Ministro de Polonia y sus políticas contra la burguesía judía). Su llegada impulsó el crecimiento de ciudades como Tel Aviv (fundada en 1909 junto a la ciudad árabe de Jaffa), que experimentó una rápida expansión urbana y comercial. Se desarrollaron industrias ligeras, comercios y servicios, contribuyendo a la modernización económica de la comunidad judía en Palestina. Sin embargo, este crecimiento también generó tensiones debido a la dificultad de absorber rápidamente a tantos inmigrantes ya qué, también por consecuencia de las leyes migratorias en Estados Unidos, por primera vez el destino principal de los inmigrantes judíos fue Palestina. Las dificultades económicas vividas por el “nuevo yishuv” ya a partir de 1927 y agravadas en el contexto global de crisis de 1929, implicó no sólo crecientes conflictos sociales dentro de la comunidad, sino la reemigración de parte de sus integrantes, lo que obliga a pensar la historia de esa construcción nacional en términos no lineales de consolidación y creciente cohesión.
Por último, la quinta aliá (1929-1939) representó una de las migraciones más numerosas e importantes, con la llegada de aproximadamente 200.000 judíos. El ascenso del nazismo en Alemania y la creciente persecución antisemita en Europa Central impulsaron este movimiento migratorio, Palestina ya no aparecía solo como un de tantos destinos, sino como una escapatoria de Europa. Una parte significativa de los inmigrantes provenía de Alemania y poseía altos niveles de educación, experiencia profesional y capital económico (médicos, ingenieros, profesores, científicos y empresarios). Durante estos años se expandieron las industrias, la construcción, la agricultura y las instituciones educativas. La inmigración de esta etapa fortaleció considerablemente el denominado Yishuv y creó muchas de las bases económicas y administrativas que facilitaron la creación del Estado de Israel en 1948.
Bibliografía
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