Guía 2 – Los orígenes del nacionalismo palestino

La historiografía sobre el nacionalismo palestino ha estado marcada por objetivos académicos pero también por una pulsión política: escribir sobre un “pueblo palestino” y su proyecto político nacionalista implica reconocer su existencia, justamente lo que el discurso sionista ha pretendido negar. Para legitimar su aspiración al territorio, el discurso sionista ha sostenido históricamente que no existe tal cosa como un pueblo palestino, y con ello ha postulado la posibilidad de la absorción de la población árabe del territorio por parte de los países árabes vecinos. De forma similar, el nacionalismo palestino ha reconocido a los judíos como una colectividad religiosa y no como un pueblo durante buena parte del siglo XX, al tiempo que buscaba remontar los orígenes del pueblo palestino a la época cananea. Este es el caso de la historiadora e integrante de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) Bayan Nuwayhed y, más recientemente, Nur Masalha. No se trata de algo inusual: todos los nacionalismos remontan sus raíces a la noche de los tiempos.

Para analizar el origen y la primera época del nacionalismo palestino adoptaremos una perspectiva constructivista/modernista. Desde este punto de vista, las naciones son –siguiendo a Benedict Anderson– comunidades imaginadas, construidas por movimientos políticos contemporáneos desde abajo o a través de los instrumentos de los Estados modernos desde arriba. Aunque, como plantea Eric Hobsbawm, pueden encontrarse elementos protonacionales más antiguos, los orígenes de las naciones no pueden remontarse más allá del siglo XVIII, y en la definición esencialista que hoy es hegemónica, nunca más atrás que el siglo XIX. Con todo, los estudios decoloniales han advertido que los nacionalismos en territorios sometidos a un dominio colonial tienen características que los distinguen de los nacionalismos europeos, y esto debe ser tenido en cuenta en el análisis del nacionalismo palestino. 

Como advierte el historiador palestino Issam Nasser, el estudio del nacionalismo palestino se enfrenta a dos aspectos problemáticos. El primero –que también es destacado por Rashid Khalidi– es la existencia de múltiples lealtades e identificaciones colectivas superpuestas. Quienes se identificaron como palestinos desde fines del siglo XIX hasta avanzados los años sesenta, sostuvieron esa identidad al tiempo que otras, como el otomanismo o el panarabismo. Como advierte Hobsbawm, “los hombres y las mujeres no escogían la identificación colectiva del mismo modo que escogían zapatos, a sabiendas de que sólo podían ponerse un par al mismo tiempo. Tenían y todavía tienen diversos apegos y lealtades simultáneos” (Hobsbawm, 2012: p. 133). Los nacionalismos han sido exitosos, en gran medida, por presentarse como “identidades categóricas” (en términos del sociólogo estadounidense Craig Calhoun), capaces de supeditar a cualquier otra identidad colectiva (de clase, religiosa, local, corporativa, supranacional): primero y ante todo se pertenece a una nación, y a ella se debe una lealtad superior. Sin embargo, esto es un fenómeno nuevo en la historia humana, en los hechos raramente se da de esa manera, y mucho más en territorios no occidentales, donde el lenguaje nacionalista moderno es, además, el del colonizador. Pretender, en suma, que la existencia de identidades superpuestas es un síntoma de la debilidad o inexistencia de un nacionalismo palestino, implica no entender la naturaleza del fenómeno.

El segundo aspecto problemático es la imposibilidad de contar la historia del nacionalismo palestino como una historia lineal, acumulativa, de desarrollo de una conciencia nacional. Como advierte el historiador indio Prasenjit Duara, la identidad nacional es un espacio de disputa y negociación entre diferentes discursos sobre la nación, una pugna que debe historizarse, de equilibrios que cambian en función de acontecimientos históricos que sirven como crisis o “puntos de bifurcación”. La construcción de esa identidad, por tanto, nunca es lineal ni acumulativa: la ilusión de que sí lo es, forma parte del éxito de ciertos discursos nacionalistas en la reescritura del pasado, borrando su carácter conflictivo. En concreto, la nación palestina se redefinió en coyunturas críticas, al ser derrotados ciertos proyectos políticos –como sucedió en 1920– o agotarse y desprestigiarse ciertos liderazgos –como ocurrió en 1948–.

En los siguientes párrafos recorreremos algunos hitos relevantes tratando de dar cuenta de cómo la historiografía ha tratado de responder las preguntas acerca de cuándo y cómo surgió el nacionalismo palestino.

La revuelta de 1834 y las transformaciones sociales en el Imperio Otomano tardío

En 1831 el territorio palestino, bajo poder de un debilitado Imperio Otomano, fue ocupado por el gobernador de un estado vasallo, el egipcio Muhammad Ali, quedando bajo control del hijo de éste, Ibrahim Pasha. Esto generó una resistencia que se extendió a amplios sectores de la sociedad, movidos por intereses diversos. 

