Colaboracionismo

El problema del colaboracionismo palestino y la venta de tierras a los sionistas

La narrativa nacionalista palestina ha soslayado el fenómeno del colaboracionismo, reduciéndolo a la idea de traición. El discurso sionista, por su parte, ha destacado el fenómeno como muestra de la inexistencia de una genuina conciencia nacional palestina, explicación de su derrota en 1948 y argumento para legitimar las aspiraciones judías al territorio. Este uso político ha hecho particularmente difícil afrontar su tratamiento por parte de la historiografía palestina.

Una obra de referencia para el estudio del colaboracionismo palestino con británicos y sionistas es el libro de Hillel Cohen, Army of shadows, publicado en su versión en inglés en 2008. El autor considera que las actitudes ante el sionismo fueron muy diversas: desde la resistencia, hasta la pasividad, la acomodación o la colaboración. Aunque la venta de tierras por parte de palestinos a compradores sionistas es un tabú hasta el día de hoy entre los palestinos –suele afirmarse que fueron terratenientes ausentistas libaneses cristianos los mayores responsables de estas transacciones–, tales ventas existieron, afirma Cohen, incluso entre personas que integraban los cuadros del nacionalismo palestino. Cohen analiza, como contracara del colaboracionismo, la noción de traición, como parte del intento de ciertos grupos de definir la nación y sus otros, en un momento formativo de la identidad nacional en el que los valores nacionales estaban lejos de estar definidos en un corpus coherente. Considera que aunque muchos colaboradores justificaron su actitud en términos nacionalistas, disputando la definición de la nación con el liderazgo palestino mayoritario, para otros el nacionalismo no era central: algunos actuaban por cálculo personal y no político, mientras que para otros las fracturas de la sociedad palestina (familiares, clánicas, localistas) eran más importantes y reivindicaban por ello un interés comunitario, no nacionalista.

La primera parte del libro, además de hacer precisiones conceptuales sobre las nociones de traición y colaboracionismo, el autor analiza los primeros intentos sionistas por establecer contactos con colaboracionistas durante la década de 1920 y sobre todo en el contexto del levantamiento árabe de 1929, en el que se acrecentó el reclutamiento de informantes para conocer los objetivos de los ataques árabes. Destaca el efímero Partido de los Agricultores y el objetivo de minar la unidad de árabes cristianos y musulmanes en el marco de las Asociaciones Cristiano-Musulmanas. Analiza, además, la respuesta a ese fenómeno, que implicó un mayor uso y legitimación social de la violencia de los palestinos nacionalistas contra los concebidos como traidores. El autor entiende que la expansión de la noción de traidor y el uso de la violencia política fueron contraproducentes para el nacionalismo palestino, acrecentando tensiones internas y arrastrando a más personas hacia el colaboracionismo. 

El colaboracionismo fue un fenómeno móvil y esto lo demostró la revuelta árabe de 1936-39, verdadero punto de inflexión. En esto se centra la segunda parte del libro de Cohen. Algunos antiguos colaboracionistas, por presión o convencimiento se plegaron a la revuelta y al boicot a sionistas y británicos. Al mismo tiempo, nacionalistas descontentos con el liderazgo del muftí o el pillaje de las bandas armadas palestinas, transitaron el camino del colaboracionismo. El caso más notable es la formación de las “bandas de paz” lideradas por Fakhri al-Nashashibi (arquetipo del traidor en la narrativa nacionalista palestina, asesinado en 1941), que recibieron financiamiento y armas sionistas. Otro caso relevante fue la colaboración entre el clan Abu-Gosh (en la región de Jerusalén, controlaba la ruta Jaffa-Jerusalén) y la Haganá, en gran medida motivada por el deseo de venganza ante la muerte de uno de sus miembros a manos de guerrillas palestinas nacionalistas. En este caso, la amenaza de la revuelta a la estabilidad de las jerarquías tradicionales jugó un papel muy importante en su decisión de enfrentar a la movilización nacionalista. Traficantes de armas vinculados a este clan incluso llegaron a vender material militar y dar apoyo a las organizaciones judías luego de 1939.

Cohen afirma que la violencia desplegada en el período 1936-39 influyó en el poco compromiso con la lucha que caracterizó a algunos grupos palestinos durante la guerra de 1948 –foco del análisis de la tercera parte de su libro–, prevaleciendo el deseo de supervivencia. Esto llevó a algunas aldeas a negociar con las fuerzas sionistas: paradójicamente este fue el caso de Deir Yassin, escenario de una de las más importantes masacres sufridas por las poblaciones palestinas durante el conflicto. La memoria de 1936 fue un importante factor de desafección para drusos y cristianos, que a menudo habían sufrido con mayor intensidad la violencia nacionalista palestina durante la revuelta.

Hillel Cohen concluye que muchos palestinos no aceptaron el ethos nacional, al menos en la formulación impuesta por el liderazgo hegemónico de los Husseini. Si bien el colaboracionismo no hizo perder la guerra de 1948 a los palestinos, y si bien no fue mayoritario, tampoco los Husseini lograron un apoyo incontestado de las masas a su proyecto nacionalista. En este punto, el argumento de Cohen confluye con el de historiadores palestinos como Rashid Khalidi. Todo esto no implica negar que la identidad nacional palestina existiera como tal en la década de 1920, sino la constatación de que siempre la construcción nacional es un proceso polémico, una arena de conflicto en el que chocan diversas definiciones de la nación, de sus otros, y en este caso de sus “traidores”.

Un factor clave en el estudio del colaboracionismo es el de la venta de tierras a los colonos sionistas. Estas ventas existieron desde el período otomano, en el que los sionistas explotaron la corrupción de los funcionarios imperiales para lograr adquirir propiedades. Se intensificaron, no obstante, a medida que los contingentes de colonos se hicieron más numerosos tras la Primera Guerra Mundial. Si bien terratenientes ausentistas radicados en Beirut o Damasco (las familias Sursuq o al-Qader) vendieron importantes cantidades de tierra al Fondo Nacional Judío, también lo hicieron palestinos, como Nasrallah Kouri de Haifa en 1921 o el mayor de Haffa Omar al-Baytar, o bien líderes de villas que permitieron con sus ventas la fundación de asentamientos judíos como Netanya en 1928 y Even-Yehuda en 1932. También existieron compras de tierras de pequeños campesinos endeudados, a menudo a través de intermediarios árabes reclutados por el movimiento sionista en su red de colaboradores, que sirvieron para eludir las restricciones impuestas por el Libro Blanco a partir de 1939. El relevamiento del sociólogo Gershon Shafir da cuenta de que un 25% de las tierras vendidas a los sionistas provinieron de ramas de las familias notables palestinas de los Husseini y los Nashashibi.

Bibliografía recomendada

Cohen, Hillel (2008), Army of shadows. Palestinian collaboration with Zionism, 1917-1948, Berkeley: University of California Press.

Shafir, Gershon (1996), Land, labor and the origins of the Israeli-Palestinian conflict, 1882-1914, Berkeley: University of California Press.

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