Flapan, Simha (1987), The birth of Israel.
Myths and realities, Nueva York: Pantheon Books
Simha Flapan fue un historiador israelí y líder político del partido de izquierda sionista, heredero del sionismo socialista, el Mapam. Este, su libro más conocido, identifica y se propone rebatir siete mitos, complementarios entre sí, que constituyen las piedras fundamentales de la narrativa histórica sionista.
El primero de los mitos es el de la aceptación de la partición por parte del liderazgo sionista como punto de partida para la paz y coexistencia con los árabes, que constituyó un sacrificio de su ideal de un Estado judío en toda Palestina. Flapan pretende mostrar las raíces profundas del proyecto del Gran Israel, no exclusivo de los sectores revisionistas, maximalistas, del sionismo. Además, sostiene que el sector hegemónico del sionismo liderado por Ben Gurion nunca abandonó su idea de crear un Estado en toda la palestina del Mandato, y que su aceptación de la partición fue meramente táctica, como demuestra la ambigüedad deliberada del Programa Biltmore de 1942 en lo referido al territorio. Según el autor, el pragmatismo sionista logró interpretar que dicha aceptación era la vía para aprovechar el contexto de la segunda posguerra, y no hacer peligrar el consenso de soviéticos y estadounidenses en respaldo a las aspiraciones sionistas. La partición era, sin embargo, vista como un punto de partida con la previsión de aprovechar cualquier coyuntura favorable para lograr el objetivo de un Estado en toda Palestina: las acciones militares y diplomáticas emprendidas para evitar la formación del proyectado Estado palestino demostrarían esto. El objetivo final sionista era eliminar a los palestinos como fuerza política, como movimiento nacional contendiente por el territorio.
El segundo mito refiere, en contraposición, al rechazo monolítico e intransigente de los palestinos a la partición. Esto, según Flapan, es un maniqueísmo que no da cuenta de las divisiones políticas entre los palestinos. Si bien el Alto Comité Árabe (ACA) liderado por el muftí Husseini rechazó la partición, no gozaba de un apoyo popular masivo, y existían otros grupos políticos mucho más dispuestos al compromiso. El autor sostiene que muchos de los líderes de estos grupos fueron hostigados e incluso asesinados por orden del ACA, existiendo pruebas de que en esas acciones compartieron inteligencia con los propios sionistas, para los que la polarización con un enemigo intransigente era funcional a sus intereses. El terrorismo de grupos como el Lehi colaboró también con esa polarización política. Incluso Flapan cita fuentes que muestran que los líderes sionistas eran conscientes que amplios sectores de la población palestina aceptaban a Israel como hecho consumado ya a comienzos de 1948, y deseaban acabar la guerra.
El tercer mito que se propone desbancar es el del supuesto llamado del liderazgo árabe al retiro o huida de los palestinos de sus tierras, aun cuando los judíos buscaron evitarlo. Sobre la orden no existe evidencia alguna, mientras que existen algunos casos de esfuerzos judíos por evitar el exilio de la población civil, siendo el más citado el del alcalde de Haifa. Flapan sostiene que, no obstante, los términos de las treguas ofrecidas por las fuerzas sionistas eran deliberadamente inaceptables, favoreciendo con ello el éxodo, a lo que se sumaron más tarde las masacres (como Deir Yassin) y su efecto psicológico. No niega que hubo un éxodo motivado por el deseo de huir de las zonas de guerra, pero sostiene que fue estimulado por las fuerzas sionistas, que planearon y ejecutaron una expulsión sistemática. Documentos de gobierno y los diarios privados de Ben Gurion son a menudo citados por el autor como evidencia. La destrucción de hogares, la expropiación y el pillaje fueron parte de ese proceso.
El cuarto mito analizado es el del frente unificado de los Estados árabes para destruir Israel. Esto es rebatido por la identificación de importantes divisiones entre esos países. Flapan sostiene que el rey Abdullah de Jordania aceptaba la partición y estaba embarcado en negociaciones con los líderes sionistas, y que su invasión junto a los otros miembros de la Liga Árabe tenía el objetivo de asegurar bajo su dominio los territorios asignados al Estado palestino y negociar desde una posición de fuerza. A su vez, el deseo de frustrar estos planes de los hachemitas fue el principal motivo para la intervención de países como Siria y Egipto. Desde el punto de vista del autor, fueron las tensiones entre los países árabes más que su alianza lo que los motivó a intervenir en Palestina. Por otra parte, da cuenta de propuestas de negociación de una paz separada hechas durante la guerra por Egipto y Siria (ofreciendo incluso la absorción de refugiados palestinos) que fueron rechazadas por los líderes sionistas, quienes apostaron fuertemente por la “opción jordana”. Flapan llega tan lejos como para afirmar que fue la colaboración del rey Abdullah lo que hizo posible la victoria judía en la guerra de 1948.
El quinto mito es el que sostiene que tras la invasión de la Liga Árabe la guerra era inevitable. Flapan, en cambio, sostiene que los líderes sionistas, en lugar de posponer la declaración del Estado judío mientras exploraban soluciones diplomáticas que evitaran la guerra, lo apresuraron y exacerbaron así el conflicto. El motivo detrás de esto era el cambio de estrategia de Estados Unidos, que pasó de apoyar la partición a mostrar sus reservas y proponer un fideicomiso de las Naciones Unidas, ante la peligrosa perspectiva de una guerra regional que favoreciera la injerencia de la Unión Soviética en la zona. La postura de Estados Unidos era una amenaza para las aspiraciones sionistas, por lo que se optó por acelerar el proceso de creación del Estado antes de que la opción del fideicomiso ganara fuerza. A eso le siguió una sostenida actitud de Ben Gurion de boicotear una posible tregua en los meses siguientes a la invasión árabe, en especial ante la perspectiva de expansión abierta por el desastre militar de sus enemigos.
El sexto mito es el de David frente a Goliat, que el autor rebate con la exposición de la superioridad militar judía, tanto en armas y efectivos movilizados, como en entrenamiento, logística y comunicaciones, unidad de mando e inteligencia. Cita fuentes de observadores occidentales que coinciden de forma unánime en esto. La colusión israelí-jordana, según Flapan, no hizo sino consolidar esas ventajas, con una movilización muy limitada del principal ejército enemigo, la Legión Árabe bajo las órdenes del rey Abdullah. Otro elemento que señala el autor es que, a diferencia de la autoimagen israelí, la mayoría de las bajas militares judías no se dieron en acciones defensivas sino ofensivas.
Finalmente, evalúa el mito de un Israel siempre dispuesto a negociar la paz con sus vecinos, que de forma intransigente se han negado a ella. Flapan reconstruye las misiones diplomáticas enviadas por Egipto en setiembre de 1948 y por Siria más tarde, ambas rechazadas por Ben Gurion. A eso, el autor suma el hecho de que el no reconocimiento de los palestinos como nación impidió cualquier negociación con los líderes palestinos (sobre todo de los comités de refugiados reunidos en un congreso en Ramallah en 1949) que emergieron como alternativa al muftí.