Las comunidades agrícolas se vieron resentidas por la imposición de cultivos orientados al mercado que trastocaron su economía, y por la conscripción forzosa que diezmaba a su población masculina en edad de trabajo. Así, jeques rurales y campesinos de la zona de Hebrón llegaron a marchar sobre Jerusalén, tomaron la ciudad, iniciaron una oleada de violencia política y saqueos. Los notables urbanos, por su parte, vieron atacada la autonomía política que habían gozado en el marco de su subordinación a las autoridades turcas en el orden imperial.

Para los académicos Baruch Kimmerling y Joel Migdal, esta revuelta, aunque rápidamente sofocada, generó una confluencia de intereses que constituye un primer capítulo en su historia del “pueblo palestino”. No obstante, esta reacción contra el invasor no se expresó en términos estrictamente nacionalistas y la confluencia entre distintos sectores sociales no construyó lazos duraderos capaces de conformar una verdadera unidad nacional.

Los referidos autores afirman, a su vez, que los cambios políticos y socioeconómicos vividos por la región una vez que se restituyó el control otomano, fueron decisivos para transformar a la sociedad palestina. La reforma en la tenencia de la tierra de 1858, que exigió títulos de propiedad, consolidó a grandes terratenientes. Algunos de ellos luego vendieron parte de sus tierras a los contingentes de colonos judíos que llegaron al Imperio Otomano. El proceso debilitó el sistema de copropiedad de las aldeas (musha), con cierto carácter de igualación social, en torno al que existían fuertes identidades localistas. La reforma de 1858, la presión impositiva, y el endeudamiento con prestamistas urbanos desarticuló ese orden tradicional, empujando a su vez a los campesinos a migrar en busca de empleo, ya fuera en las ciudades o en las plantaciones orientadas al mercado internacional, en una región que vivió en la segunda mitad del siglo XIX un acelerado proceso de apertura y creciente influencia europea.

La autoridad de los jeques tradicionales se vio desplazada por la de los mukhtars, jefes de aldea que, teóricamente electos por los pobladores, debían su poder al rol de articulación entre la esfera local y el gobierno imperial. 

Los beneficiarios de todo este proceso fueron algunas familias notables (ayan), que se enriquecieron y fortalecieron sus redes de patronazgo. El historiador Muhammad Muslih habla de coaliciones familiares bastante móviles que incorporaban a élites urbanas, rurales y poblaciones nómadas, siendo probablemente las más notables las que se formaron en torno a las familias Nashashibi y Husseini, acérrimas rivales por la hegemonía política en la sociedad palestina.

Para estos autores, durante el siglo XIX se dio un declive de las ciudades del interior montañoso (Nablús, Ramallah, Hebrón) y un crecimiento de la importancia de las ciudades costeras como Jaffa y Haifa. Jerusalén, por su parte, aunque más pobre, se consolidó como un centro político y religioso. Estas ciudades fueron escenario de una creciente presencia europea, de una apertura a la cultura y educación de ese continente, y a la llegada de nuevas comunidades que se asentaron en Palestina, como los templarios y los judíos (entre los que el sionismo aún no era hegemónico).

Muchas de estas transformaciones crearon las condiciones para la construcción de nuevos liderazgos y nuevas formas de identidad política.

El lugar de Jerusalén

Aunque historiadores como Beshara Doumani consideran más relevante el papel de Nablús como centro económico, Rashid Khalidi entiende que el lugar de Jerusalén jugó un rol clave en la formación del nacionalismo palestino.

El autor considera que a la tradicional importancia religiosa de la ciudad sagrada, lugar de peregrinación, se sumó su carácter de centro administrativo de un sanjaq (distrito administrativo otomano, independizado en 1872 de la dependencia administrativa de Damasco) y también de vida intelectual, cultural y educativa. Khalidi destaca el acelerado cambio que se dio en la ciudad, con la proliferación de instituciones educativas occidentales en la segunda mitad del siglo XIX y de cortes de justicia secularizadas, que dieron lugar a una nueva burocracia y élites intelectuales. Aunque se trató de transformaciones elitistas, supuso la formación y ascenso social de nuevos grupos de profesionales.

En ese contexto se crearon también nuevas bibliotecas y medios de prensa. Estos últimos tuvieron un impacto notable a pesar de su carácter urbano y de la escasa población letrada: prácticas de lectura colectiva y envíos de ejemplares a las villas rurales extendieron su influencia. Los diarios y panfletos tenían relecturas luego de ser descartados e incluso eran pegados en la ciudad. Las instituciones culturales funcionaban a su vez como punto de reunión para clubes políticos emergentes.

Khalidi entiende que estas transformaciones culturales y la formación de un nuevo sector intelectual con Jerusalén como centro fueron importantes en el surgimiento del nacionalismo en las élites.

