La guerra de Suez de 1956
La guerra de Suez de 1956 se inició con la intervención concertada de Gran Bretaña, Francia e Israel contra Egipto, en la que confluyeron diversos intereses, y se cerró con la intervención de Estados Unidos y la Unión Soviética que pusieron un freno a las pretensiones de los agresores. Una guerra que Egipto perdió en pocos días en el campo de batalla, acabó con una resolución diplomática que evitó las consecuencias más duras del desastre militar.
El disparador de la intervención fue la nacionalización del Canal de Suez al vencerse la concesión a la compañía franco-británica que lo administraba. Tras haber negociado sin éxito préstamos con Estados Unidos y la Unión Soviética, que le permitieran al gobierno nacionalista encabezado por Nasser financiar las obras de la proyectada represa hidroeléctrica de Asuán, la nacionalización se ofrecía como la alternativa para obtener importantes rentas. En la perspectiva de los Oficiales Libres egipcios, se cernía el ejemplo de Mossadegh y el peligro de una nueva intervención golpista como la sufrida por el primer ministro iraní al nacionalizar el petróleo en 1953. Por ello, la habilidad del gobierno egipcio para coquetear con ambas potencias de la Guerra Fría, excitar sus temores y su oportunismo, era un factor importante para mantener cierto grado de autonomía relativa en su política internacional.
Para franceses y británicos la nacionalización del canal no sólo afectaba intereses de sus capitalistas, sino que implicaba un riesgo o incertidumbre en la ruta del petróleo, clave para las economías europeas. Los franceses, además, pretendían derrocar a Nasser, por considerarlo un aliado de los nacionalistas argelinos que desafiaban su dominio colonial.
El gobierno de los Estados Unidos veía su hegemonía en el Mediterráneo como un factor clave en la política de la contención, la doctrina formalizada por George Kennan y Harry Truman en la primera etapa de la Guerra Fría. Un nacionalismo antiimperialista como el de Nasser era, desde esta perspectiva, una amenaza. Por esta razón, desde 1953 la política ambigua en el acercamiento a Egipto dio lugar a la búsqueda de su aislamiento político, reforzando a los gobiernos árabes más conservadores de la zona, en especial al de Arabia Saudí, como antagonistas del nasserismo. Esto cristalizó con el Pacto de Bagdad (1955), el Memorándum Omega del Departamento de Estado (1956) y la conocida como Doctrina Eisenhower (1957). Sin embargo, el gobierno de Estados Unidos no estaba dispuesto a tolerar la iniciativa unilateral de potencias dependientes, inspiradas en su vieja vocación colonialista, incompatibles con los intereses estratégicos norteamericanos en la región.
Sobre los intereses de la Unión Soviética en el conflicto, es importante señalar dos aspectos. En primer lugar, con la muerte de Stalin en 1953 la política exterior soviética comenzó a dejar atrás su desconfianza respecto de la alianza con nacionalismos anticoloniales no comunistas en el Tercer Mundo. A su vez, desde el punto de vista geoestratégico, la emergencia de gobiernos como el egipcio implicaba una oportunidad para reiniciar una política más activa de penetración en el Mediterráneo y Medio Oriente, tras las derrotas estratégicas en Turquía, Irán y la “pérdida” de Israel como potencial aliado en los comienzos de la Guerra Fría. En este sentido, el tratado de armas de Egipto con Checoslovaquia en 1955 es un hito en el intento de acercamiento entre el país árabe y el bloque soviético.
La intervención apaciguadora de ambas potencias por intermedio de las Naciones Unidas, motivadas por sus propios intereses pero confluyentes, permitió a Egipto conservar el control del canal y a Nasser mantenerse en el gobierno. Este hecho puede interpretarse también como parte de los acuerdos tácitos entre las potencias para evitar escaladas de conflicto, en los albores del período de distensión de la Guerra Fría.
Desde los estudios de la Guerra Fría en el Tercer Mundo, este episodio es uno de los que se suele señalar como ejemplo de la capacidad de agencia y autonomía relativa de los países tercermundistas en el marco del conflicto bipolar. El desenlace del conflicto permitió a Nasser prestigiarse en el mundo árabe como un líder nacionalista y antiimperialista, lo que dio un impulso a su proyecto panarabista y la formación de la República Árabe Unida en 1958. La Unión Soviética también logró cierto prestigio y reacercamiento con el mundo árabe, base de los más estrechos vínculos en la década siguiente.
Bibliografía
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