El nacionalismo palestino entre la década de 1880 y la Primera Guerra Mundial

La mayoría de los historiadores –entre los que se destacan Rashid Khalidi, Abdelaziz Ayyad y Muhammad Muslih– que han abordado el tema coinciden en que esta etapa fue crítica en la formación del nacionalismo palestino. Dos procesos confluyeron como catalizadores para que esto fuera así: por un lado la creciente presencia de la colonización sionista en el territorio, y por otro las transformaciones del imperio otomano, que llevaron a una creciente política de “turquificación”. 

Muhhammad Muslih sostiene que ya en la década de 1860 se observaba el crecimiento de un sector burgués comerciante, incorporado al mercado mundial y enriquecido gracias al impacto de la guerra de Crimea, que supuso una creciente penetración europea en la economía local. Estos sectores, entre los que se contaban judíos, cristianos libaneses y europeos de distintas nacionalidades, explotaron sus conexiones con el Imperio Otomano para comprar tierras y diversificar sus actividades. En la década de 1880 las corrientes migratorias se intensificaron con la llegada de judíos y templarios. El arribo de estos colonizadores aceleró procesos de transformación socioeconómica que provocaron choques con los fellahin, campesinos con derechos tradicionales de tenencia y ocupación de las tierras, que habían tenido pocos problemas con los propietarios ausentistas árabes, pero comenzaron a tenerlos con los colonos judíos que los desplazaban de las tierras adquiridas para establecer asentamientos. En los primeros años se dieron estallidos de violencia contra los colonos, aunque aislados: un caso notable fue el de uno de los primeros asentamientos sionistas, el de Petah Tiqva en 1886. No se trataba de reacciones generalizadas, en parte porque el proceso de colonización era todavía reducido: esto cambió con la segunda corriente migratoria judía (segunda aliá) entre 1904 y 1914, en la que llegaron judíos mayormente rusos, de ideología sionista, entre los que se encontraban muchos de los líderes nacionalistas que jugaron un papel relevante en las décadas siguientes. Kimmerling y Migdal sostienen que para fines del siglo XIX los colonos judíos eran alrededor de 4500, no tuvieron un impacto considerable en la economía árabe, y los contactos de los fellahin con los colonos eran puntuales. No obstante, generaron desconfianza y comenzaron a establecer patrones de exclusión y economías separadas que constituyeron la base material para el surgimiento de movimientos nacionalistas separados. Muhhammad Muslih coincide en que la idea de los campesinos desposeídos se volvió ya por esos años una referencia recurrente en el sentimiento árabe antisionista expresado en la prensa. Sintomático de esta alarma fue la creación, por el muftí de Jerusalén Mohammed Tahir al-Husseini, de una comisión para el control de la venta de tierras en 1897, que sin embargo fracasó en el propósito de detener la adquisición de tierras por los sionistas. Este proceso de crecimiento del antisionismo es para Muslih el embrión del nacionalismo palestino, aunque en esta etapa no tuvo una plataforma política clara y unificada, no cristalizó en instituciones y se expresó en términos muy diversos (otomanismo, patriotismo palestino, arabismo o islamismo).

Como en todos los nacionalismos, la construcción de identidad es indisociable de la construcción de otredades que ayudan a definir el nosotros nacional. En este caso, la otredad sionista es muy relevante en la construcción del nacionalismo palestino. No obstante, no se puede explicar el nacionalismo palestino en base a ese único factor, considerarlo como una construcción reactiva al sionismo, como sostienen algunos historiadores israelíes. Ya no negar a los palestinos como pueblo, pero reconocer su identidad nacional como reactiva y tardía, suele ser una idea que tiene un trasfondo político muy relevante: presume la existencia de una identidad nacional más genuina y popular –el sionismo– y otra artificiosa, parte de una construcción elitista impuesta a las masas árabes –el nacionalismo palestino–. No obstante, ambos nacionalismos surgieron en gran medida de élites intelectuales y ambos se volvieron movimientos de masas en función de esa otredad conflictiva con la que chocaron en el territorio que se disputaban. 

El otro factor clave, además de la presencia sionista, que debe contemplarse en esta etapa formativa del nacionalismo palestino es la relación con el Imperio Otomano. Este imperio, embarcado en un proceso de modernización conocido como tanzimat, redujo el poder de las familias notables rurales en Palestina y potenció la influencia de intelectuales urbanos integrados al aparato imperial, al detentar cargos importantes. Algunos de estos notables integrados a la burocracia imperial desarrollaron una fuerte lealtad otomanista, no contradictoria con su adhesión al arabismo (en términos culturales), la solidaridad islámica o el patriotismo palestino. Fueron estas figuras, según el Rashid Khalidi, las primeras en advertir al gobierno imperial y presionarlo para detener la migración sionista, los primeros en conceptualizar la amenaza. Como analiza el autor –con un cuidados relevamiento de fuentes primarias– la prensa fue muy importante en instalar esta idea de una amenaza sionista, aunque en los primeros tiempos no llamara aún a una resistencia violenta, sino a elevar demandas al gobierno imperial.

La instauración de un gobierno constitucional en 1908 por los llamados Jóvenes Turcos, aunque impuso una liberalización que colaboró con el florecimiento de la prensa árabe, pronto generó conflictos dado el afán centralizador del nuevo gobierno inspirado en un nacionalismo turco. La imposición del turco en la educación y la justicia, la expulsión de algunos árabes de cargos en la administración, empujaron a muchos notables a una oposición arabista a la “turquificación”. No obstante, no se trataba de una oposición independentista generalizada: para la mayoría el objetivo no era la disolución del imperio sino su reforma, restituyendo la gestión árabe en las escuelas y cortes, y garantizando mayor autonomía política. Esta oposición arabista se expresó en organizaciones, mayormente integradas por jóvenes educados, como al-Fatat (formado en 1911) que impulsó el primer Congreso Árabe celebrado en 1913 en París, y el Partido de la Descentralización (formado en 1913 en El Cairo por notables sirios). Esta oposición no fue unánime, sin embargo, y algunos notables se aliaron con el nuevo gobierno, entre ellos varios árabes cristianos.

En síntesis, durante las últimas décadas de Imperio Otomano, dos procesos confluyeron en el fortalecimiento de la identidad palestina: la reacción frente a la creciente presencia sionista y la resistencia al proceso de “turquificación” de los Jóvenes Turcos.


La Primera Guerra Mundial y el proyecto arabista de la Gran Siria

La guerra supuso un punto de inflexión para el nacionalismo palestino. En 1916, con el apoyo de los británicos interesados en debilitar al Imperio Otomano, estalló la revuelta árabe, liderada por el jerife de La Meca y patriarca de la familia hachemita, Hussein ibn Ali. Los notables palestinos se encontraron divididos: mientras una parte mantuvo su fidelidad otomanista hasta el final de la guerra y la disolución del imperio, otra parte –mayormente integrada por aquellos que habían sido desplazados de la administración durante el proceso de “turquificación”– se plegaron a la revuelta. El movimiento al-Fatat tomó parte de ella e integró a sus filas a uno de los hijos del jerife de La Meca, Feisal.

Esta división se prolongó luego de terminado el conflicto. Como sostiene Muhhammad Muslih, los notables que se mantuvieron fieles al Imperio hasta el final, tras su disolución vieron con buenos ojos pugnar por una Palestina independiente, concentrarse en la oposición al sionismo, en cerrar el paso a nuevos grupos que pudieran disputarles el poder y a la influencia de las ciudades sirias sobre Palestina. En cambio, las élites jóvenes que no habían estado integradas al aparato imperial, se vieron inclinadas hacia el nacionalismo árabe y apoyaron el proyecto político de la Gran Siria, bajo el reinado de Feisal. Según Muslih, Feisal fue arrastrado por el activismo nacionalista árabe, a partir del Congreso Nacional de 1919, a un conflicto con los franceses que no deseaba y buscó evitar, y en el que finalmente fue derrotado en 1920.

La derrota de Feisal frente a las tropas francesas y la consolidación del régimen de Mandato consagrado por la Sociedad de Naciones en los antiguos territorios otomanos, supuso la caída del proyecto nacionalista árabe de la Gran Siria. El grupo de notables palestinos que se había opuesto al proyecto arabista, ante la nueva situación de dominación británica sobre el territorio, adoptó una postura moderada: aceptó el estatus quo, ocupó cargos en la nueva administración y desarrolló una oposición moderada en la que la resistencia al sionismo fue central. Entre estos, la desconfianza respecto de los hachemitas era importante, teniendo en cuenta que Feisal había negociado con el líder sionista Chaim Weizmann un compromiso con el proyecto nacionalista judío que implicaba garantizar la inmigración y asentamiento en palestina, en consonancia con la noción de “hogar nacional” judío consagrada en la Declaración Balfour de 1917, aunque sin contemplar la independencia de un Estado judío.

En este punto, debe concluirse que el proyecto nacionalista palestino que cristalizó en las décadas siguientes a la Primera Guerra Mundial se vio impulsado por la caída de otros proyectos alternativos, el de la autonomía palestina en el marco del otomanismo primero y el de la integración en el más amplio proyecto de la Gran Siria después.

Si tomamos como referencia la obra de Rashid Khalidi, puede concluirse que el nacionalismo palestino antes de la Primera Guerra Mundial era una identidad compartida por una élite reducida, urbana y educada, más amplia que los notables tradicionales de origen aristocrático pero sin gran arraigo en las masas campesinas. Pero los “shocks” vividos durante los años del Mandato ampliaron el alcance popular de esa apelación nacionalista, aunque persistió la división y el fracaso relativo en la movilización e integración de las masas.


Los ciclos de revueltas en la Palestina del Mandato británico

Para Rashid Khalidi, los años posteriores a 1914 sometieron a la sociedad palestina a grandes presiones y motivaron acelerados cambios en términos de identidad colectiva. El relativo aislamiento impuesto por el Mandato respecto de la trayectoria política del resto de los países árabes, fortaleció la identidad palestina y llevó a un declive del arabismo. La prensa y el sistema educativo colaboraron en ese proceso, alcanzando a los sectores altos y medios, aunque también se apreciaron mayores niveles de politización de las poblaciones rurales.

Esa transformación política se vio expresada en los congresos palestinos celebrados entre 1920 y 1923, aunque los llamados a una unidad árabe más amplia siguieron existiendo durante toda la década. Mientras los dos primeros congresos en enero de 1919 y mayo de 1920 habían proclamado la unión con Siria, el Tercer Congreso Palestino de diciembre de 1920, evidenció ya una inclinación a la solución independentista para Palestina y llamó a formar un parlamento electo por la población árabe del territorio. Este congreso marcó la plataforma del nacionalismo palestino para las siguientes dos décadas: reconocimiento de Palestina como una entidad política diferente y la formación del Ejecutivo Árabe como representante del pueblo palestino, rechazo al derecho judío al territorio y a la continuación de su inmigración, y una unión de los palestinos por sobre sus diferencias religiosas o clánicas. El Cuarto Congreso (1921) elevó sus protestas antisionistas a Gran Bretaña. El Quinto Congreso en 1922 debió enfrentar un contexto más desfavorable: el Mandato había sido aprobado por la Sociedad de Naciones, incorporando la Declaración Balfour, y los otros países árabes como Irak o Egipto se encontraban enfrascados en sus propios procesos independentistas y no otorgaron prioridad a la situación de Palestina. La actitud de las élites en ese contexto fue negociadora: no se proclamó un proyecto independentista sino el reclamo de una autonomía política bajo la dominación británica, con la potestad de controlar la inmigración. El Sexto Congreso en 1923 debatió las acciones de boicot al ocupante como instrumento de presión. 

Esa transformación política se vio expresada en la propia figura de quien ocupara el cargo de Grann Muftí de Jerusalén a partir de 1921 por designación británica, Amin al-Husseini. Según Khalidi, Amin no era el preferido por los notables ni la figura con mayor autoridad religiosa para ocupar tal distinción. Debía su puesto a los británicos que, con ello, le otorgaban un gran poder y autonomía, situándolo en la cúspide de una densa red de patronazgo y rentas, y éstos a cambio esperaban de él que jugara un rol de apaciguamiento social y colaboracionismo. Su papel, en este sentido, implicó frustrar los intentos palestinos de crear instituciones políticas nacionales con arraigo de masas, que el muftí veía también como una amenaza a su liderazgo político y al orden de cosas que le garantizaba su lugar social. El muftí construyó su base de apoyo en torno al Supremo Consejo Musulmán, otra institución creada bajo auspicio británico en 1921 para controlar las cortes de justicia islámicas. La trayectoria de Amin al-Husseini representa el proceso de transformación política vertiginosa entre finales del siglo XIX y los años treinta del siglo XX: funcionario del Imperio Otomano, con rango militar, colaboró con los británicos hacia el final de la guerra; formado en el círculo del líder arabista sirio Rashid Rida, apoyó el proyecto de la Gran Siria, para luego reconciliarse y acabar colaborando con el ocupante británico, desplegando una estrategia moderada de protestas y reclamaciones en el marco de la institucionalidad del Mandato, en pos de una autonomía palestina; sin haber demostrado una gran formación o fervor religioso acabó abrazando la defensa de la identidad islámica como medio de legitimación y proyección política.

Este giro hacia un encuadre islámico de la lucha antisionista tuvo un hito en las revueltas de 1929, que consolidaron al muftí como líder del movimiento nacionalista palestino. Una disputa con los judíos por los derechos sobre el Muro de los Lamentos desembocó en disturbios en agosto de ese año: aunque el muftí no se vinculó abiertamente con ellos y fue exonerado de responsabilidades por los británicos, como líder del Supremo Consejo Musulmán fue un instigador. Logró, además, capitalizar políticamente el descontento social, fortaleciéndose como líder y adoptando un lenguaje islámico con que construir su legitimidad. Aprovechó una coyuntura en la que el declive del arabismo implicó un renacimiento del panislamismo, según entiende Basheer Nafi. Logró imponer la amenaza sionista a Palestina como un asunto relevante para todo el mundo islámico, logrando movilizar delegaciones que se reunieron en un Congreso Islámico en Jerusalén a fines de 1931, a pesar de la oposición de los británicos, los sionistas y los hachemitas. El congreso, no obstante, no tuvo grandes logros, ni consiguió mantener la movilización en el tiempo.

Las revueltas de 1929 dejaron como saldo, además, la consagración de mártires de la lucha palestina y el surgimiento de nuevos grupos nacionalistas. El principal de ellos fue el Istiqlal (fundado en 1932), un partido nacionalista formado por jóvenes activistas, que a diferencia del liderazgo moderado del muftí –que implicaba cuestionar al sionismo y no de forma frontal al Mandato– se oponía al colonialismo británico y buscó movilizar a las masas en una lucha por la independencia. Otro actor relevante fueron las guerrillas rurales organizadas por el líder religioso Izz ad-Din al-Qassam a partir de 1930, que desplegaron acciones violentas contra colonos judíos y de sabotaje hacia la infraestructura colonial británica. Al-Qassam, asesinado por los británicos en 1935 se convirtió en un mártir reivindicado por la memoria palestina. Su muerte influyó en el estallido de las revueltas de 1936.

Tras las revueltas, el Secretario Colonial británico Lord Passfield publicó un Libro Blanco que recomendaba limitar la inmigración sionista. Las esperanzas depositadas en él se desvanecieron rápidamente, ante la creciente llegada de inmigrantes judíos y sus avances en términos de organización institucional, al tiempo que se oponían al establecimiento de instituciones palestinas de autogobierno. Este es el marco en que estalló un nuevo ciclo de protestas más violento en 1936.

Existe cierto consenso entre los historiadores que han analizado el proceso en referencia al hecho de que la revuelta tuvo un fuerte impulso desde abajo, fue masiva, y desbordó el liderazgo del muftí y las élites asociadas a él, que debieron decidir si acompañar el levantamiento u oponerse a él poniendo en peligro su prestigio y su rol dirigente. Amin al-Husseini, con severas reticencias, se puso al frente de la revuelta, pero en un primer momento estaba lejos de controlar el curso de los acontecimientos.

En una primera etapa, de abril a setiembre de 1936, se llevó adelante una huelga y boicot al Mandato británico, acompañados de algunas acciones armadas en áreas rurales. El 25 de abril se formó, como órgano de coordinación, el Alto Comité Árabe, que logró por un breve período unir en él a las familias rivales más importantes del campo político palestino, los Husseini y los Nashashibi. La represión británica fue muy dura: los ataques a vías férreas y cables telegráficos eran penados con cadena perpetua, se dieron numerosas detenciones en campos de prisioneros, o escuelas y mezquitas usados como centros de detención, pero sobre todo se implementaron castigos colectivos a numerosas aldeas palestinas. Esto radicalizó las posturas antibritánicas del muftí, al comienzo muy moderadas.

Como ha estudiado Basheer Nafi, diversas organizaciones islamistas y arabistas, partidos y movimientos estudiantiles en todo el mundo árabe, se organizaron para dar apoyo a la revuelta de diferentes formas, desde la recaudación de fondos hasta el envío de voluntarios para la lucha. Esto contrasta con la actitud de los gobiernos árabes vecinos, pues en ellos buscó apoyo Gran Bretaña para forzar al Alto Comité Árabe a abrir un espacio de negociación y aceptar la formación de la Comisión Peel para evaluar el problema palestino, sin hacer ninguna concesión a los rebeldes. La Comisión Peel, que comenzó a trabajar en noviembre de 1936, acabó recomendando la partición del territorio y aconsejando la anexión de los territorios árabes palestinos al reino de Jordania. Esto significó un desconocimiento de las exigencias del Alto Comité Árabe y un triunfo para la postura del rey hachemita Abdullah de Jordania (hermano de Feisal, en ese momento soberano de Irak), quien había negociado con los británicos tal anexión. Más tarde, los gobiernos de Siria y Jordania boicotearon la organización, por parte del muftí, de un congreso panárabe solidario con los palestinos. Quedaba configurada, así, un escenario que se reiteró en diversas coyunturas posteriores: la causa palestina movilizaba apoyos sociales diversos en todo el mundo árabe, pero los gobiernos árabes priorizaban sus intereses y relegaban la causa palestina, o incluso la debilitaban.

La respuesta palestina a estos hechos fue el reinicio de la revuelta, con mucha mayor intensidad y violencia, llevando a los británicos a abandonar su plan de partición, amenazados con la pérdida de su autoridad colonial sobre el Mandato, con amplias zonas sustraídas del control efectivo de su gobierno hacia mediados de 1938. El Alto Comité Árabe fue disuelto en setiembre de 1937 y el muftí, perseguido por los británicos, huyó y se instaló en Beirut, desde donde pretendió organizar y mantener cierto control sobre las acciones militares en Palestina, con escaso éxito.

Aunque el Istiqlal, el principal partido nacionalista antibritánico, había declinado –en buena medida gracias al boicot de las propias élites conservadoras palestinas– antes de 1936, esta corriente nacionalista tuvo una participación relevante en la revuelta, a través de diversas organizaciones de jóvenes urbanos de clase obrera e intelectuales movilizados. No obstante, el epicentro de la revuelta en esa segunda etapa se volcó a las áreas rurales y las guerrillas que, sin un mando unificado y refugiadas en zonas montañosas, controlaban amplios territorios. Los intentos de imponer un comando unificado fueron tardíos y fracasaron, primando las mutuas desconfianzas entre los mandos de los diferentes grupos armados. El despliegue de violencia a menudo fue indiscriminado y con motivaciones diversas: más allá de una difusa aspiración nacionalista, jugaron un papel importante las tensiones sociales entre terratenientes y campesinos, intereses localistas y clánicos, y disputas personalistas por el poder. Muchos notables palestinos, atemorizados por la escalada de violencia, huyeron del territorio, el dominio de algunos terratenientes fue borrado de algunas zonas, algunos mukhtars fueron asesinados por los rebeldes, mientras aldeas enteras fueron sometidas al saqueo o a la extracción forzosa de colaboraciones económicas con la causa. Según Kimmerling y Migdal, en esta segunda etapa los rebeldes adoptaron muchos rostros: eran luchadores de una causa nacional, eran también adalides de una lucha social, pero al mismo tiempo eran figuras corruptas y violentas, vistos en muchos casos como meros bandidos por los propios palestinos. Esto comprometió la unidad del frente nacionalista, y debilitó a la revuelta. Es innegable que la rebelión iniciada en 1936 había permitido fortalecer un sentimiento de destino compartido y de enemigo común, capaz de integrar bajo un mismo discurso nacionalista a los notables palestinos, los intelectuales urbanos y los sectores campesinos. Se consolidó una identificación simbólica con la figura del mujahidin (el combatiente) y la celebración de la humillación a los colonialistas, se creó una mitología nacionalista, un panteón de mártires y héroes con resonancia en la cultura popular.

Pero no puede ocultarse el hecho de que un número importante de las muertes totales durante el período 1936-1939 fue perpetrado por las propias guerrillas palestinas contra sus compatriotas, en base a vagas acusaciones de colaboracionismo. El fenómeno del colaboracionismo es estudiado con minuciosidad por el historiador israelí Hillel Cohen. Frente a esto y a medida que la revuelta se radicalizó a partir de 1937 se formaron diversas fuerzas de choque o autodefensa para enfrentar a los rebeldes. Una de las principales fueron las llamadas “bandas de paz”, organizadas por sectores asociados a la familia Nashashibi, que colaboraron con los británicos, compartieron inteligencia con los sionistas y estaban dispuestos a aceptar una partición e integración a Jordania, con cuya casa real mantenían estrechos vínculos. A pesar de que a menudo se descarta esta actitud como una mera traición a la causa palestina, sus móviles eran más complejos: los Nashashibi encarnaban un proyecto político alternativo al del muftí, tan nacionalista y tan conservador como el de los Husseini, buscaban satisfacer sus propias aspiraciones de hegemonía política y enfrentar una revuelta radicalizada que amenazaba sus intereses y su idea de orden social.

La represión, la división interna, el propio agotamiento del ímpetu de la revuelta en una sociedad palestina económicamente arruinada, y la actitud pragmática de Gran Bretaña en un contexto de inminente guerra mundial, dieron fin a una rebelión que supuso el principal desafío al dominio colonial británico en el período junto al caso indio. En 1939 los británicos publicaron el Libro Blanco, que establecía restricciones a la inmigración sionista y difería la solución independentista en un plazo de diez años, sometida a la aceptación –poco realista– de palestinos y judíos.


Debilidad y derrota del nacionalismo palestino, de la revuelta de 1936-39 a la nakba

El historiador palestino Rashid Khalidi dedicó una de sus principales obras, The iron cage, a explicar la derrota del nacionalismo palestino en 1948. Su propuesta pretende comprender los propios errores de ese movimiento nacionalista, advirtiendo que esto no implica culpar a las víctimas ni negar las poderosas fuerzas externas que condicionaron ese fracaso. Busca restituir así la agencia de los palestinos, sin considerarlos meras víctimas de las circunstancias o reducirlos a la visión occidental de una colectividad con escaso desarrollo político entregada a prácticas autodestructivas.

Khalidi constata que en comparación con otras sociedades árabes de la región, la palestina contaba con un mayor nivel educativo, de desarrollo de la prensa y crecimiento económico. En términos de desarrollo de una conciencia nacional, tampoco estaba rezagada respecto de sus vecinos. Sin embargo, los palestinos fracasaron en comparación con sus vecinos en la organización de partidos fuertes e instituciones de autogobierno capaces de enfrentar los desafíos que se les presentaron, el colonialismo británico y la expansión del sionismo. Khalidi identifica, por tanto, un fracaso en la movilización política de masas capaz de generar esas estructuras.

En contraste, los sionistas fueron más exitosos en este sentido, contando con algunas ventajas que el autor, sin embargo, pretende matizar y evita exagerar. No identifica una mayor madurez política o un nacionalismo más fuerte que el palestino, como el discurso sionista ha insistido en señalar, sino algunas características estructurales de la sociedad judía en Palestina. Se trató de una sociedad más formada, predominantemente urbana –en contraste con una sociedad palestina más rural– y por lo tanto más concentrada geográficamente, lo que permitió una mejor integración y organización logística en la lucha. Se trataba, además, de una comunidad más homogénea en términos de clase y más tempranamente hegemonizada por un discurso nacionalista étnico. En contraste, los clivajes de clase, urbano/rurales y la diversidad ideológica del nacionalismo palestino impusieron mayores divisiones internas. Con todo, en términos culturales y lingüísticos la comunidad judía era mucho más diversa que la palestina, pero la capacidad del sionismo de generar instituciones que desarrollaron un acelerado proceso de homogeneización son, en parte, síntoma de su éxito.

A esto Khalidi suma la discriminación a la que fueron sometidas ambas colectividades en el marco de la lógica racista de dominación que implicó el Mandato británico: mientras la yishuv (la comunidad judía en Palestina) obtuvo de los británicos una amplia tolerancia a la organización de instituciones de autogobierno y considerable autonomía, la población árabe no gozó de los mismos privilegios. Los sionistas contaron con una representación diplomática reconocida internacionalmente (la Agencia Judía), y en el marco de su colaboración con el combate a la revuelta árabe de 1936-39 tuvieron asistencia británica para la formación de poderosas milicias de autodefensa y aparatos de inteligencia. La actitud del liderazgo palestino, de las familias notables encabezadas por el muftí, de colaborar y negociar con una potencia colonial que estableció una estructura de dominio irreconciliable con las aspiraciones árabes, debilitó aún más al nacionalismo palestino. Los británicos fueron hábiles en manipular las divisiones internas, religiosas y políticas. Su control discrecional de los cargos administrativos, sumado al financiamiento sionista a líderes de oposición para instigar al faccionalismo, debilitaron al nacionalismo palestino. Pero también los propios notables palestinos frustraron la emergencia de movimientos y partidos capaces de movilizar a las masas, como el Istiqlal. Todo esto constituye la “jaula de hierro” que llevó al fracaso y la derrota del nacionalismo palestino.

Tras la revuelta de 1936-39 el liderazgo palestino en el exilio, encabezado por el muftí, rechazó el Libro Blanco: aceptarlo habría significado un reconocimiento tácito del principio británico de un “hogar nacional judío” en Palestina, pero al mismo tiempo habría habilitado la creación de una institucionalidad árabe legitimada por los británicos desde la que presentar demandas. 

Khalidi entiende que la revuelta implicó un enorme esfuerzo para la comunidad palestina y logró muy poco: la economía palestina quedó exhausta, gran parte de sus líderes estaban exiliados, presos o muertos, los Estados árabes vecinos tomaron en sus manos la representación internacional de los palestinos que perdieron control directo de las negociaciones. La comunidad palestina, habiendo sufrido 5000 muertes y un largo deterioro económico, estaba exhausta, desmoralizada y dividida, sin una estrategia política y liderazgo unificados. La comunidad judía, en contraste, emergió del proceso fortalecida y armada, y contó con nuevos aliados estratégicos en Estados Unidos y la Unión Soviética. El acercamiento del muftí al nazismo durante la guerra lo aisló definitivamente y deslegitimó al nacionalismo palestino. Los británicos buscaron aliados más confiables en la región, y lo encontraron en Abdullah de Jordania, dispuesto a tolerar la partición y aprovechar las circunstancias para incorporar Cisjordania a su reino. Esto debilitó notablemente el frente árabe en la guerra de 1948, a pesar de la creación de una fuerza militar que intervino tardíamente en el territorio para enfrentar a las fuerzas judías, el Ejército Árabe de Liberación bajo comando de la Liga Árabe.

Bibliografía recomendada

Ayyad, Abdelaziz (1999), Arab nationalism and the Palestinians, 1850-1939, Jerusalén: PASSIA.

Khalidi, Rashid (2007), The iron cage. The story of the Palestinian struggle for statehood, Oxford: Oneworld.

Khalidi, Rashid (2015), La identidad palestina. La reconstrucción de una conciencia nacional moderna. Buenos Aires: Canaán.

Kimmerling, Baruch; Migdal, Joel S. (2003), The Palestinian people. A history, Londres: Harvard University Press.

Muslih, Muhammad (1988), The origins of Palestinian nationalism, Nueva York: Columbia University Press.

Nafi, Basheer (1998), Arabism, islamism and the Palestine question, 1908-1941. A political history, Reading: Ithaca Press.

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